La recepción de Holland Architects ocupaba todo el último piso de una torre de cristal en el centro de la ciudad. Mármol blanco, acero cepillado y enormes ventanales daban la impresión de que el edificio flotaba sobre el resto de los rascacielos. A las ocho de la mañana ya había decenas de arquitectos, ingenieros y diseñadores entrando y saliendo de las salas de reuniones con carpetas bajo el brazo.
Cuando las puertas del ascensor se abrieron, el murmullo disminuyó apenas un instante.
—Buenos días, señor Holland.
—Buenos días.
Matt respondió sin detener el paso. Vestía un traje gris perfectamente cortado, corbata azul oscuro y llevaba una carpeta de cuero bajo el brazo. Su expresión era tranquila, pero todos conocían aquella calma. Significaba que ya había empezado a trabajar mucho antes de llegar a la oficina.
Las puertas del ascensor volvieron a abrirse justo detrás de él.
—Ni se te ocurra empezar una reunión sin mí.
—Llegas treinta segundos tarde —sonrió Matt mirando al hombre que acababa de aparecer.
—Treinta segundos elegantes.
Harvey Walker lo alcanzó con una taza de café en una mano y una tableta electrónica en la otra. Se conocían desde la universidad y, después de diez años trabajando juntos, era el único hombre en toda la empresa capaz de hablarle con aquella confianza.
—Entonces... —comenzó Harvey mientras caminaban hacia el despacho principal—. ¿Terminaste por fin la casa del senador?
—Anoche.
—¡Gracias al cielo! Pensé que ibas a rediseñar ese salón otras veinte veces.
Matt soltó una risa seca.
—Ya sobrevivirá sin mí.
—Perfecto. Entonces esta noche celebramos.
—No.
Harvey giró la cabeza.
—¿No?
—Ni esta noche ni ninguna por un tiempo.
—Eso sí es nuevo.
Entraron al despacho de Matt. Harvey dejó la tableta sobre el escritorio y se cruzó de brazos, achicando los ojos, como si lo estudiara igual que estudiaba un plano.
—Tienes cara de haber dormido tres horas. ¿Quién no te dejó dormir?
—Dormí cuatro. —Matt abrió la carpeta y sacó las nuevas propuestas de contratos, pero de repente se detuvo—. Volví al restaurante.
Harvey rompió a reír como si fuera una noticia esperada.
—Sabía que tarde o temprano ibas a regresar. Hay costumbres viejas de las que uno nunca escapa.
Matt llevaba años cenando en restaurantes de lujo, asistiendo a eventos y aceptando invitaciones de clientes millonarios. Sin embargo, cada vez que terminaba un proyecto importante desaparecía un par de noches para volver a aquella cafetería abierta las veinticuatro horas donde había pasado tantas madrugadas cuando todavía era un estudiante sin dinero.
Harvey conocía demasiado bien aquella costumbre y sabía que era sana para él, para mantenerle los pies en la tierra y el corazón en perspectiva.
—Bueno —continuó mientras volvía a mirar la tableta—. Ya que el proyecto del senador está resuelto, ¿qué sigue?
Matt se quedó pensativo por un momento, abrió una carpeta diferente y extendió unas fotografías aéreas sobre la mesa.
—El jardín botánico.
Harvey arqueó una ceja.
—¿Vas a aceptar ese proyecto? Pensé que lo rechazarías. Es lo menos convencional que nos llegó.
—Precisamente por eso lo hago. Nunca he diseñado uno. Tengo ganas de hacer algo diferente.
Y Harvey sonrió con la confianza de quien lo tiene todo controlado.
—Bueno, tú puedes darte el lujo de elegir. Y yo seguiré dirigiendo los proyectos convencionales para que tú hagas cosas extraordinarias… que me den más renombre y dinero. ¡A trabajar, jefe, a trabajar!
Y Matt rio porque la verdad jamás habían sabido quién era el jefe de quién.
Harvey tomó nota en la tableta e hizo algunas anotaciones.
—Los llamaré ahora mismo para aceptar el proyecto, y les diré que tengan el terreno preparado para una visita.
—Hazlo.
Y su amigo ya había llegado a la puerta cuando Matt volvió a hablar.
—¡Harvey…!
—¿Sí?
Matt dejó el plano sobre la mesa.
—¿Qué pensarías de alguien que dijera que la casa de sus sueños es una casa con ventanas abiertas?
—Que ha vivido en un búnker toda su vida —respondió su amigo sin necesidad de analizarlo mucho.
—¿Y si te dijera que una chica puso distancia después de saber que soy un arquitecto millonario con mi nombre en un edificio?
—Que probablemente ya te vio desnudo —se burló Harvey y cerró la puerta antes de que una carpeta llena de papeles se estrellara contra ella.
—¡Idiota! —se carcajeó Matt, sentándose en su silla detrás de aquel escritorio.
“Una casa con ventanas abiertas”.
Seguía sin parecerle una respuesta normal. Y, sin embargo, tampoco conseguía quitársela de la cabeza.
Aquella noche volvió a conducir hasta la cafetería. No tenía planos que hacer todavía, ni siquiera necesitaba café, pero cuando su auto dobló la esquina, descubrió que ya había tomado la decisión mucho antes de subirse al coche: quería volver a verla.
Al entrar, una oleada de conversaciones lo recibió de inmediato, y se dio cuenta de que el local estaba completamente lleno. Familias, estudiantes, camioneros, parejas y empleados del turno nocturno ocupaban todas las mesas.
Matt recorrió el salón con la mirada, notando que la sección de Arielle estaba llena. Y se quedó unos segundos de pie, sin saber muy bien qué hacer.
—¡Hey! —Una voz femenina lo hizo girarse mientras Patty le hacía señas desde la barra y le hablaba con confianza—. Ven para acá.
Matt sonrió y caminó hasta ella.
—Parece que llegué en mal momento.
—Llegaste temprano —replicó ella poniéndole una taza sobre la barra—. Después de las diez esto empieza a despejarse.
Matt miró otra vez hacia el salón. Arielle iba de una mesa a otra con una bandeja en las manos; y apenas levantó la vista un instante para hacerle un gesto de reconocimiento antes de continuar atendiendo a los clientes.
—Si quieres puedes sentarse aquí mientras tanto. —Le señaló un taburete junto a la barra—. En cuanto se desocupe una mesa en la sección de Arielle, te llevo para allá.
—Gracias —murmuró él y Patty apoyó ambos antebrazos sobre la barra y lo observó con una sonrisa divertida.
—¿Qué? —Matt dio un sorbo al café.
—Ya puedes hablar.
Él levantó una ceja.
—¿Hablar de qué?
—De mi amiga.
—¿Tan evidente es? —Matt soltó una risa pequeña, nerviosa.
—Bastante. —Patty bajó un poco la voz—. Tres noches seguidas. Siempre la misma mesa. Siempre el mismo café. Y la miras demasiado bonito.
Matt dejó la taza sobre el mostrador.
—La acabo de conocer...
—Pues cierre los ojos, porque lo que sea, se le nota a leguas.
Matt suspiró, pero la chica frente a él no era de las que se quedaban con comentarios a medias.
—¿Te interesa Arielle?
Matt guardó silencio un instante antes de responder.
—Quiero hacerle una invitación especial.
—¿A cenar?
Y de repente él sonrió con complicidad.
—A algo que creo que le gustaría mucho más.
