Julie no supo cuándo, mientras lo miraba, algo en ella cedió sin que se diera cuenta. Quizás era el cansancio, quizás era el desastre alrededor, pero cuando el cuerpo de Azazel comenzó a temblar, ella ya no podía manejar aquella desesperación.
—Tengo... frío… —lo escuchó murmurar y retiró la toalla mientras lo veía abrir los ojos en medio de la bruma de la fiebre—. ¿Puedes… abrazarme?
Su voz sonó tan baja que por un momento Julie creyó haberla imaginado. Tal vez eso era más fácil que la realidad.
Por un momento se quedó inmóvil, pero luego, con mucho cuidado, se acomodó sobre la cama, procurando no rozar la herida.
Lo rodeó con un brazo y apoyó la cabeza contra su hombro.
—Solo hasta que se te pase —murmuró—. Y… procura no morirte mientras te abrazo.
Azazel dejó escapar lentamente el aire, y la tensión de su cuerpo pareció disminuir. Los temblores fueron haciéndose cada vez más suaves y Julie continuó vigilando su respiración durante un largo rato. No recordaba en qué momento cerró los ojos, solo supo que el cansancio terminó venciendo al miedo y se quedó dormida abrazándolo.
Cuando Azazel volvió a abrir los ojos, la luz del sol entraba por la ventana. Ni siquiera sabía dónde estaba, pero en cuanto intentó incorporarse, un dolor insoportable atravesó su costado.
—Ni se te ocurra —escuchó la voz de Julie, todavía somnolienta, y solo entonces se dio cuenta de que estaba acurrucada contra su costado.
Tenía profundas ojeras y el cabello completamente desordenado, pero era… hermosa.
—¿La explosión te dio un derrame cerebral como para que me estés toqueteando por voluntad propia? —rezongó sin mucha convicción.
—No, te estoy toqueteando porque me lo suplicaste en medio de tu delirio por la fiebre. Pero si quieres me levanto.
—Yo no dije eso —gruñó Azazel y Julie se guardó la sonrisa, pero no se movió—. ¿Dónde estamos? —preguntó él de repente, mirando alrededor.
—En una casa segura —respondió Julie.
—¿Y tú cómo conseguiste una casa segura? —la interrogó Azazel frunciendo el ceño.
—Soy una persona muy educada, se la pedí amablemente a Samael y él me mandó la dirección y a un cirujano para esperarte —respondió Julie sintiendo cómo el cuerpo de Azazel se tensaba en un segundo.
—¿Hablaste con Samael? ¿Lo viste? ¿Vino aquí? —masculló a la carrera y ella se incorporó sobre un codo, mirándolo.
—No, solo hablé con él por teléfono.
—Entonces no va a demorar en venir —siseó Azazel tratando de levantarse.
—¡No se te ocurra moverte! —lo regañó Julie—. Si intentas levantarte ahora mismo, vas a descoserte todos los puntos que el cirujano pasó la mitad del día haciendo.
Se sentó a su lado y le hizo la única pregunta que le preocupaba en ese momento.
—¿Samael no es tu amigo?
—Es como mi hermano.
—¿Entonces por qué no quieres que lo conozca? —lo interrogó ella con perspicacia y Azazel la miró feo.
—Ya te estás pasando de lista.
Y por supuesto que no le contestó, porque con él todo quedaba en esa penumbra silenciosa donde nada quedaba claro. Julie lo vio quedarse silencioso, preocupado, hasta que soltó una frase que ella definitivamente no esperaba.
—Volviste —murmuró y ella sostuvo su mirada sin apartarla.
—No iba a dejarte morir —contentó y él esbozó una sonrisa apenas perceptible.
—Entonces todavía no aprendes.
Julie negó con la cabeza y miró aquellos ojos que esquivaban los suyos.
—Tal vez no aprenda nunca. Significa que tendrás que cargar conmigo por mucho tiempo —rezongó y durante unos instantes solo se escuchaba el zumbido constante del goteo del suero—. Todos los demás están muertos… incluso Yusef.
Azazel cerró los ojos un instante, pero no pareció sorprenderse.
—Lo imaginé.
—Lo siento… —susurró Julie—. Azazel… ¿qué fue lo que pasó en esa llamada?
Él volvió a abrir los ojos y su expresión recuperó esa frialdad habitual que parecía tan natural en él.
—Fue una trampa. Oscar sabía que iríamos por el cargamento, sabía que mataríamos a todos… la llamada solo fue para asegurarse de que estuviéramos en el lugar donde todo iba a explotar. —Los ojos oscuros de Azazel adquirieron un brillo peligroso—. Quería matarme… lástima que no terminó el trabajo. —Su voz salió completamente serena—. Y voy a asegurarme de que le salga muy cara esa equivocación.
Julie permaneció callada, encajando el hecho de que no había rabia en sus palabras, ni deseos de venganza pronunciados con violencia. Era mucho peor: sonaban como una simple promesa, como si ya estuviera decidido.
Después de unos segundos, Azazel volvió a mirarla.
—Lo siento. Pensaba dejártelo —murmuró con sinceridad—. Pero no puedo esperar a que te bajen los instintos asesinos para corregir la existencia de Oscar en este mundo.
—¿Y corregir es matar?
—No lo dejaré llegar a la Haya, si esa es la alternativa —replicó Azazel con ironía, porque decir “sí, lo voy a matar” se escuchaba muy leve para todo lo que quería hacerle a Oscar.
Julie se apoyó en uno de los codos y lo miró con resignación.
—Bueno, si quieres matarlo, lo primero es no morirte tú —protestó, pero una reflexión pareció asaltarla—. Aunque ahora que lo pienso… esa amenaza contigo no sirve de nada, porque tú no le tienes miedo a morir.
Los ojos de Azazel bajaron hasta ella y su expresión cambió lentamente. Ya no había ironía, ni aquella seguridad inquebrantable, solo una sinceridad extraña.
—Sí tuve miedo de morir esta vez —confesó y Julie lo miró sorprendida—. Porque sabía que si yo moría… tú no ibas a sobrevivir.
Ella frunció el ceño y apretó los labios.
—Me subestimas.
—No. —Azazel negó despacio—. Simplemente te veo… y veo una mujer que todavía cree que el mundo podría funcionar —suspiró desviando la mirada hacia la ventana—. No estás hecha para la maldad de este mundo.
Una de sus mano acarició despacio el rostro de Julie y pasó el pulgar sobre su frente.
—Tú deberías existir en un mundo donde nunca hubieras conocido a personas como yo.
