—¿Ya te vas, cariño?
Arielle levantó la vista mientras terminaba de abotonarse el abrigo. Su madre estaba junto a la cocina con una taza de té entre las manos, y su padre hojeaba distraídamente el periódico en la mesa del comedor.
—Sí. Hoy me toca cerrar —les sonrió.
Richard levantó la vista del periódico y le sonrió con tranquilidad.
—Que tengas una buena noche, hija.
—Y abrígate —añadió su madre—. Dijeron que va a hacer mucho frío.
Arielle se despidió apurada y salió, pero apenas había bajado los escalones del porche cuando recordó que había dejado la gabardina gruesa colgada detrás de la puerta. Resopló para sí misma y regresó; y estaba a punto de meter la llave en la cerradura cuando escuchó la voz de su padre al otro lado.
—¡Tenemos que decírselo de una vez! ¡Ya no aguanto más! ¡Arielle tiene que irse de esta casa ya!
Su mano quedó inmóvil y el corazón le subió a la garganta con la sorpresa de la traición.
—¡Baja la voz! Si no se ha ido te puede escuchar.
—¡Pues si me escucha mejor! ¡Ya es hora de que alguien se lo diga, es hora de que se vaya!
Arielle bajó la llave lentamente, pero tampoco fue capaz de moverse de allí.
—No deberíamos pensar así... —murmuró su madre.
—¿Y por qué no? ¿Qué tiene de malo querer vivir en una casa luminosa? ¡Estoy cansado de vivir en la oscuridad! Quiero abrir las cortinas por la mañana, sentarme en mi maldita terraza y saludar a mis vecinos a gritos! ¿Es mucho pedir?
—¡Es nuestra hija, Richard!
—¡Y por eso la soportamos veintidós años! —replicó su padre—. Pero nuestra vida no puede seguir girando alrededor de ella. Además —añadió lanzando el periódico lejos—. Luz vuelve en unas semanas. Va a empezar una nueva vida, traerá compañeros, amigos... ¿Crees que podrá traerlos aquí? ¿Qué clase de vida social puede tener nuestra hija mayor si vuelve a esta casa? ¡Terminará hundiendo la carrera por la que tanto luchó!
—No digas eso...
—¡Claro que lo digo! Ya estoy harto. Quiero recuperar mi casa. Quiero que Arielle se largue de una vez. Veintidós años teniendo una hija defectuosa fueron demasiados.
Y Arielle esperó una réplica de su madre, una defensa, algo, pero de la boca de Margaret Branson solo salió un suspiro resignado.
—Siempre te dije que debimos quedarnos solo con Luz, pero tú insististe en tener otra hija.
Ese fue el momento en que Arielle dejó de sentir el frío. Retrocedió despacio, con miedo de que el suelo crujiera bajo sus pies, y ni siquiera se dio cuenta de que no estaba respirando hasta que estuvo lo bastante lejos como para llorar sin incomodar a nadie.
Las lágrimas le empañaban la vista mientras recorría las calles vacías, porque lo último que esperaba escuchar esa noche, era que las mismas personas que acababan de despedirla con un beso estuvieran esperando el valor suficiente para pedirle que desapareciera de sus vidas.
Para cuando llegó a la cafetería, tenía las manos heladas y el corazón más roto que nunca.
—¡Ari! ¿Qué te pasó? Pareces un fantasma —exclamó su compañera Patty desde la barra, y Arielle forzó una sonrisa.
—Nada… Solo quiero sobrevivir a la noche.
Patty la observó un instante mientras se ponía un delantal a toda prisa y luego le hizo un guiño.
—Bueno, al menos hoy tienes suerte. En tu sección acaba de sentarse el sueño de cualquier chica. Guapo, sexy...
Arielle soltó una risa apagada.
—Patty, los hombres guapos no miran a chicas como yo.
Su amiga le puso los ojos en blanco y Arielle tomó una cafetera y caminó hacia la mesa del fondo.
El cliente estaba inclinado sobre varios pliegos de papel. Antes de servir el café, Arielle distinguió unas líneas perfectamente trazadas y, sin darse cuenta, dejó que la mirada recorriera el dibujo.
Era el plano de una casa enorme, con una armonía extraordinaria entre los espacios. El salón se abría hacia una terraza, y la escalera parecía diseñada para que la luz descendiera desde el segundo piso.
—Normalmente las chicas se quedan embobadas conmigo antes que con mis planos.
La voz masculina la sobresaltó y la cafetera se inclinó peligrosamente.
—¡Perdón! Lo siento… —exclamó logrando sujetarla antes de derramar una sola gota—. ¡Lo siento muchísimo! ¡Dios, casi le arruino sus planos…!
El hombre levantó por primera vez la vista. Era alto, de cabello oscuro y ojos grises; y sonreía con una tranquilidad desarmante.
—Han sobrevivido —fingió alivio—. ¿Te gusta la casa? Quiero decir… ¿la entiendes? En este punto para muchos solo son rayas y números.
Arielle asintió con nerviosismo.
—Nooo. Quiero decir ¡sí, eso parece…! Pero yo sé interpretar un plano. Va a ser una casa muy espaciosa.
Él dejó el lápiz sobre la mesa y la miró con curiosidad. Ella muy joven, casi tanto como él cuando había empezado a estudiar arquitectura, pero tenía la expresión agotada de las personas que llevan demasiadas responsabilidades a cuestas.
—¿Dibujas? —preguntó y notó cómo la sonrisa de la muchacha perdía el brillo.
—Un poco —aceptó—. Me habría gustado estudiar arquitectura… pero ahora parece que fue en otra vida.
—Entiendo. A veces solo… los planes no salen como esperamos —murmuró pensativo y eligió cambiar de tema a algo menos deprimente—. Oye, hace mucho tiempo que no venía a esta cafetería. ¿Qué puedo pedir? —preguntó y ella recuperó un poco el ánimo.
—Bueno, la tarta de queso es un clásico. —Hizo una pausa dramática—. Pero si esta noche se siente arriesgado, le recomiendo la de chocolate.
—¡Nadie puede equivocarse con la de chocolate!
—¡Exacto! Y si por mala suerte se le cae encima de los planos, siempre puede decir que solo se le derritió el techo.
El hombre rompió a reír en ese momento, con una carcajada franca que hizo volver la cabeza a un par de clientes.
—Una porción de chocolate, entonces.
—Enseguida.
Durante las horas siguientes la cafetería tuvo el movimiento habitual de la madrugada. Entraban conductores, enfermeros, estudiantes desvelados y algún policía de patrulla. Arielle iba de una mesa a otra, pero siempre encontraba un momento para rellenar la taza del arquitecto.
Y cada vez que pasaba, descubría un detalle nuevo en aquella casa: una ventana cambiaba de sitio, una pared desaparecía, la cocina crecía unos metros mientras él parecía construir y destruir el mismo hogar una y otra vez.
Poco antes de las cuatro de la mañana, el local volvió a quedar casi vacío y el hombre levantó la vista cuando Arielle rellenó su taza por última vez.
—¿Qué te parece? ¿Será una casa impresionante? ¿O solo una casa más?
Arielle observó el plano durante unos segundos.
—Por el tamaño que tiene, debe haberla encargado un hombre muy rico… con sueños muy grandes.
Él soltó una risa cómplice.
—Se nota que no te gusta mucho.
—¡No, sí me gusta! ¡Quiero decir...! A cualquiera le gustaría vivir en una casa como esa.
Pero “a cualquiera” no era a ella, y el hombre no pudo evitar la curiosidad.
—Dime una cosa. ¿Cómo sería la casa de sus sueños? —la increpó y Arielle guardó silencio unos segundos, pensativa, hasta que por fin se atrevió a responder.
—La casa de mis sueños... sería una casa con ventanas abiertas.
