Dos días después Phil leyó un anuncio de Recursos Humanos en la pizarra de vacantes: la candidatura de Isadora para dirigir anestesiología había sido presentada formalmente, y contuvo el aliento cuando leyó el nombre de quien aparecía como recomendación interna, “Dr. Philip Moore, Jefe de Cirugía”, su nombre.
A su lado algunos cuchichearon, y Jeff Cole pasó a su lado sin siquiera dirigirle la palabra.
Phil maldijo entre dientes y la llamó de inmediato.
—¿Pusiste mi nombre en tu candidatura?
“Sí. ¿Qué pasa?” preguntó ella con calma.
—¡Que no me preguntaste!
“¿Y necesitaba hacerlo? Digo… trabajamos juntos durante años, y eres mi pareja. ¿Qué más había que preguntar?”
—Trabajé contigo hace cinco años y ser tu pareja no es una categoría en el currículum, ¡es un conflicto de interés!
Del otro lado hubo un silencio molesto y luego la acusación llegó sin anestesia, nunca mejor dicho.
“¿Estás diciendo que no vas a respaldarme?”
—No estoy diciendo…
“Entonces lo único que tienes que hacer es respaldar mi candidatura. Ni siquiera tienes voto en la selección”.
—¡Pero tengo influencia!
“Exactamente”.
La palabra quedó suspendida entre ellos y Phil se volvió lentamente hacia el escritorio.
—¿Exactamente?
Solo en ese momento Isadora pareció darse cuenta de lo que había dicho.
“No quise decirlo así”.
—¿Cómo quisiste decirlo entonces?
“Que tu opinión tiene peso. Eso es todo” intentó justificarse ella.
—Entonces quieres utilizar ese peso.
“¿Y por qué no? ¿Si no me ayudas a mí, a quién vas a respaldar? ¿A Jeff Cole?”
Phil apretó los dientes, pero eligió colgar mientras intentaba procesar aquella conversación, porque no le gustaba lo que acababa de sentir.
Aquella noche regresó a casa a las diez, y la encontró completamente a oscuras. Encendió la luz de la entrada y dejó las llaves en el cuenco de cerámica. Natalie había comprado aquel cuenco en un mercado callejero y él había dicho que era horrible. Pero seguía allí.
Entró en la cocina, abrió el refrigerador; había comida, pero nada preparado.
Subió al dormitorio y abrió el armario buscando un pijama y la mitad estaba vacía.
Phil se quedó mirando el espacio. Había visto las maletas, sabía que Natalie se había marchado, pero aquella fue la primera vez que notó realmente su ausencia.
No estaban sus zapatos debajo de la ventana. No había una taza de té olvidada sobre la mesita. El cargador que siempre quedaba en el suelo había desaparecido y, cuando entró al baño, encontró solamente su cepillo de dientes.
Pero la parte de Natalie no estaba completamente vacía. En el fondo había una bolsa y dentro estaba el vestido azul, también el frasco de Jardin de Nuit y cada detalle que había descubierto que ya no era suyo.
—Maldición… —murmuró para sí mismo antes de buscar su contacto en el teléfono y llamarla.
Sonó cinco veces, a la sexta escuchó su voz.
“¿Qué quieres?”
La pregunta lo dejó callado. ¿Qué quería? ¿Había llamado porque encontró un vestido dentro de una bolsa? ¿Porque la casa estaba demasiado silenciosa? ¿Porque por primera vez en dos años había llegado después de una jornada horrible y no había nadie capaz de mirar su rostro y entender, antes de que pronunciara una palabra, qué era lo que le daría paz?
Pero ninguna de esas respuestas parecía suficiente.
Decir que lo sentía tampoco parecía justo, así que solo apretó los dientes y negó como si ella pudiera verlo.
—Perdón, me equivoqué de número —dijo y Natalie colgó sin siquiera responder.
Phil bajó lentamente el teléfono y se quedó varios minutos sentado en el borde de la cama, pero en ese momento el aparato vibró de nuevo.
“Richard Hammond me llamó. Quieren entrevistarme el viernes. Al parecer soy la candidata más apropiada para hacerle un lavado de cara al departamento de Anestesiología. ¿Celebramos?”
Phil leyó el mensaje, pero sus dedos no se movieron para responderlo. Durante cinco años había imaginado cómo sería si Isadora regresaba. Pero no había imaginado que mientras la metía nuevamente en su vida, al mismo tiempo empezaría a descubrir todos los lugares donde faltaba Natalie.
Mientras tanto, solo aquella supuesta llamada equivocada le llegaba a Natalie después de días esperando una respuesta sobre el trabajo en Portland.
Estaba en la cocina de Megan, todavía en pijama, corrigiendo un manuscrito particularmente malo sobre nutrición deportiva, cuando apareció en la pantalla un número desconocido.
“¿Señora Bennett?”
—Sí.
“Soy Lauren Mitchell, directora editorial de Hawthorne Press. Recibimos su solicitud para el puesto de editora senior y me gustaría saber si tiene unos minutos”.
Natalie se enderezó inmediatamente y la conversación duró casi media hora. Pero la pregunta decisiva no fue sobre su desempeño.
“Su currículum dice que vive en Nueva York, y el puesto es presencial cuatro días por semana. ¿Estaría dispuesta a mudarse?”
Natalie miró la cocina de Megan, las cajas apiladas junto a la pared y su maleta todavía abierta en el pasillo.
—Sí —respondió—. Estoy dispuesta a mudarme.
La segunda entrevista fue al día siguiente. La tercera, el lunes. El miércoles por la mañana por fin recibió la oferta.
Natalie leyó el correo tres veces antes correr hacia Megan.
—Me dieron el puesto.
—¡Sabía que te lo darían!
—Empiezo en dos semanas… ¡Y mira este sueldo! —exclamó porque no tenía idea de que la oferta final sería tan generosa.
—¿¡Ves!? Siempre te dije que dudabas demasiado de ti misma. Ahora tengo que encontrar apartamento, organizar la mudanza… ¡Mierd@ voy a pedir vacaciones! ¡Portland, allá vamos!
Y Natalie rio, por primera vez en días rio de verdad, pero no pudo evitar la comparación de que una simple amiga tomara vacaciones para ayudarla, cuando algo le decía que su casi exesposo jamás habría reorganizado su agenda por ella.
El viaje a Portland fue una aventura. Se quedaron en un hotel y encontraron departamento tres días después. Era pequeño. Ridículamente pequeño comparado con la casa que había compartido con Phil. Tenía una habitación, una cocina abierta y un balcón tan estrecho que apenas cabían una silla y dos macetas.
Natalie lo quiso desde que entró.
—La habitación recibe bastante luz por la mañana —explicó la agente inmobiliaria—. El edificio es antiguo, pero se renovaron las tuberías hace tres años. La calefacción está incluida y se permiten mascotas pequeñas.
—No tengo mascotas.
—Entonces le regalo un gato. Acariciar esos bichos es una cuestión de salud mental, se lo aseguro.
Por un momento Natalie se quedó callada. Jamás habría tenido una mascota estando con Phil, los pelos no combinaban con los uniformes de cirugía… pero Phil ya no era su problema.
—¡OK, me lo quedo!
—¿El departamento?
—Y el gato —rio Natalie.
Firmó el contrato aquella misma tarde y comenzó a instalarse. Y la única mancha en su pequeña victoria fue una notificación de su abogado.
“Necesitamos una reunión para hablar del último bien patrimonial, el departamento, ya ha aparecido una propuesta por la casa”
—Comprendo, pero no estoy en la ciudad, y no me interesa reunirme por dinero, usted puede encargarse.
Y en efecto, el abogado Cussak ni siquiera parpadeó cuando dos días después el distinguido doctor Moore se sentó frente a él en su despacho. Y tampoco le sorprendió que viniera con una garrapata emocional, porque Isadora había insistido en ir aunque no fuera asunto suyo.
—Muy bien, primero quiero comentarle que el proceso de divorcio continúa su curso, con las firmas hechas debe quedar ratificado en medio de una semana, estamos aquí por la división patrimonial.
—Pensé… —lo interrumpió Phil—. Pensé que Natalie estaría aquí. ¿No se supone que debe…?
—¿Y para qué quieres que esté aquí? —gruñó Isadora sin ocultar su molestia, pero el abogado habló como si no la escuchara.
—La señora Bennett ya no vive en esta ciudad, así que solo requiere representación, no su presencia.
—¡¿Cómo que ya no vive en esta ciudad?! —Phil se incorporó sin darse cuenta, pero Isadora tiró de su manga para que volviera a sentarse—. ¿A dónde se fue?
—Eso no se lo puedo decir, pero está viva, bien y trabajando —replicó el abogado—. Ahora, división patrimonial: la señora Bennet conserva sus cuentas separadas y usted las suyas, no hay reclamación sobre activos personales, y el único bien conjunto es el departamento, así que…
—¡¿Espere, qué?! ¡No pueden meter el departamento en la división de bienes! —exclamó Isadora.
—Doctor Moore, el departamento fue adquirido por los dos dentro del matrimonio. El acuerdo estableció una división al cincuenta por ciento…
—¡¿Por qué no me responde a mí!? —gritó Isadora molesta, golpeando la mesa con la palma.
—Porque usted no es la que se está divorciando —replicó Cussak sin inmutarse—. Entonces, Doctor Moore, mi clienta no quiere comprar su parte, ¿usted quiere pagar la de ella?
Y la respuesta era simple, no podía. ¿Era jefe de cirugía? Sí, recién nombrado. Su salario anterior al puesto era el de un cirujano común, y no lo suficientemente generoso como para ahorrar más allá del departamento.
—No puedo pagársela ahora mismo.
—Entonces irá a venta y se repartirán los dividendos al cincuenta por ciento —sentenció el abogado, y esta vez la que se puso de pie fue Isadora.
—¡Claro que no, no estoy de acuerdo! ¡Phil, no es justo, ese esa es tu casa! ¡¿Si la pierdes dónde vamos a vivir?! —lo increpó y por un segundo él se quedó aturdido.
—Puedo comprar un departamento más pequeño con la parte que reciba…
—¿¡Más pequeño?! ¡¿Estás loco?! ¡Más pequeño no sería digno de un jefe de cirugía! ¿Quieres que nos metamos en un piso de dos habitaciones en un barrio de porquería? ¡¿Por qué no peleas por la casa!?
—¡Porque no era solo mía! ¡Ella también pagó! —exclamó Phil, como si le molestara tener que justificar eso.
Pero la única respuesta de Isadora fue darse la vuelta y salir como si le hubieran hecho la mayor ofensa. Él se volvió hacia el abogado y le hizo una señal de que le diera la carpeta para firmar la autorización de venta.
—Lo lamento… ella no quiso decir…
—No se preocupe, sé lo que quiso decir —sonrió el abogado y Phil lo miró—. Llevo dos décadas siendo abogado, doctor Moore, sé cómo se ve una amante que se cree con derecho a todo lo que una esposa construyó antes que ella.
Y Phil apretó los labios, pero encajó el golpe, porque no tenía sentido gritar “no es mi amante” mientras la llevaba a su conciliación de divorcio y ella exigía una propiedad que no le pertenecía.
—¿Ella está bien? —preguntó antes de salir y los dos sabían a quién se refería.
—Estoy convencido de que lo estará.
-NO EMPIECEN A GRITAR, MAÑANA LOS OTROS CINCO. MIENTRAS... DETRÁS VIENEN FOTOS DE LO QUE VAMOS A TENER EN LA APP NUEVA. LAS QUIEROOOOOOO
