El día que Natalie conoció al primer amor de su esposo, la mujer llevaba su mismo vestido. No uno parecido, ni una versión de otra marca que casualmente compartiera el color y el corte, sino el mismo vestido azul oscuro, de escote cuadrado, mangas estrechas y una hilera de pequeños botones forrados en la espalda.
Phil se lo había regalado por su segundo aniversario.
—Pruébatelo —le había dicho aquella noche, cuando Natalie sacó el vestido de la caja y comentó que no parecía algo que ella hubiera escogido.
—No es mi estilo.
—Confía en mí. Te quedará perfecto.
Le quedó perfecto y, como a Phil se le iluminó el rostro cuando salió del dormitorio con él puesto, Natalie terminó tomándole cariño. Durante meses fue su vestido favorito, no tanto porque le gustara, sino porque había sido uno de esos raros regalos que su esposo había elegido personalmente para ella.
Hasta que entró en el salón principal del Hotel Grand Atelier y vio a otra mujer llevándolo.
Natalie se detuvo a varios metros de ellos, todavía con la carpeta que Phil había olvidado en casa apretada contra el pecho. Su esposo acababa de ser nombrado jefe de cirugía del Saint Joseph y aquella era su primera Conferencia Nacional de Cirugía desde el nombramiento. Ella estaba orgullosa de él, ridículamente orgullosa, porque había compartido a su lado dos años de alarmas a las cuatro de la mañana, cenas recalentadas, cumpleaños interrumpidos y noches enteras esperando una llamada que le dijera si una operación especialmente complicada había salido bien.
Aquella misma mañana incluso había publicado una fotografía suya antes de que saliera de casa.
“El mejor cirujano. El peor hombre recordando dónde dejó las llaves. Orgullosa de ti”.
Phil había respondido con un corazón.
Y a las cuatro y diecisiete de la tarde, Natalie descubrió que probablemente ni siquiera el vestido que llevaba puesto en aquella fotografía de aniversario había sido elegido pensando en ella.
La mujer estaba de espaldas, pero ya había algo familiar en ella. Tenía el cabello oscuro, largo y liso, exactamente como Phil siempre decía que le gustaba el de Natalie, y cuando se volvió, ella sintió que el aire desaparecía de sus pulmones.
No eran idénticas y nadie las habría confundido de cerca, pero se parecían demasiado para que pudiera considerarse una coincidencia sin importancia. Tenían los mismos ojos grandes y oscuros, los pómulos altos, el rostro ovalado e incluso aquella pequeña separación entre los dientes que Natalie había odiado desde adolescente y que Phil, la primera noche que la besó, había acariciado con el pulgar mientras le decía que no se le ocurriera arreglarla porque era preciosa.
La mujer sonrió. También tenía aquella separación.
Entonces Natalie miró a su esposo y eso fue peor que cualquier parecido.
Conocía todas las formas en que Phil miraba. Sabía qué expresión aparecía en su rostro cuando estudiaba un informe, cómo se endurecía su mandíbula cuando alguien llegaba tarde y cómo bajaba los ojos cuando una operación terminaba mal y todavía no estaba preparado para hablar de ello. Conocía incluso la manera en que la miraba cuando hacían el amor, pero jamás había visto aquella expresión.
Phil miraba a esa mujer como si alguien acabara de devolverle algo que llevaba años creyendo perdido. Ella dijo algo que Natalie no alcanzó a escuchar y él soltó una risa. No una de aquellas sonrisas breves y contenidas que regalaba de vez en cuando, sino una risa espontánea que le cambió completamente el rostro. Después, la mujer levantó una mano y le arregló el nudo de la corbata con una familiaridad que hizo que a Natalie se le cerrara el estómago.
Phil no retrocedió.
La carpeta se le resbaló de las manos y golpeó el suelo. Su esposo se volvió y, apenas la vio, toda la calidez desapareció de su expresión.
—Natalie.
La mujer también se giró. Sus ojos bajaron hacia el vestido de Natalie, después regresaron a su rostro y ella pudo ver el instante exacto en que la desconocida reconoció el parecido.
—Vaya —murmuró, y Phil cruzó rápidamente el salón.
—¿Qué haces aquí?
Aquellas palabras le dolieron más de lo que deberían. No preguntó si había ocurrido algo ni pareció alegrarse de verla; sonó como si Natalie hubiera aparecido en un lugar al que no debía ir.
Ella se agachó para recoger la carpeta y se la extendió con los dientes apretados.
—Olvidaste esto en casa.
—Podías habérselo enviado a mi asistente.
—Pensé que lo necesitarías.
—Sí. Gracias.
Phil tomó la carpeta y Natalie esperó unos segundos, pero él no dijo nada más. Miró a la mujer que seguía observándolos desde unos pasos de distancia y después regresó los ojos hacia su esposo.
—¿No vas a presentarnos?
Phil apretó los labios.
—Natalie...
Pero la mujer se acercó antes de que pudiera impedirlo y le tendió una mano.
—Isadora Hale —se presentó y Natalie tardó un instante en estrechársela.
—Natalie Bennett.
—Así que tú eres Natalie.
Aquella frase hizo que algo se tensara dentro de ella.
—¿Sabías quién era?
—Claro.
Natalie miró inmediatamente a Phil.
—Qué curioso. Yo no sabía quién eras tú —siseó sin emoción, haciendo que Isadora abriera mucho los labios, pero Phil intervino de inmediato.
—¡Natalie, hablaremos en casa!
—Solo he preguntado quién es.
—No es el momento.
—Soy su exnovia —respondió Isadora sin ningún reparo y Natalie volvió a mirarla.
—¿Cuánto tiempo estuvieron juntos? —preguntó como si estuviera haciendo una incisión en vez de una pregunta.
Esta vez fue Isadora quien dudó y buscó los ojos de Phil antes de responder.
—Seis años.
Natalie sintió que algo caía dentro de ella.
—¿Seis años?
—Terminamos antes de que tú y yo nos conociéramos —dijo Phil inmediatamente, como si eso fuera alguna especie de justificación que arreglara todo lo demás que estaba torcido.
—Llevamos dos años casados y nunca mencionaste que tuviste una relación de seis años —lo increpó Natalie.
—Porque terminó antes de que aparecieras tú. No pensé que fuera relevante.
Isadora volvió a mirarla y sus ojos se detuvieron en su vestido.
—Ese te queda mejor a ti —sonrió señalando su propio vestido con una sonrisa que parecía inocente—. Phil siempre decía que este corte me favorecía. Supongo que tenía razón, o no habría buscado un cuerpo tan parecido al mío.
Natalie sintió que se le entumecían los dedos.
—Isadora, basta —ordenó Phil y ella frunció el ceño con una expresión que pretendía ser inocente. Con énfasis en “pretendía”.
—¿Qué dije?
Pero Natalie ya estaba empezando a ver demasiadas cosas que, hasta ese momento, nunca había relacionado entre sí: su cabello largo, aquella insistencia de su esposo en el cambio de su castaño natural al negro, el vestido que Phil había escogido para ella, la pequeña separación entre sus dientes que tanto decía adorar e incluso el perfume. Isadora olía a jazmín, al mismo perfume que Phil le había regalado a Natalie en su primer cumpleaños juntos, asegurando que había pensado en él apenas lo vio porque estaba convencido de que sería perfecto para ella.
Sintió que se le revolvía el estómago.
—¿También usas Jardin de Nuit? —preguntó.
Isadora incluso actuó lo suficiente como para parecer sorprendida.
—Desde la universidad. ¿Cómo lo sabes?
Y Natalie no tuvo que mirar a Phil para comprenderlo, pero lo hizo de todas formas y encontró exactamente lo que temía: había cerrado los ojos y apretaba la mandíbula, como un hombre que acababa de darse cuenta de que todas las pequeñas mentiras que había mantenido separadas durante años acababan de reunirse en la misma habitación.
—Claro... —murmuró Natalie, y esta vez su voz se quebró aunque intentó evitarlo—. Por supuesto que también usabas ese perfume.
—Natalie...
—¿Qué más?
—No hagas esto aquí.
—¿Qué más, Phil? —insistió, mirándolo directamente—. Porque hace diez minutos pensaba que había venido a traerte una carpeta y ahora estoy intentando averiguar cuántas cosas de mí escogiste porque antes habían sido de ella.
Varias personas comenzaban a mirarlos. Normalmente eso habría hecho que Natalie bajara la voz porque a Phil le molestaban las escenas públicas y a ella tampoco le gustaban, pero en aquel momento la vergüenza había dejado de importar.
—Estás sacando conclusiones —dijo él.
—Entonces dime que son equivocadas. Dime que cuando me viste por primera vez no pensaste en ella.
Phil guardó silencio, fueron apenas unos segundos, pero Natalie no necesitó más.
—¡Dios mío...!
Él intentó sujetarla del brazo y ella retrocedió.
—No me toques.
—Natalie, podemos hablar de esto en casa.
—Claro que hablaremos en casa, ¡porque vas a explicarme por qué llevo dos años casada contigo sin saber que me parezco a la mujer con la que estuviste seis!
Se volvió hacia Isadora, pero incluso en medio de su actuación, la mujer ya no parecía tan cómoda ni segura de sí misma.
—Yo no sabía que él nunca te había hablado de mí —dijo.
—Tú no tienes nada que explicarme.
Y era cierto. Natalie podía odiar la situación, pero Isadora no le había prometido nada.
Miró a su esposo.
—Tú sí.
Y se marchó antes de empezar a llorar delante de ellos, aunque para ser honestos, tampoco fue capaz de llegar muy lejos. Corrió al baño más cercano del hotel y vomitó como no lo había hecho en años. No estaba enferma, pero tenía el estómago tan revuelto que apenas consiguió cerrar la puerta de uno de los cubículos antes de caer de rodillas frente al inodoro. Su teléfono empezó a vibrar dentro del bolso casi inmediatamente: Phil.
Lo dejó sonar. Él volvió a llamar dos veces y, cuando comprendió que ella no respondería, llegó un mensaje.
“No conduzcas así. Espérame”.
Natalie soltó una risa que terminó convirtiéndose en un sollozo y se sentó en el suelo. Lloró hasta que le dolieron los ojos, pero lo peor no era imaginar a Phil con Isadora, sino recordar cada momento de su matrimonio y preguntarse, por primera vez, si alguna vez había existido algo entre ellos que hubiera comenzado realmente con ella.
Pensó en la primera vez que se vieron, durante la fiesta de cumpleaños de un amigo común. Phil la había observado desde el otro extremo de la habitación durante tanto tiempo que una amiga terminó dándole un codazo y preguntándole quién era aquel hombre que no dejaba de mirarla. Cuando finalmente se acercó y le pidió una copa, Natalie había pensado que se había sentido inmediatamente atraído por ella.
Ahora sabía a quién había visto desde el otro extremo de aquella habitación.
Su primera cita había sido en un pequeño restaurante italiano que Phil conocía muy bien porque, según le explicó entonces, había ido muchas veces años atrás. Cuando comenzaron a dormir juntos encontró una fotografía antigua en la que Natalie llevaba el cabello hasta la cintura y le dijo que debería dejarlo crecer otra vez. Ella lo hizo porque le gustó cómo la miró mientras lo decía.
Después estaba el perfume, el vestido, un viaje al lago Mohawk que Phil había escogido para su luna de miel y una canción de Etta James que insistió en incluir en su boda porque aseguraba que siempre había sido especial para él.
De repente, Natalie no sabía qué recuerdos pertenecían realmente a su relación y cuáles eran restos de otro.
Y eso fue lo que más la destrozó. No que Phil hubiera amado antes a otra mujer, sino descubrir que tal vez ella había pasado dos años sustituyendo a otra persona en una historia que él había sido demasiado cobarde para cerrar.
