Alonso
Para cuando Antonio Santamarina y su hijo Nicolás se dieron cuenta de que les habían filtrado toda la información de los negocios ilegales, ya todos los documentos estaban en manos del fiscal. Nadie podía imaginarse que un chiquillo con veinte años recién cumplidos sería el causante de la ruina del imperio Santamarina.
— Considérate muerto. — fueron sus palabras el día que la policía lo sacó de su casa, y yo todo gallito y estúpido fui a restregarle en la cara que era el responsable de que lo hubieran atrapado.
Ese día no entendí hasta dónde me había perdido buscando venganza, pero por suerte el fiscal fue más astuto y logró mi protección. ¿Cómo? Negociando la reducción de la sentencia a la mitad a cambio de mi seguridad. Igual le cayeron treinta años en prisión, pero si algo me pasa, si yo me muero aunque sea en un accidente, esa sentencia volverá a su número de años originales y entonces sí que Antonio Santamarina no volverá a ver la luz del sol antes de que Dios haga la buena obra de librar al mundo de su cochina presencia.
Me levanto y me siento en el sofá donde he intentado dormir en vano. Luciana, Luciana. Su nombre me estremece todavía. Es la única mujer que amé, que he seguido amando toda mi vida, pero no tuve el valor de regresar con ella. ¿Qué iba a decirle?: “Hola, te usé para entrar en tu casa, para reunir evidencia contra tu padre, soy el responsable de que vaya a estar preso treinta años pero fíjate, en medio de toda la mentira me enamoré de ti.”
No.
No había forma en que Luciana me aceptara después de eso, sobre todo, porque aun no me arrepiento de haberlo hecho. Sin tocarme el corazón haría todo de nuevo sólo para ver caer al asesino de mi padre.
Estar juntos no era la vida que nos tocaba. Después de todo ella era una princesa y yo un luchador clandestino. Su padre me advirtió que me diera por muerto y eso hice, me alejé, me largué a vivir otra vida que jamás me ha llenado, a probar a otras mujeres que jamás me han hecho sentir lo que ella me provocaba…
Pero yo ya no podía ser su Grillo ni ella podía ser mi Solecito.
Abro los ojos y miro mis manos. Hubo un antes y un después de Luciana. Con ella era un chiquillo de setenta kilos para una estatura de uno noventa y tres; después de ella convertí mi cuerpo en una mole de ciento diez kilos. Con ella no había ni un solo tatuaje en mi piel, ahora mi torso completo, incluyendo mis brazos, manos y cuello están cubiertos de tinta. Con ella tenía el cabello largo hasta más abajo de los hombros; ahora me aseguro de no tener nada que me recuerde a la forma en que solía enredar sus dedos en él.
Me desperezo cuando siento el ruido en la cocina y veo que la licenciada está moviendo tazas y tarecos para hacer un miserable café aguado. La aprecio con el corazón, de verdad, pero ese brebaje que prepara es un acto de terrorismo: para café le falta polvo, para remedio le falta azúcar y para lavarse el trasero está muy caliente.
— Licenciada, si se quiere tomar un café decente, mejor póngase zapatos que la llevo.
Conozco una cafetería española donde hacen el mejor café del mundo… bueno, no el mejor mejor, pero sin dudas es más rico que el de la licenciada.
Estamos hablando de lo complicada que es su relación con Thiago cuando siento una voz a mis espaldas. Una voz que me estremece porque aunque cada noche sueño con ella, no la he escuchado en más de quince años.
— ¿Alonso? — debo estar lívido como una hoja de papel.
El alma se me encoge sólo de pensar que está aquí. El mundo no puede ser tan pequeño. Esto no puede estarme pasando a mí.
— Alonso Fisterra. — llama y la licenciada de repente sale en mi ayuda, porque yo me he quedado como una estatua.
— Creo que se ha equivocado de persona. — dice — El señor se llama Alonso Grillo.
Luciana nos rodea y se queda lo suficientemente cerca de mí como para evaluar cada uno de mis rasgos.
— ¿Así te llamas ahora? —dice con una voz temblorosa en la que se presagian las lágrimas y luego se vuelve hacia Layla — Grillo no es su apellido, su apellido es Fisterra. Grillo es el apodo que le pusimos hace quince años, cuando comenzó a pelear, porque en aquel entonces era peso pluma.
Veo que Layla se retira de la conversación levantado las dos manos a modo de rendición voluntaria y yo me atrevo a fijar los ojos en ella. Apenas puedo reconocer a la muchachita delgadita y bien fresa que solía ser. Ahora es una mujer hecha y derecha, de largos cabellos negros, curvas bien pronunciadas y un magnetismo terrible.
— Alonso “el Grillo” Fisterra. — su voz no tiembla a pesar del llanto que le asoma a la mirada— Estás vivo.
