CAPÍTULO 7. La mujer que se parecía a Natalie
—¡Sorpresaaaaaaa! —la voz de Isadora hizo que Phil se quedara paralizado a medio estacionamiento mientras veía a Isadora caminar hacia él con entusiasmo, y apretó los dientes al darse cuenta de que la sorpresa de Isadora era un automóvil.
Y no uno cualquiera. Un Mercedes AMG de al menos doscientos mil dólares.
—¿Qué es esto, Isa? —murmuró y ella aplaudió emocionada.
—¡Nuestro nuevo auto, cariño! —exclamó señalando a la bestia estacionada frente al hospital, negra, nueva y absurdamente cara—. ¿Qué te parece?
Phil rodeó el vehículo.
—¿Lo compraste?
—Esta mañana.
—Es… bonito —murmuró él sin saber qué otra cosa decir.
—¿Bonito? Phil, un hombre que puede diferenciar treinta tonos de tejido enfermo debería tener un vocabulario más amplio.
—Sí, claro… —Y de repente se detuvo—. Espera… ¿Dijiste “nuestro”?
—¡Por supuesto! ¡Es “nuestro” auto! ¿O crees que yo sola con mi salario actual podría comprar algo así? —preguntó Isadora como si fuera obvio.
—¿Y si no tenías para pagarlo por qué lo compraste? —preguntó, porque no era absurda la pregunta, absurdo era tener que hacerla.
—¡Porque lo necesitamos, Phil! Este es el auto de un jefe de cirugía y una jefa de anestesiología…
—Ni siquiera te dan el puesto todavía —retrocedió Phil y ella le puso los ojos en blanco porque estaba cansada de tratar de explicarle lo mismo.
—¡Pero lo seré, ya te lo dije! Y tenemos que vernos exactamente como lo que queremos ser. Entonces ¿vamos a dar una vuelta? —lo invitó, pero para ese momento el cuerpo de Phil ya estaba completamente rígido.
—Tengo una cirugía en cuarenta minutos —fue lo único que dijo mientras retrocedía instintivamente y se metía en el hospital para evitar que ella lo arrastrara a una estúpida prueba de manejo en una camioneta de lujo.
Y la vida siguió, pero definitivamente no de la forma en que él esperaba. Tres semanas después, Phil perdió otro paciente. Esta vez era una mujer de sesenta y ocho años con una disección aórtica complicada. Habían conseguido estabilizarla dos veces y la perdieron en la tercera hemorragia.
Salió del quirófano cerca de medianoche, y se quedó inmóvil frente a su teléfono porque esperaba un mensaje: “¿Bien?” era todo lo que Natalie solía preguntar. Si él respondía que sí, ella no lo molestaba porque sabía que el trabajo no terminaba cuando salía del quirófano. Si él decía que no, ella solo respondía: Ven a casa.
Pero en lugar de un mensaje simple de interés, encontró diecisiete exigencias.
“Estoy en la gala de la fundación. ¿Cuánto te falta?”
“¿Dejaste el traje preparado?”
“No entiendo por qué demoras tanto”.
Y esos eran los más suaves. Phil respondió:
“Terminamos. La paciente murió”.
Esperó, y la respuesta llegó inmediatamente.
“No estás en una buena racha últimamente. Pero igual necesito que vengas. Hammond quiere presentarte a los nuevos donantes. Las relaciones públicas también son importantes, no lo olvides”.
Phil se quedó mirando la pantalla. No sintió rabia al principio, solo incredulidad y cansancio, un cansancio profundo que parecía haberle llegado hasta los huesos. Y entonces hizo la llamada.
—No —dijo y no hizo falta nada más para que ella entendiera, pero aun así siguió—. Acabo de decirte que perdí una paciente. Hace seis minutos estaba diciéndole a un hombre que la que fue su esposa por cuarenta años murió en mi quirófano.
“Lo sé, y es horrible, pero no puedes encerrarte cada vez que pierdes un paciente. Este evento es importante, tienes que entender tu posición. La gente ahora espera ciertas cosas de ti”.
Él apoyó la espalda contra la pared.
—¿Qué gente, Isa? ¿Qué gente espera que salga de un quirófano donde acabo de perder a una paciente, me ponga un esmoquin y vaya a sonreír para conseguir dinero?
“No tienes que decirlo de esa manera. Solo quiero que entiendas que ahora estás en otro nivel”
Phil permaneció callado y ella interpretó el silencio como una concesión.
“Tengo tu esmoquin aquí. Puedes ducharte en el hospital y...”
Y él colgó. ¿qué otra cosa iba a hacer?
Permaneció varios minutos en el pasillo, después entró en su despacho, apagó las luces y se sentó. El recuerdo llegó sin que lo buscara: otro paciente perdido meses atrás, la luz baja de la sala, un plato de sopa, una manta caliente a su alrededor y una mujer que le acariciaba el cabello mientras le permitía hacer su duelo para poder levantarse al día siguiente y seguir salvando las vidas que pudiera.
Aquella noche había pensado que Natalie no había hecho nada. Ahora comprendía que había hecho exactamente lo que necesitaba.
Sacó el teléfono, abrió su conversación… pero no escribió. ¿Qué iba a decirle? ¿”Perdí una paciente”? Ya no tenía derecho a buscarla cada vez que necesitara el consuelo que había despreciado.
Bloqueó el teléfono, y por primera vez desde que Natalie se marchó, Phil no solo extrañó su presencia, extrañó a su esposa y la parte de ella que era original, que no se parecía a nadie.
Isadora llegó al apartamento después de las tres. Phil seguía despierto, sentado en el sofá con un plato de sopa vacío que no lo había confortado como antes.
—Debiste ir —fue el primer saludo, con reproche incluido—. Patterson anunció una donación de seis millones, y mañana sale mi nombramiento como jefa de anestesiología —murmuró colgando su abrigo—. ¿Qué…? ¿Por qué me miras así?
Phil levantó los ojos y ella respiró hondo antes de dejarse caer a su lado en el sofá.
—OK, ¿Quieres que te haga terapia?
—¡No quiero nada, Isadora! No necesito que me expliques cómo debería sentirme ni que me recuerdes que soy jefe de cirugía. Necesito poder llegar a mi casa después de perder a alguien y estar hecho una mierda durante una noche sin que eso se convierta en un problema para tu agenda.
Isadora se quedó inmóvil.
—¿Mi agenda? ¡Pues perdona por tener una vida!
—No he dicho eso…
—¿Entonces qué dices, Phil? ¡Llevas semanas criticando cada cosa que hago!
—¡No te estoy criticando…!
—Entonces ¿qué haces?
Phil no respondió inmediatamente, porque finalmente sabía qué estaba haciendo: la estaba mirando, de verdad, no a través de los seis años que habían compartido, no como la mujer que lo dejó, no como el gran amor que había convertido en una historia perfecta durante años.
Estaba viendo a Isadora, la mujer que estaba delante de él.
—Intento conocerte otra vez —dijo y ella se cruzó de brazos.
—Ya me conoces. Sigo siendo la misma.
—Y yo también pensaba que seguía siendo el mismo —replicó Phil—. ¿Por qué regresaste?
Ella soltó una risa incrédula.
—¿Perdón? ¿Por qué reg…? ¡Obvio porque te extrañaba!
—¿Cuándo empezaste a extrañarme? ¿Fue antes o después de enterarte de que me habían nombrado jefe de cirugía? —la increpó y vio aquel movimiento leve en sus ojos, y fue solo un segundo, pero no pudo fingir que no lo había visto.
—¡¿Qué clase de interrogatorio es este?! —Se quejó Isadora—. ¡Lo que estás diciendo es ofensivo y no tengo que justificarte nada!
—No. Pero dejé a mi esposa porque me dijiste que te habías dado cuenta de que nunca dejaste de amarme. ¡Así que sí, me gustaría saber cuándo ocurrió esa revelación!
—¿Ahora vas a echarme la culpa de tu divorcio?
—No. Eso fue decisión mía. Pero quiero saber cuándo decidiste regresar.
—Cuando supe que asistirías a la conferencia —bufó ella con impaciencia porque no le gustaba sentirse acorralada.
—¿Cómo lo supiste?
—Vi el programa.
—¿Y antes?
—¿Antes qué?
—¿Habías pensado en buscarme?
—¡Ya te había buscado, leía noticias sobre ti, vi que te iban a nombrar jefe de cirugía y sentí curiosidad! Después busqué algunas cosas sobre ti y pensé en todo lo que habíamos vivido…
Phil soltó una risa seca, como culpa merecida, o consecuencia, no sabía bien.
—Viste mi cargo.
—¡Vi tu nombre!
—Acabas de decir que viste que me iban a nombrar jefe de cirugía. —Phil la miró a los ojos—. Quiero saber si habrías regresado si debajo de mi nombre hubiera dicho simplemente «cirujano adjunto».
Isadora lo miró con una rabia que en ese momento no se molestó en esconder.
—¿Sabes qué creo? —siseó—. Creo que esto no tiene nada que ver conmigo, sino con Natalie.
—¡No metas a Natalie en esto! —gruñó Phil con un tono que no reconocía, uno que incluso hizo retroceder a Isadora.
—Tú nunca la has sacado de esto. ¿Crees que no me doy cuenta de que llevas semanas comparándome con ella? —espetó la mujer.
—No he dicho su nombre…
—¡No hace falta! Cada vez que hago algo que no te gusta pones esa cara, como si estuvieras pensando que mi sustituta habría reaccionado de otra manera. —Phil guardó silencio e Isadora soltó una risa amarga—. ¡Dios mío! ¡Es exactamente eso!
—No quiero compararlas.
—¡Pero lo haces! —se carcajeó ella con sarcasmo—. ¿Qué pasa? ¿Te enamoraste de ella y ahora de repente yo soy la mujer que se parece a Natalie y no al revés? —siseó, pero el silencio fue más pesado que cualquier respuesta y la mujer se dio la vuelta y tomó su abrigo—. ¿Sabes qué?, no tengo que soportar una humillación como esta. Hablaremos cuando te calmes.
Le dio la espalda y salió dando un portazo. Pero no tenía ni idea de que la que no podría calmarse realmente sería ella, porque al día siguiente entró a la oficina de Phil, arrancó la placa de la puerta con su nombre y se la lanzó desde la entrada, atinándole a una taza de café que fue a destrozarse en el suelo.
—¡Hablaste contra mí! —gritó histérica y Phil se quedó paralizado, pero por los ojos inyectados de sangre imaginó que sería algo que la afectaba mucho.
—¿De qué hablas?
—¡De la promoción! ¡Del ascenso! —gritó ella cerrando de un portazo—. ¡No me la dieron!
Phil parpadeó porque él tampoco lo creía. Isadora había estado tan segura de recibir aquel ascenso que le sorprendía que no lo hubiera hecho.
—Yo no tenía poder de voto en tu nombramiento —replicó él—. Y tampoco hablé mal de ti con nadie…
—¡Pero dijiste que no querías trabajar conmigo!
—¡Eso no fue lo que…! —dijo Phil tratando de defenderse, pero la verdad era que recordaba perfectamente la conversación con los directivos y la pregunta que le habían hecho:
“Cuando usted entra a un quirófano… ¿con cuál de los dos prefiere operar?”
Phil sabía lo que su respuesta significaría, y aun así el nombre que había salido de su boca no había sido el de ella.
—¡Dijiste que preferías operar con Jeff Cole! —vociferó Isadora con los ojos rojos—. ¡¿Tienes una maldita idea de lo que eso me hizo?! ¿Cómo se supone que voy a pagar la camioneta?
El ceño de Phil se ensombreció y por primera vez dejó de ser el médico educado y el primer amor que justificaba cualquier cosa.
—¡No te hizo nada! No perdiste tu trabajo, no te restringieron tu licencia…
—¡Me quitaron un ascenso por el que había trabajado! —gritó ella.
—¡Un ascenso para el que no estabas lista! ¡Ese trabajo no se gana en galas ni en almuerzos, Isadora, se gana en quirófanos! —replicó él con firmeza y ella por primera vez lo miró con odio.
—¡Eres mi pareja, tu trabajo era respaldarme! ¡Lo que me faltaba podía haberlo aprendido después!
—¿¡Después de qué?! ¿De un paciente muerto por negligencia?
—¡Yo no soy…!
—¡No tienes la experiencia que hace falta! ¡Cole sí la tiene! —Phil golpeó la mesa con la palma abierta y ella retrocedió.
—¡Me estás destruyendo… ¿por Natalie?!
—¡No, estoy poniéndote un límite por mí! —espetó él—. ¡Porque ya me harté de fingir que no sé por qué viniste! No regresaste porque me amaras, ¡regresaste porque ahora tengo un cargo del que creíste que podías aprovecharte!
—¿¡Y vas a decirme que tú no te aprovechaste!? —le reclamó ella—. ¡Se te salían los ojos cuando me viste de nuevo! ¡No te interesó por qué volví, solo que lo hice! Y desde ese mismo segundo me quisiste de vuelta, ¡ni siquiera demoraste en ir a entregarle los papeles del divorcio!
—¡Suficiente! ¡Esto se acabó! —espetó Phil y la carcajada de Isadora lo descolocó.
—¡No me digas! ¿¡Y qué vas a hacer ahora? ¿Salir corriendo detrás de Natalie? ¿Decirle que te arrepientes? ¿Qué ahora la vez como la original y yo soy quien se le parece…?
—¡Cállate! —gritó Phil sin importarle las personas que reaccionaban del otro lado del cristal de su oficina.
—¡Lo que hiciste fue monstruoso! —le escupió ella—. ¡Le mentiste a Natalie por años! ¡Te casaste con ella por una mentira y la echaste apenas regresé!
—¡Porque tú me dijiste…!
—¡No me cargues con la culpa para no mirarte en el espejo! ¡Yo quería recuperarte, pero no fui quien te dijo que le regalaras cosas para tratar de convertirla en mi copia!
Phil retrocedió como si lo hubieran abofeteado, porque por mucho que intentara justificarlo, la verdad era que esa había sido su decisión, de él, como presentar los papeles había sido también su decisión y nadie lo había obligado.
—Lárgate de aquí —siseó mirando a Isadora a los ojos—. Natalie podía parecerse a ti… pero me doy cuenta de que lo único que pude hacer similar fue el exterior, porque tú… tú no te le pareces en nada.
La bofetada no se hizo esperar, pero Phil solo apretó el botón de su despacho para llamar a seguridad y un segundo después Isadora era escoltada afuera entre gritos y amenaza.
Y Phil por fin se dejaba caer en su asiento, frente a las consecuencias de todo lo que había hecho, y sin nadie a quién culpar excepto a sí mismo.
