La simple pregunta era insultante, pero Julie no le iba a dar el gusto a su suegra de verla hacer un escándalo.
—No estoy aquí por él, sino por mi trabajo, y no tengo que perderme ningún evento solo para que él ande luciendo del brazo a la hija de la embajadora.
Mildred se puso colorada en un segundo y Brad se adelantó.
—No digas esas cosas y menos hagas una escena. No olvides que eres la esposa de un diplomático, no solo una activista.
—Pues al diplomático se le olvidó esta noche que tenía esposa —replicó Julie, sin perder la sonrisa—. Y sobre su trabajo… seamos honestos, solo uno de nosotros viene aquí a hacer algo útil.
—¡Cállate, Julie! —le advirtió su suegra mirando alrededor—. Oscar está haciendo contactos importantes y eso incluye convivir con la embajadora y su hija. ¡No quiero que te acerques a él ni que lo avergüences!
—¿Avergonzarlo? —repitió Julie, alzando apenas una ceja—. Curioso, porque no parece necesitar ayuda para eso.
—Te estás pasando —murmuró Brad con molestia—. Este no es el lugar para ese tipo de comentarios.
—¿Ah, no? —Julie giró apenas el rostro hacia él—. Entonces dime, Brad, ¿cuál es el lugar correcto para hablar de la falta de respeto? ¿La próxima cena familiar donde todos ustedes fingen que no están tratando de solapar las estupideces de tu hermano?
—¡Basta! —la cortó Mildred, con los dientes apretados—. Siempre haces lo mismo, Julie, siempre tienes que convertir todo en un problema.
—No, Mildred —respondió ella con suavidad, pero sin ceder—. Yo no convierto nada en problema, solo te molesta que señale la verdad, pero si no quieres oírla, el salón es grande.
—Eres insoportable —masculló la mujer, bajando la voz pero sin perder la dureza—. No entiendes cómo funciona este mundo.
—Lo entiendo perfectamente —replicó Julie—. Lo que no acepto es esconderme para que él exhiba a su amante como si no tuviera esposa.
Su suegra avanzó hacia ella con impotencia, pero a Julie le bastó una sola mirada para desafiarla.
—Esto es ridículo —gruñó claramente nerviosa—. ¡Estás haciendo exactamente lo que Oscar quería evitar!
—Oscar no quería evitar nada —corrigió Julie—. Solo quería que yo no estuviera aquí.
—¡Porque no sabes comportarte! —saltó su suegra—. Siempre tan altiva, tan… superior.
Julie la miró con una calma que resultaba casi hiriente.
—No es superioridad, Mildred. Es dignidad. Y tú fallaste en enseñarle a tu hijo cómo respetarla.
Y antes de que Mildred se descontrolara, Julie alzó la barbilla con una mirada de lástima y negó con cansancio.
—No te preocupes. Con lo que Oscar está haciendo esta noche, ya se está avergonzando él solo.
Y se marchó sin esperar respuesta, porque sabía que la estaban mirando, que los murmullos crecían a su paso, y no le importaba.
Mientras caminaba, algunos diplomáticos se acercaron para saludarla con sincero respeto. La reconocían: la mujer que hablaba de paz en un país de guerra, la activista que había organizado campañas de ayuda a mujeres desplazadas y violentadas, y que contra todo pronóstico había logrado recaudar millones.
—Señora Folk, un placer verla —dijo uno de ellos estrechándole la mano—. Su último informe fue… impactante.
—Gracias —respondió Julie con una sonrisa profesional—. Me alegra que haya servido para algo más que llenar archivos.
—Créame, ha tenido efecto —añadió el hombre—. Estamos revisando varias propuestas gracias a su trabajo. El proyecto de paz es inminente.
—Eso es lo importante —contestó ella—. Que no se quede en palabras.
Otro diplomático se acercó, inclinando la cabeza.
—Señora Folk, gracias a su intervención la fundación para la educación de las niñas ya es un hecho.
—No lo habría logrado sin su respaldo, embajador Asim —respondió ella con una sonrisa, porque paradójicamente, los mismos hombres que ignoraban a Oscar mientras este buscaba su atención desesperadamente, eran los que se interesaban por ella y su trabajo.
—Siempre tan modesta —comentó uno con una sonrisa—. Pero todos sabemos quién está haciendo el trabajo duro.
Julie inclinó la cabeza, sin entrar en el juego de halagos.
Y como tenía que pasar, entre toda aquella gente, lo vio: Oscar avanzaba entre los invitados con paso seguro y el rostro pulido por la sonrisa diplomática; y agarrada a él como una sanguijuela, delgada y luminosa en un vestido rojo, iba Bárbara Crawford, la hija de la embajadora.
Casi parecían una pareja de portada, como si él no fuera casado y ella fingiera que no lo sabía.
Julie sintió que el suelo se inclinaba por un segundo. No lloró. No podía. En su interior, algo mucho más fuerte que la tristeza se estaba encendiendo. Había pasado los últimos dos años tragándose todas las humillaciones de su familia política solo por no causarle un problema a Oscar. Gracias al respeto que le tenían a ella, era que le habían brindado aquella posición dentro de la embajada. Y ahora él la hacía a un lado para presumir a otra mujer.
Por un segundo los ojos de su marido se encontraron con los suyos y la sorpresa le tensó la mandíbula.
Bárbara, en cambio, sonrió con fingida inocencia mientras se acercaban a ella.
—Oh, Julie, no sabía que vendrías —dijo, ladeando la cabeza.
—Ni yo —respondió Julie—. Pero cuando vi que mi marido se olvidó de mí, supuse que debía recordarle que sigue casado.
El silencio fue inmediato. Varias cabezas se giraron, y alguien tosió, haciendo que Oscar apretara los dientes como si se le fueran a romper mientras se soltaba automáticamente del brazo de Bárbara.
—Julie… —intentó él en voz baja—, no es el momento. ¡Que no se te ocurra hacer una escena aquí!
—No estoy aquí por ti —respondió ella, clavando los ojos en los suyos—. Y mucho menos por tu… acompañante.
Bárbara parpadeó, llevándose una mano al pecho.
—Creo que estás malinterpretando…
—No estoy malinterpretando nada —la cortó Julie—. Estoy observando… igual que el resto de los invitados y lo que se ve en una mujer soltera del brazo de un hombre casado. ¿Sabes cómo se le llama a eso?
—¡No le hables de esa forma! —la regañó Oscar defendiendo a Bárbara cuando esta se puso más roja que su vestido—. Te dije que te quedaras en la casa. ¿Para qué viniste? —siseó usando el mismo tono condescendiente de siempre—. Esta noche es importante. No quiero que arruines mi relación con la embajadora.
—No te preocupes —replicó Julie con una media sonrisa helada—. Ella ya debe estar muy complacida con la forma en que tratas a su hija.
—¡Mis negocios no tienen nada que ver con Bárbara! ¡Ahora vete! —escupió él respirando hondo, furioso, impotente.
Julie pasó saliva tratando de que los ojos no se le humedecieran, porque no le iba a dar ese gusto a la chiquilla que se había encaprichado con su marido. Se dio la vuelta tratando de calmar la mezcla de vergüenza y rabia que le hervía en el pecho; y giró en la siguiente columna, pero algo, no supo qué, la hizo detenerse en seco cuando escuchó la voz dulce y coqueta de Bárbara.
—¿Qué negocio tan importante es ese del que hablabas, Oscar?
La voz de él sonó más baja, pero alcanzó a oírla.
—Ya te dije, no aquí.
—Vamos, dime —insistió Bárbara—. Dijiste que era algo grande. ¿Es sobre el cargamento del que te escuché hablar hace un rato por teléfono?
Oscar soltó una risita confiada.
—El que confiscaron en la frontera, sí —dijo—. Ya mandé a que lo movieran, y si todo sale bien, cerraré un buen trato con los turcos por él. ¡Mucho dinero!
