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CAPÍTULO 36.

Escrito el 17/03/2026
DAYLIS TORRES SILVA


Ian se quedó allí, paralizado, con una mano aferrada a la barbilla de Lía y la otra apoyada en la cama a la altura de su cabeza, tembloroso, con las mandíbulas apretadas y el cuerpo en absoluta tensión.

Entonces lo comprendió: aquel era el punto de quiebre del que le había hablado Carlo. Miró la cuerda que había hecho con el camisón, una, dos vueltas…

Una doble circular del cordón umbilical…”

Lía necesitaba saber cómo había muerto su bebé, o mejor dicho, cuánto había sufrido su bebé.

_ ¿Esto es lo que quieres? _ y clavó en ella unos ojos insondables y perdidos _ ¡Maldita sea! ¡Contéstame! ¿Esto es lo que quieres?

 La muchacha elevó una mano hasta su rostro para acariciarlo, y lo único que logró fue transmitirle una tristeza que la estaba consumiendo.

_ Sí _ y por primera vez su voz fue firme _ esto es lo que quiero.

Ian dejó caer la cabeza mientras sus pupilas se dilataban y sintió que sus dientes se romperían unos contra otros. Aquel era el punto de quiebre, se recordó, y buscó entre los rasgos más inamovibles de su carácter el valor para ayudarla como ella de verdad lo necesitaba.

Se apoyó en rodillas y talones, evitando recargar todo su peso en aquel cuerpo pequeño que tenía debajo, y volvió a pasar el cordón de seda, una, dos veces, alrededor de su cuello.

¡Dios mío, perdóname!”

Se inclinó para besarla en los labios, con infinita dulzura, y luego se levantó, manteniéndola bajo él, completamente inmovilizada por su corpachón de más de noventa kilos. Asió los dos extremos de la cuerda y empezó a cerrarla en torno a su garganta, con suavidad, intentando hacer el menor daño posible.

Lía apoyó una mano sobre su pecho con absoluta serenidad, comprendiendo de manera extraña la forma en que estaba haciendo sufrir a aquel hombre. La línea de su frente denotaba una profunda angustia, y tenía lo labios apretados y los ojos brillantes, tan expresivos que pensó que estaría leyendo su alma.

Ian aumentó la presión sin dejar de mirarla a los ojos, en espera de un movimiento de su mano, una palabra, un indicio ¡Dios! que detuviera aquella locura. Pero ella solo lo miraba, tranquila, casi sonriente, mientras perdía poco a poco el aliento y su pecho dejaba de bajar y subir.

¡Dios mío! ¿Qué estoy haciendo?”

Lía estaba allí, sin luchar, ahogándose con un gesto de paz absoluta, dejándose matar sin hacer una sola señal para impedirlo. ¿Acaso Lía quería morir?

La vio abrir por última vez lo labios, buscando un poco de aire que ya no llegaría a sus pulmones, y luego sus ojos se humedecieron, se cerraron, lentamente, y la mano que se apoyaba sobre Ian cayó sobre la cama.

El italiano sintió el fuego salado de una lágrima que resbalaba por sus propias pestañas, le sacó con ademán brusco el lazo que le rodeaba la garganta y buscó su boca con desesperación, dejándole una larga bocanada de su aliento. Una, dos, tres veces, hasta que la sintió respirar de nuevo, con dificultad primero y luego casi con desesperación.

El primer sollozo estalló cuando abrió los párpados y lo vio inclinado sobre ella, expectante, aterrorizado, por completo fuera de control. El segundo, el tercero, y el interminable torrente de llanto que la asaltó de ahí en adelante fueron todos contra el pecho desnudo de Ian, que se sentó en la cama, con las piernas cruzadas para acunarla.

Contra el pecho de Ian, que hizo un esfuerzo supremo por dejar de temblar después de haberla tenido prácticamente muerta entre sus brazos.

Carlo tenía razón, aquel era el punto de quiebre, la última barrera, pero ¿para quién? Lía no podía dejar de aferrarse a su cuerpo, y él se sentía tan o más destrozado que ella.

¡Asfixiarla! ¡Por Dios, a lo que hemos tenido que llegar!” Y no se permitió pensar en las consecuencias si no se hubiera detenido a tiempo.

Pero Lía estaba allí, agazapada como un animal herido, descargando en agudos sollozos una pena que no la había dejado en paz desde hacía casi medio año.

La estrechó, la abrazó como si esa fuera la única forma de expresarle lo que sentía, lo que había sentido creyendo perderla. Estiró la mano para encender la luz de la lamparilla mientras el sol se perdía en el océano, la acomodó sobre su pecho y la dejó llorar.


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