CAPÍTULO 5. La pregunta más importante

Escrito el 22/03/2026
DAYLIS TORRES SILVA

15

 

El calor era insoportable. Julie intentaba liberar el cinturón de seguridad mientras el humo llenaba el interior del vehículo. Tosía sin control, los ojos le ardían, las lágrimas se mezclaban con el sudor y con la ceniza que le cubría la piel.

Afuera, las balas seguían zumbando. El sonido era seco, continuo, como un tambor de guerra.

—¡Oscar! —gritó con lo que le quedaba de voz—. ¡Oscar, por favor!

Lo vio entre el humo, a unos metros, cubriendo a Bárbara con su cuerpo mientras corrían hacia otro vehículo; y el corazón de Julie se rompió en mil pedazos.

—¡Ahora vuelvo por ti! —gritó él, antes de desaparecer entre las luces rojas y el fuego.

Julie soltó una carcajada amarga, incrédula.
—¡Mentiroso! —alcanzó a decir entre sollozos. Sabía que no volvería. Lo sabía con una certeza cruel, como se sabe algo que duele en el alma.

El fuego lamía el costado del asiento y comenzó a trepar por la tela de su vestido.
El cinturón seguía atorado, y ella estaba cabeza abajo, atrapada entre los restos del coche volcado.
Trató de moverse, pero la presión la tenía completamente atrapada.

—No… ¡no, no, no…! —susurró, desesperada, intentando apagar las llamas con las manos, y el dolor en su costado le arrancó un grito.

En su mente pasaron imágenes que no quería ver: Oscar tomándola de la mano en su boda, jurándole amor eterno bajo un cielo de Washington; su primer destino juntos, su risa amorosa que había empezado a extinguirse, su mirada esquiva los últimos meses.
Y entonces, el vacío.

El fuego crepitó más cerca. El tanque de gasolina estaba a punto de estallar, lo sentía. El calor la envolvía como una ola viva, y el aire ya no alcanzaba.

Maldito mentiroso, no vas a volver…”, pensó, mientras el mundo empezaba a desvanecerse.

…Y entonces lo oyó.
Pasos. Fuertes, decididos.

Entre el humo, unas botas negras con hebillas de plata se detuvieron junto a la puerta. Julie apenas podía ver, pero supo, de alguna manera, que aquel no era un soldado común.

Un brazo poderoso sujetó la manija y la arrancó de un tirón. El metal se dobló como si fuera papel y ella sintió el aire fresco golpearle la cara justo antes de que un cuchillo destellara y cortara el cinturón de seguridad.

—Respira —dijo una voz grave, ronca, con acento extraño.

Julie no pudo responder. Tosía, jadeaba, lloraba.
El hombre la tomó por la cintura y la arrastró fuera del auto justo unos pocos segundos antes de que el tanque de gasolina del auto estallara.

La onda expansiva la lanzó al suelo; y sintió el cuerpo pesado del hombre cubrirla durante un segundo y luego apartarse.

El calor seguía ardiendo sobre su piel. Pero por más que abría los ojos no podía ver nada, lo único que alcanzó a percibir fue la silueta de aquel hombre alejándose, con paso lento, firme, como si el fuego no pudiera tocarlo.

Y luego, oscuridad.

No supo cuánto tiempo había pasado, pero cuando volvió a la realidad los disparos y los gritos habían cesado. Sintió que alguien la agarraba del cuello y reaccionó instintivamente tratando de zafarse, pero no tenía fuerza.
La arrastraron por el suelo, entre el polvo y los restos del ataque, hasta un claro iluminado por los faros de varias camionetas.

Ahí estaban todos: Su suegra, su cuñado, Oscar, Bárbara y algunos guardias, rodeados por hombres armados.

Sus ojos seguían ardiendo, pero aún así se dio cuenta de la forma en que su cuñado la miraba, siguió su vista y entonces su cuerpo se lo recordó: sentía el costado ardiendo, con la piel pegada al vestido en medio de una gran quemadura.
El dolor era punzante, pero la adrenalina la mantenía en pie.

Los atacantes formaban un círculo. Algunos hablaban en árabe, otros en un idioma que no reconocía, y sus armas brillaban bajo las luces de los vehículos.

Julie buscó a Oscar y lo encontró abrazando a Bárbara, que sollozaba sin control. Él ni siquiera la miró.

Una rabia amarga le subió al pecho. Ni una palabra. Ni una mirada. Solo miedo. ¡Miedo por “la otra”!

Julie quiso gritarle, pero el sonido no le salió y el silencio cayó de golpe cuando un hombre avanzó hasta el centro del círculo.
Era alto, imponente. Su sombra se alargaba sobre la tierra y el fuego de los autos incendiados detrás de él le daba un aire casi irreal.

Llevaba una gabardina larga, negra. Su rostro era duro, de facciones marcadas, tenía algo que imponía respeto sin necesidad de palabras; y sus ojos… sus ojos eran lo más extraño de todo: fríos, pero vivos, como si dentro de ellos se moviera una tempestad.

—¿Estos son todos? —preguntó, sin levantar la voz y su sola presencia parecía absorber el aire.
Se detuvo frente al grupo, observando uno por uno los rostros arrodillados.

—Sí, jefe. Esto es todo lo que hay —dijo uno de sus hombres y Azazel asintió apenas, con expresión impenetrable.

—Bien —dijo con calma—. Vamos a hacer esto rápido. Maten a los guardias.

—¡No! —gritó Julie levantando la cabeza, pero no había acabado de pronunciar la “o” cuando ya había salido cinco disparos y había cinco cuerpos más alrededor.

Azazel la miró desde arriba, viendo que la expresión de horror en la cara de aquella mujer no se convertía en miedo sino en… algo más, algo diferente que la hacía apretar los puños sobre el vestido chamuscado.

Sin embargo aquella atención duró solo unos segundos y luego caminó hasta Oscar, que temblaba visiblemente.
—Tú debes de ser el señor Folk. —Sonrió con un gesto de desprecio—. Agregado Cultural de la embajada americana en Jordania, ¿verdad?

Oscar intentó mantener la compostura.
—Si me mata, el gobierno de los Estados Unidos…
—¡Oh, por favor! —lo interrumpió Azazel con una carcajada suave—. Mi cabeza tiene precio en veintisiete países incluyendo el tuyo, así que ahórrate el discurso. Lo he escuchado mil veces: “Si me matas, habrá consecuencias.” —Imitó su tono y luego lo miró fijo—. Te diré algo: debiste saber que también habría consecuencias cuando diste la orden de confiscar mi cargamento, ¿cierto?

Oscar palideció y Julie sintió que el corazón le latía en los oídos. ¿Ese era el cargamento del que Oscar hablaba con Bárbara en el evento? ¿El que pretendía venderle a los turcos?

—Creíste que podías jugar con mis rutas, confiscar mis armas y esconderte detrás de una embajada —suspiró Azazel como si le aburriera tener que gastar saliva en gente que de cualquier manera iba a matar—. El niño diplomático incautando armas para traficarlas por su cuenta. El problema es… que ese no es tu terreno, amigo. —Se inclinó hacia él—. El turco al que quisiste vendérselas sabía que esa era mi carga, y no dudó ni dos segundos en darme tu santo y seña.

Oscar levantó la cabeza para contestar algo, pero en ese momento Azazel extendió la mano y uno de sus hombres colocó en ella una pistola: Una Desert Eagle, enorme, brillante bajo la luz del fuego que se extinguía.
El sonido del percutor fue seco, casi ceremonioso, y Julie sintió que se le estremecían hasta los buenos pensamientos.

—Vamos a ver qué tanto funciona tu inmunidad diplomática —siseó con tono sueve, peligroso—. Serás un lindo escarmiento. —Azazel ladeó la cabeza y miró alrededor—. Así que dime, Folk… ¿a quién mato primero?