Natalie regresó a la casa a las ocho de la mañana siguiente.
Había dormido poco más de dos horas en el sofá de Megan, una antigua compañera de la editorial con la que apenas había hablado durante el último año. Llamarla la noche anterior había sido humillante por razones que ni siquiera sabía explicar. Tal vez porque, cuando Megan abrió la puerta y la encontró con los ojos hinchados y el bolso todavía colgado del hombro, Natalie comprendió cuánto se había aislado durante su matrimonio.
—No tienes que contarme nada —había dicho Megan, y Natalie había llorado precisamente por eso.
A la mañana siguiente rechazó su ofrecimiento de acompañarla. Necesitaba regresar sola, recoger sus cosas y terminar lo que había empezado antes de que Phil pudiera encontrar otra forma de herirla.
La casa estaba en silencio cuando entró. Por un momento permaneció junto a la puerta, observando el salón que había decorado durante los dos últimos años. La lámpara junto al sofá la había elegido ella, igual que las cortinas, la alfombra y las fotografías que llenaban una de las paredes. Había plantas que Phil olvidaría regar, libros que nunca había leído y una manta que Natalie utilizaba durante las noches en que lo esperaba despierta.
Era absurdo que todo siguiera exactamente igual.
Su matrimonio había terminado y, sin embargo, había una taza de café sin lavar junto al fregadero. Natalie reconoció la taza, Phil había estado allí aquella mañana.
La tocó, todavía estaba tibia, ella retiró inmediatamente la mano. No quería saber a qué hora había llegado, si había dormido o si había pasado la noche con Isadora. Mucho menos quería convertirse en una de esas mujeres que, después de una separación, buscaban pruebas para hacerse todavía más daño.
Subió al dormitorio y sacó las maletas. Durante la primera hora consiguió concentrarse exclusivamente en lo práctico. Ropa, documentos, zapatos, productos personales. Separó lo que era suyo de lo que pertenecía a Phil y trató de no mirar demasiado las cosas que quedaban atrás.
Hasta que abrió el armario. El vestido azul seguía colgado allí, y Natalie se quedó mirándolo como si fuera una herida abierta. Lo arrancó de la percha y lo metió en una bolsa. Después añadió el perfume… Se detuvo, aquello era ridículo, Isadora no era propietaria del jazmín, de los vestidos azules ni del cabello largo. Pero Natalie tampoco quería seguir utilizando cosas que cada mañana le obligarían a preguntarse por qué habían llegado a ella.
Siguió buscando… y entonces encontró la caja. Estaba al fondo de un armario superior, detrás de dos maletines viejos de Phil. Natalie la reconoció porque la había visto durante la mudanza, poco después de casarse.
—¿Qué hay ahí?
—Cosas de la universidad.
Ella nunca volvió a preguntar.
Ahora la bajó y para su sorpresa, no estaba cerrada. Eso no hablaba de la fidelidad de Phil, hablaba de cuánta confianza tenía en que ella le creía todo.
La primera fotografía bastó: Isadora. Tendría unos veinte años, estaba sentada sobre el capó de un automóvil, riéndose, con el cabello largo cayéndole sobre un hombro.
Natalie sintió que algo le apretaba el pecho. Sacó otra: Isadora y Phil delante de un restaurante. El mismo restaurante de su primera cita.
Natalie se sentó en el suelo. Había decenas, después de todo seis años no cabían en una sola fotografía. Cumpleaños, viajes, Navidad, graduaciones, cenas, días normales. En algunas Phil era tan joven que Natalie apenas lo reconocía.
En otras era exactamente el hombre del que ella se había enamorado.
Encontró una tomada junto al lago Mohawk, y esta vez no consiguió contener las lágrimas. Isadora y Phil estaban abrazados frente al agua. En el reverso había una fecha de hacía siete años y Natalie dejó escapar una risa rota.
—Claro.
Habían pasado su luna de miel a menos de dos kilómetros de allí.
Siguió mirando aunque sabía que debía detenerse, quizás porque necesitaba hacerse daño una última vez para dejar de preguntarse si estaba exagerando.
Encontró a Isadora con el cabello recogido y aquel pequeño espacio entre los dientes perfectamente visible. Isadora con un abrigo color crema casi idéntico a uno que Phil le había regalado durante su primer invierno juntos. Isadora sosteniendo una botella de Jardin de Nuit mientras hacía una mueca divertida hacia la cámara.
Y entonces encontró el vestido. No exactamente el mismo, pero sí el mismo modelo. Isadora aparecía en una terraza, muchos años atrás, vestida de azul oscuro, con el escote cuadrado y los pequeños botones forrados en la espalda.
Natalie dejó la fotografía sobre sus piernas. Ya no lloraba. No porque hubiera dejado de dolerle, sino porque había un punto en que el dolor se volvía demasiado grande para seguir manifestándose de la misma manera.
Entonces la puerta del dormitorio se abrió.
—Natalie…
Ella no levantó inmediatamente la cabeza, pero Phil vio la caja y se quedó inmóvil.
—¿Qué haces con eso?
Natalie soltó una risa sin humor.
—Qué pregunta tan interesante.
—¡Son cosas antiguas! ¡No tenías derecho a revisar…!
—¿No tenía derecho a saber cuántas partes de mí habías modificado para que se parecieran a ella? —replicó Natelie y ni siquiera evitó la mueca de asco.
Phil se pasó las manos por el cabello, pero no había nada que pudiera hacer para que las cosas sonaran menos horribles de lo que eran.
—Nat. Esto no tiene que ser tan dramático —murmuró por fin—. Al principio sí hubo cosas que asociaba con Isadora, pero…
—¿Al principio? —siseó ella—. Me regalaste ese vestido hace tres meses.
Él apretó la mandíbula, como si esa no fuera la respuesta que encajaba en su guion.
—No pensé conscientemente en ella cuando lo compré.
—Pero lo elegiste porque ya sabías que ese vestido te gustaba en una mujer que se parece a mí.
—Tal vez…
La respuesta le arrancó a Natalie una risa amarga.
—¡Eres increíble!
—¿Qué quieres que haga? ¿Que mienta?
—¡Quiero regresar tres años y que me digas la verdad la primera noche que te acercaste a mí! —gruñó ella y Phil guardó silencio.
—Quiero que me digas: «Hola, te pareces muchísimo a la mujer que me dejó y por eso llevo veinte minutos mirándote». Entonces yo habría podido decidir si quería darte mi número.
—Y quizá no me lo habrías dado.
—¡Exactamente! ¡Porque habría sido mi maldita decisión! ¡Mía! ¡Porque sabes muy bien que si no hubieras sido un cobarde, no habrías tenido una esposa durante los años en que Isadora no estaba disponible!
Aquello lo dejó sin aire, pero Natalie no tenía intención de arrepentirse de esa frase.
—Lo que siento por Isadora no borra lo que tuvimos —murmuró y de la garganta de Natalie salió una risa extraña, hueca, peligrosa.
—Lo que tuvimos fue sincero solo de mi parte. De la tuya solo hubo conveniencia y manipulación —respondió—. Así que ahórrate el discurso de hombre confundido, no hay una sola versión de esto en la que seas héroe o víctima.
Natalie tomó la caja y la empujó contra él.
—Esto es tuyo. Yo solo voy a cargar con lo que realmente me pertenece.
Por un momento Phil se quedó viendo cómo llenaba las maletas pero finalmente acabó largándose a la cocina para no ver cómo empacaba dos años de su vida.
Natalie no aceptó ayuda ni para bajar una, y cuando metió todo en su camioneta, aun apretujado, dejó que las lágrimas salieran, porque el corazón a veces no podía limpiarse con otra cosa.
Megan vivía en un apartamento de dos habitaciones que de pronto parecía demasiado pequeño para seis cajas, cuatro maletas y una mujer en proceso de divorcio.
—Puedes quedarte todo lo que necesites —dijo mientras apartaba unas revistas del sofá.
—No quiero invadirte.
—Natalie, durante tres años me escuchaste llorar por hombres que ni siquiera recordaban mi segundo apellido. Creo que puedo sobrevivir unas semanas contigo.
Natalie sonrió por primera vez desde la conferencia.
—Dos semanas.
—Cuatro.
—Tres.
—Trato hecho.
Megan la observó mientras abría una de las cajas.
—¿Qué vas a hacer?
—Buscar apartamento.
—No me refiero a dónde vas a dormir.
Natalie dejó de mover las cosas.
—No lo sé. Creo que primero voy a buscar un trabajo que ya no tenga que acomodar alrededor de él.
Megan tomó su portátil.
—Entonces tengo algo que enseñarte. Hace tres semanas publicaron una vacante de editora senior en Hawthorne Press.
Natalie soltó una risa.
—No estoy cualificada para senior.
—Sí lo estás.
—Llevo dos años trabajando medio tiempo desde casa…
—Llevas dos años trabajando con autores, corrigiendo manuscritos y gestionando proyectos por tu cuenta. —Y entonces dijo una frase que la dejó paralizada—. Creo que te acostumbraste tanto a hacerle un espacio a Phil en tu vida, que todavía no te das cuenta de que casi todo el espacio era suyo—. Megan le acercó el portátil—. La vacante cierra esta noche.
Giró la pantalla. EDITORA SENIOR — HAWTHORNE PRESS. El puesto era en Portland, a tres horas de distancia, así que su reacción instintiva fue descartarlo. “Demasiado lejos”.
Entonces comprendió de qué estaba demasiado lejos. De Phil. Del Saint Joseph. De la casa. De Isadora. De todo lo que había organizado su vida durante los últimos dos años.
—Ayúdame con el currículum —fue su única respuesta.
A las once y cuarenta y siete de aquella noche, Natalie envió la solicitud. Después permaneció mirando la confirmación en la pantalla, preguntándose si de verdad podría recuperarse a sí misma después de pasar tres años personificando a otra mujer sin siquiera saberlo.
