Matthew permaneció inmóvil durante unos segundos, pensando en su versión de diez años atrás, que tampoco habría diseñado una casa sin alma para un senador. Ahora muchas cosas habían cambiado.
El lápiz descansaba entre sus dedos, pero sus ojos estaban en ella. Algo en aquella muchacha seguía resultándole inquietante, como la sensación de que, detrás de cada frase, existía una historia mucho más grande de la que estaba dispuesta a contar.
Y por primera vez en dos noches bajó al vista hasta el gafete prendido en su uniforme.
ARIELLE.
Repitió el nombre en silencio antes de levantar la cabeza.
—Tienes un lindo nombre: Arielle —murmuró y luego alargó la mano con una sonrisa amable—. Me gusta la gente que se atreve a decirme la verdad, así que no quiero seguir siendo un desconocido. Soy Matthew Holland.
La mano de Arielle iba en camino a tomar la suya, pero en ese mismo isntante fue como si el aire desapareciera, y la muchacha retrocedió un paso casi sin darse cuenta.
—¿Matthew... Holland?
Él frunció ligeramente el ceño.
—Sí. Pero mis amigos me dicen Matt.
Ella lo observó durante varios segundos, demasiados, como si estuviera intentando decidir si realmente era él, hasta que al fin despegó los labios.
—Hay un edificio con su nombre. —Y esa no era una pregunta.
Matthew la miró sorprendido.
—Bueno… es el edificio de la compañía...
—Usted diseñó el nuevo Museo de Arte Renacentista —balbuceó Arielle—. Y también diseñó la Casa Infinita.
Matthew permaneció completamente inmóvil. No esperaba aquello. La mayoría de la gente conocía su nombre únicamente porque aparecía en revistas económicas o en la lista de millonarios de menos de treinta de Forbes. Muy pocos recordaban las obras.
—Conoces mi trabajo... —dijo finalmente y ella pareció darse cuenta de que había hablado demasiado.
—Un poco. Es solo que me gustan los edificios...
Durante unos segundos ninguno dijo nada. Matthew seguía observándola con auténtica curiosidad, porque ya no veía únicamente a una camarera amable, veía a alguien que realmente se interesaba en su trabajo y no en su imagen.
—Hace un momento dijiste que para tu padre tus estudios no eran una buena inversión. Yo creo que se equivocó.
La sonrisa de Arielle desapareció y en ese momento Matt sintió el cambio. Fue como ver cerrarse una puerta, toda la naturalidad que había mostrado en dos días desapareció de ella, sus hombros se tensaron y su expresión se volvió cuidadosa, distante, como si por fin se diera cuenta en toda su magnitud de quién era el hombre sentado frente a ella:
Matthew Holland. Uno de los arquitectos más reconocidos del país.
—No me haga caso.
—Te hago caso porque tus observaciones son justas, y sinceras.
—Pero yo no sé de lo que estoy hablando. Ni siquiera empecé arquitectura...
—¿Y eso qué tiene que ver?
—¡Todo! Todo, porque… para empezar ni siquiera debería dar mi opinión. No podría hablar de arquitectura con un hombre como usted. Usted es… —Matthew frunció el ceño viendo la forma en que levantaba aquel muro, y sospechando que no lo había construido sola—. Usted es demasiado inteligente, brillante...
Él abrió la boca para responder, pero ella continuó antes.
—Y yo solo soy una camarera.
Aquellas palabras le desagradaron de inmediato.
—Eso no significa...
—Sí significa. —La voz de Arielle seguía siendo amable, pero ahora parecía empeñada en terminar la conversación—. Gracias por el café... digo, por la conversación.
Matthew apretó los labios.
—Creo que el café me lo sirves tú.
Ella dejó escapar una pequeña risa, de esas nerviosas que la hacía ver más pequeña de lo que en realidad era.
—Sí, claro. Con su permiso...
Y Matt quiso detenerla, pero ella ya había dado un paso atrás.
—Si necesita más café solo llame, señor Holland.
La formalidad del apellido terminó de levantar la pared, y Matthew simplemente asintió.
—Gracias, Arielle.
Ella se alejó con rapidez, más de la normal y él permaneció sentado observándola mientras regresaba detrás de la barra.
Algo había cambiado. Hasta hacía apenas un minuto había una complicidad que lo había hecho volver a los tiempos en que su vida era simple y su felicidad no dependía de un proyecto aprobado. Y de repente ella le quitaba esa felicidad.
Matthew tomó nuevamente el lápiz y trató de concentrarse en el plano. Trazó una línea, la borró, volvió a empezar. Pero cada pocos minutos Arielle pasaba junto a su mesa llevando cafés o platos. Nunca caminaba despacio, nunca levantaba la vista; y si tenía que dejarle una taza, la apoyaba sobre la mesa con rapidez y desaparecía antes de que él pudiera iniciar otra conversación.
No parecía miedo exactamente, solo un límite muy profundo entre dos identidades, como si haber descubierto quién era él hubiera convertido aquella conversación sencilla en algo imposible.
Cuando terminó el último detalle del boceto, casi a las cuatro de la madrugada, puso el pago completo de la tarta y los cafés sobre la mesa. Después sacó discretamente un billete de cien dólares y lo dejó debajo de la taza vacía.
Empujó la puerta de cristal y el aire fresco de la madrugada le golpeó el rostro, sin embargo no se marchó. Se quedó de pie al otro lado del ventanal viendo cómo Arielle terminaba de atender a un cliente, regresaba despacio a su mesa y veía el billete.
Permaneció inmóvil varios segundos, miró hacia la puerta y luego volvió a mirar el dinero. Finalmente, después de unos largos segundos, tomó el billete con cuidado y lo guardó en el bolsillo del delantal antes de continuar trabajando. No había una sonrisa de triunfo en ella, solo preocupación, cansancio… y algo más que él no supo reconocer.
Se colgó el tubo de los planos a la espalda, metió las manos en los bolsillos y comenzó por fin a caminar calle abajo. Y mientras avanzaba bajo las luces de la ciudad dormida, descubrió que ya no estaba pensando en los planos, ni en la reunión del día siguiente, ni siquiera en el próximo proyecto.
Solo podía pensar en aquella muchacha a la que alguien le había enseñado que no valía la inversión, y en por qué su casa ideal era una con ventanas abiertas.
