La espera parecía infinita aunque el procedimiento no fuera tan complicado, pero por suerte se tenían el uno al otro, y Cedric y Ayanna no se separaron hasta que el médico salió a decirles lo que había pasado. Pero solo una frase suya lo cambió todo.
—La cirugía ha salido bien —dijo finalmente, mirándolos a ambos con una calma llena de alivio—. El apéndice estaba inflamado, pero no se había complicado. Si la evolución sigue como esperamos, en un par de días podrán llevársela a casa, completamente sana. Unos días de reposo y a ser niña de nuevo.
Ayanna no reaccionó de inmediato, solo parpadeó despacio como si no pudiera creerlo.
—¿Está… bien? —preguntó, como si necesitara oírlo otra vez.
—Está muy bien —confirmó el médico—. Ahora mismo está en recuperación. En cuanto la pasen a planta podrán verla.
Cedric soltó el aire que no sabía que estaba reteniendo.
—Gracias, doctor.
El médico asintió y se marchó, y en cuanto desapareció por el pasillo, todo el control que Ayanna había mantenido durante horas se quebró. Dio un paso hacia Cedric y lo abrazó con fuerza, escondiendo el rostro contra su pecho como si ese fuera el único lugar seguro.
Y Cedric la estrechó como si fuera la última mujer en el mundo… porque para él lo era.
—Está bien… —murmuró, cerrando los ojos un segundo mientras la apretaba contra su pecho—. ¿Lo oíste? Está bien.
Ayanna asintió contra su camisa.
—Está bien…
Se quedaron así unos segundos, respirando juntos, dejando que las lágrimas de alivio sustituyeran al miedo que les había mantenido en vilo desde que todo había empezado.
—¿Puedo respirar ya? —susurró ella, con una risa temblorosa y Cedric apoyó la frente contra su cabello.
—Creo que sí.
—Porque llevo dos horas sin hacerlo bien…
—Yo también.
Se separaron apenas, lo justo para mirarse, y en esa mirada hubo algo distinto, algo que no tenía que ver solo con el susto, sino con todo lo que habían compartido en esas horas.
—Gracias por llegar tan rápido —dijo Ayanna, más seria y Cedric negó.
—No me agradezcas eso.
—Te estoy agradeciendo que estés.
—Siempre voy a estar —respondió él sin dudar, y eso no sonó como una frase hecha, sino como una promesa.
—¡Ayanna! ¿Está bien Ro? —intervino una voz y los dos se giraron para ver la figura de un hombre acercarse por el pasillo.
Ayanna giró la cabeza.
—¿Vance?
Él avanzó con paso tranquilo, aunque la preocupación todavía le marcaba el rostro.
—Me enteré hace un rato —explicó—. Llamaron al colegio para avisar que las niñas no irían unos días, y uno de los profesores me lo comentó.
Cedric lo observó con una calma demasiado medida.
—Apendicitis. Ya está operada —dijo y Vance asintió.
—Me alegra saber que todo salió bien.
Ayanna dio un paso hacia él.
—Gracias por venir, de verdad.
—Cuando sea necesario —aseguró él y hubo un breve silencio mientras Cedric miraba a Ayanna.
—Voy por café —dijo rompiendo la tensión—. ¿Quieres?
—Sí… —respondió ella sin pensar—. Sí, gracias.
Cedric asintió y se marchó, aunque no sin dedicarle a Vance una última mirada rápida antes de desaparecer por el pasillo.
El silencio que quedó entre ellos no fue incómodo, pero sí más directo.
—Debe haber sido un susto fuerte —comentó Vance.
—El peor —admitió Ayanna, cruzándose de brazos como si necesitara sostenerse de algo—. No reaccionaba… pensé…
No terminó la frase.
—Oye… hora de olvidar lo malo y concentrarte en lo bueno. Está bien, está viva. Celébralo
Ella lo miró un segundo.
—Tienes razón —respondió.
—Sí, es un defecto mío. Y cuando vuelvan al colegio… —empezó Vance, cambiando ligeramente el tono—, seguiré con las clases de las niñas como siempre.
Ayanna asintió.
—Claro.
—Pero contigo no.
Aquella declaración la hizo fruncir el ceño y Ayanna lo miró con cautela.
—¿Cómo que conmigo no?
—No voy a seguir enseñándote —dijo Vance sin vacilar.
—¿Por qué?
Y él esbozó una media sonrisa, aunque sus ojos no cambiaron.
—Porque no soy idiota: nadie en su sano juicio se metería entre tú y el señor Davenport —respondió con calma—. Y menos después de lo que acabo de ver.
Ayanna dejó escapar una pequeña risa, incrédula.
—No hay nada entre nosotros.
—Claro que lo hay —replicó él—. Otra cosa es que no quieras admitirlo.
—Vance…
—No hace falta que me lo expliques —la interrumpió—. ¡Pero se nota!
Ayanna entrecerró los ojos.
—¿Qué se supone que se nota?
—¡Que lo quieres! —Vance no se molestó en suavizar la respuesta—. Y él te quiere a ti —añadió bajando ligeramente la voz—. Eso es todavía más evidente.
Ayanna tragó saliva.
—Las cosas no son tan simples.
—Nunca lo son —concedió él—. Pero hay cosas que no necesitan ser simples para ser obvias.
Ayanna apartó la mirada un segundo.
—No voy a competir con eso —continuó Vance, con una tranquilidad que no parecía forzada—. Ni contigo, ni con él.
—No te pedí que lo hicieras.
—Lo sé —respondió él—. Por eso me aparto antes. Tus hijas son mis alumnas, y tú y yo seremos grandes amigos, pero nada más.
Y Ayanna no supo qué contestar, así que solo agradeció el hecho de que Cedric regresara en ese momento, con tres cafés en la mano.
—Aquí —dijo, tendiéndole uno a Ayanna y otro a Vance, que lo aceptó con cortesía.
—¿Todo bien? —preguntó Cedric mirándolo.
—Todo perfecto —respondió él con naturalidad—. Solo venía a asegurarme de que todo estaba bajo control.
Cedric asintió.
—Lo está.
Vance dio un paso atrás.
—Me alegro —dijo—. En ese caso, nos vemos en el colegio.
Ayanna abrió la boca, pero él ya se había despedido a toda prisa, y Cedric dio un sorbo al café sin mirarla.
—¿Te molestó de alguna manera? —preguntó y ella lo observó un segundo.
—No, no es eso.
Cedric levantó la vista.
—¿Seguro? Porque pareces contrariada…
Ella apretó el vaso entre las manos y decidió que no valía la pena inventar excusas por otra persona.
—Me dijo que no va a seguir dándome clases murmuró y Cedric alzó una ceja.
—¿Ah, no? ¿Y por qué?
—Porque dice que nadie en su sano juicio se metería entre nosotros. Que tú te derrites por mí y yo por ti.
—¡Caramba, el tipo es inteligente! —se ríe Cedric—. ¡Que por mi parte tiene razón, eh! —pero por un segundo la risa se transformó en algo más, algo que era incluso peligroso poner en palabras.
—¿Y tú qué le dijiste? —preguntó al fin, con la voz más baja—. ¿Quieres salir con él… o no?
