9 años después
Marco dejó abierta la puerta ese día, como hacía cada día que el Jet del Imperio llegaba con toda la familia reunida. Habían crecido inmensamente, y aunque habían perdido a la señora Alba hacía siete años, seguían manteniendo la tradición de reunirse con cualquier excusa.
Ian seguía a cargo del Imperio Di Sávallo, aunque estaba haciendo lo posible por pasarle la antorcha a Stefano, que con veintidós años acababa de recibirse en leyes y era todo un señor abogado. Haciendo pasantías desde los quince años en el bufete de Fabio, era imposible que no se le pegara… lo bueno, vamos a decir que solo se le había pegado lo bueno de su tío favorito.
Lía era ahora la matriarca de la familia, y se tomaba el trabajo muy en serio. Para empezar organizaba alguna reunión mínimo dos veces al mes y ya le estaba haciendo de casamentera a cualquiera que no fueran sus propios hijos. Mauro tenía solo doce años, y aunque Cara ya había llegado a los dieciséis, para Ian y para ella seguía siendo una bebé.
Ángelo se dedicaba ahora a patrocinar corredores de rally y a entrenar a Massimo y a Dante, los mellizos de quince años de Fabio y Valentina. Si era cierto eso de que los gemelos se saltaban una generación, ellos no se habían enterado.
Malena seguía siendo Malena, el terror de los adolescentes y la razón por la que habían dejado de mentirle a sus padres o escaparse, porque sabían que probablemente llevaran un rastreador hasta en el trasero sin que lo supieran. Alexia, de la misma edad de Cara, había resultado ser exactamente como ella, mientras que Mía, de solo catorce años, era la viva imagen espiritual de Ángelo, pero en femenino: sensible y dulce… la mayoría de las veces.
Fabio había dejado el bufete de abogados en los últimos años y se dedicaba solo a ayudar a Ian cuando lo necesitaba. A decir de Malena era el más relajado, porque había tenido dos varones, pero lo cierto era que el abogado veía por los ojos de esos chicos.
Valentina se había ganado el puesto de la tía “cool”, y si alguna de las chicas tenía alguna pregunta indiscreta que no quería hacerle a su madre, era a ella a quien acudían. Con cinco chicas adolescentes en la familia, se podía decir que no le faltaba trabajo.
Carlo por el momento se estaba tomando un respiro de la medicina, y él y Aitana viajaban bastante seguido a cuanto destino exótico pudieran descubrir. Stefano ya era un adulto y estaba bien encaminado, Maya, con dieciocho años y completamente sumergida en su carrera de música, apenas si les prestaba atención, y Luciano, de quince años, no se despegaba de los gemelos ni por asomo, así que en cierto momento más que gemelos comenzaron casi a ser trillizos.
Alessandro había dejado atrás sus días como rescatista, y había regresado a ocupar el cargo que Alba dejara vacío, y ahora él y Gaia se ocupaban de toda la labor benéfica del Imperio Di Sávallo. Leo, con dieciocho años, era la viva imagen de Gaia, con los rasgos griegos profundamente marcados y la piel más dorada que cualquiera en aquella familia; nadie se había atrevido a decirle aún que Alessandro no era su padre, pero eso no evitaba que no tuvieran sus choques de cuando en cuando. Galiana, su hermana menor, tenía la misma edad de Mía y parecía que esas dos eran completamente incapaces de separarse, así que cuando no estaban las dos en casa de Malena, estaban las dos en su casa.
Y por último estaban Marco y Helena. No habían llegado a tener los diez hijos que Marco planificaba, pero su bonita le había concedido llegar al peligroso número de siete chiquillos que eran la alegría de su vida. Ale ya tenía 13 años y su papá seguía siendo su mejor amigo. Luna había cumplido los diez hacía poco y los gemelos, Marian y Andro, ya tenían nueve años. La pequeña Alba había llegado después, apenas un par de meses después de que los hermanos perdieran a su madre, y en su honor fue nombrada sin que nadie se opusiera.
Ese era el momento de parar, pero Maurizio, de seis años, había salido de una celebración de San Valentín, y Fiorella, que aquel día celebraba sus cuatro añitos, había salido de otro increíble descuido. Después de eso Helena había dejado de hablar de las pincitas de la vasectomía y se las había enseñado a Marco directamente… y ahí había parado la multiplicación familiar.
Pasaron pocos minutos desde el aterrizaje del jet hasta que aquella turba irrumpió en la casa con la algarabía de siempre.
—Tío, ¿compraste el nuevo PlayStation? —preguntó Dante.
—¿Está instalado ya?
—¿Tienes juegos de coches?
—No importa, traje el nuestro.
—¿Podemos enseñarle a Ale?...
Marco dio dos pasos atrás con las manos en alto y escapó de la turba de adolescentes que lo persiguieron por media casa hasta que logró evadirlos.
Los más chicos estaban divirtiéndose en la alberca mientras las mujeres de la familia los vigilaban entre una copita de vino y la siguiente.
—¡Maya! —su madre fue hasta ella, le quitó aquel condenado violín de la mano y la arrastró hasta el círculo de mujeres—. Hija, eres un prodigio de la música y yo valoro tu dedicación, pero ya es hora de que te relajes.
Le puso una copa de suave champán en las manos y celebraron su recién estrenado ingreso al círculo de adultas locas de la familia.
Carlo y Alessandro conversaban sentados a la sombra mientras bebían sendos vasos de bourbon y Marco decidió ser el más joven de espíritu y meterse a bañar con los niños, después de todo tenía que consentir a su princesa más chiquita en su cumpleaños.
Stefano se había refugiado oportunamente entre Ian, Ángelo y Fabio, que se estaban ocupando de los asados ese día. Cuando empezó a hablar de trabajo sus tres tíos lo miraron feo, y finalmente tuvo que confesar que estaba intentando escapar de Alexia y de Cara, que lo estaban persiguiendo para que les hiciera de chaperón en un concierto al que querían ir. El problema se resolvió en el mismo momento en que Ian y Ángelo se giraron y miraron a sus hijas con caras de padres mega celosos. Las chicas se desaparecieron en el acto y Stefano por fin pudo descansar.
Mía y Galiana, apoyadas en la barda que daba al mar, se entretenían con los últimos chismes de la familia.
—¿Entonces estuvo fea la pelea? —preguntó Mía.
—Horrible, y no se ha terminado, Leo y papá solo lo dejaron porque venían aquí, pero estoy segura de que en cuanto regresemos se van a volver a enredar.
—¿Pero por qué?
—Leo le reclamó a papá la parte de la herencia que le dejó mi abuelo Leónidas, dice que quiere independizarse.
Mía negó con la cabeza, sin comprender.
—¿Pero qué más independiente quiere ser? Si nuestros padres nos dieran más libertad seríamos hippies.
—Bueno… la tía Malena siempre está vigilando… pero en cierta forma tienes razón —aceptó Galiana—. Papá dice que quiere separarse de la familia.
—¿De… —Mía de repente se puso blanca como un papel— …de nosotros?
Galiana asintió y si iba a decir algo más no hubo nadie para escucharla porque Mía se fue de su lado como si le faltara el aire. Subió las escaleras y atravesó el corredor del segundo piso, porque después de ir tantas veces a esa casa ya sabía perfectamente a dónde iba Leo cuando se enojaba.
Empujó la puerta de la biblioteca y vio su espalda dibujarse contra el cielo.
—¿Qué quieres, Mía? —preguntó él con fastidio, ni siquiera había tenido que darse la vuelta para saber que era ella.
—Galiana me dijo que te peleaste con mi tío Alessandro.
—Mi hermana tiene una lengua muy larga —replicó Leo con los puños apretados sobre la baranda—. Pero sí, es cierto, me quiero independizar.
—¡Tú no te quieres independizar, tú te quieres ir! —lo acusó ella, sintiendo el extraño nudo que le subía a la garganta.
—¡Pues sí, me quiero ir, me quiero ir al demonio y no es problema tuyo, así que no te metas!
Todas las fuerzas parecieron abandonarla de una sola vez.
—¿Es por lo que… —no sabía exactamente cómo decirlo—, por lo que pasó entre nosotros?
—¡Cállate!... —rugió Leo dándose la vuelta y mirándola con ojos feroces—. Entre tú y yo no ha pasado nada, absolutamente nada…
—¡Exacto! —lo apoyó Mía con voz temblorosa—. Fue un beso solamente, eso no es nada…
—¡Eres mi sangre, Mía! —bramó Leo, sacudiéndola por los hombros con desesperación—. No es nada, es… ¡es innombrable! ¡Eres mi sangre! La única razón por la que no voy y me lanzo del maldito Peñón de la Viuda es porque sé que mataría a mi madre de dolor…
La soltó para dar dos pasos atrás y la miró con rabia.
—Todo esto es tu culpa. ¡Lárgate de mi vista! —siseó las palabras de tal manera que Mía se aguantó las lágrimas como la mujercita que comenzaba a ser y salió de la biblioteca ofuscada, no sin antes tropezarse con Alessandro.
Ni siquiera se disculpó antes de seguir su camino.
—¿Qué le pasa a Mía? —preguntó su padre y Leo no se molestó en mentirle.
—Está enojada conmigo porque Galiana le dijo que me quiero ir.
Alessandro movió la cabeza de un lado a otro. No podía entenderlo. Leo siempre había sido su hijo, su niño, su muchacho… y de repente aquel ataque de rebeldía infundada los había enfrentado de un momento a otro.
—No sé qué te pasa, Leo, pero no voy a seguir peleando, si lo que quieres es la herencia de tu abuelo para irte, entonces te la daré —accedió Alessandro.
Leo le dio la espalda, y se acercó a la baranda del balcón. Cerró los ojos y respiró hondo, porque tenía el pecho oprimido por esa decisión, pero tenía que irse.
Allá abajo en la playa vio a Mía sentarse frente al mar, lanzando piedras como si necesitara desahogarse.
—Hijo, ya eres un adulto y puedes hacer lo que quieras —dijo su padre antes de salir—, pero espero que sepas que me estás rompiendo el corazón.
—Bueno… —murmuró Leo muy bajo, para sí mismo—, mejor a ti que a ella.
Ella tenía que ser feliz, y mientras él estuviera cerca no lo sería. Ella era la niña de sus ojos, era justamente la persona de la que no debía enamorarse, ella llevaba su sangre, ella… ella estaba prohibida.