CAPÍTULO 8. Efectos secundarios

Escrito el 19/08/2026
DAYLIS TORRES SILVA


 

Phil tardó otras tres semanas en encontrarla. No llamó a su abogado porque sabía que Cussak no le daría la dirección. Tampoco intentó localizarla a través de Megan. Buscó lo único que Natalie no podía esconder: su trabajo. Y finalmente logró dar con Hawthorne Press. Portland.

El vuelo no fue largo, y aun así le pareció infinito. Llegó a la ciudad poco después de las cuatro de la tarde y miró el edificio de doce seis pisos, y aunque todo lo impulsaba a entrar, comprendió que aparecer en la oficina de Natalie y obligarla a enfrentarlo delante de sus compañeros habría sido cruzar otro límite.

Así que esperó. Impaciente, asustado, pero esperó. A las seis y veinte, Natalie salió del edificio con el bolso colgado del hombro, el teléfono en una mano y una carpeta debajo del brazo.

Phil tardó varios segundos en reconocerla. Lo primero que vio fue su cabello y se le hizo un nudo en el estómago entendiendo el motivo. Ya no era largo ni negro. Llevaba un corte pixie claro, y parecía completamente diferente a la mujer que había salido de su casa meses atrás.

No porque hubiera cambiado su apariencia, sino porque había algo distinto en la manera en que caminaba.

Natalie levantó la mirada y se detuvo en seco. La sonrisa que llevaba desapareció, y Phil salió del automóvil de renta.

—Natalie.

—¿Qué haces aquí? —preguntó ella sin siquiera saludar.

—Necesitaba hablar contigo.

—No.

Natalie comenzó a caminar y Phil la siguió.

—¡Por favor! ¡Natalie, por favor!

Natalie se detuvo y Phil casi chocó contra ella; y cuando se dio la vuelta para mirarlo, algo en su expresión terminó de desarmarlo. No estaba furiosa. Habría preferido que lo estuviera. Ahora solo parecía cansada.

—Cinco minutos.

Phil tragó saliva.

—Gracias.

—No me des las gracias todavía.

Miró la hora en su teléfono.

—Ya empezaron.

Él había imaginado aquel momento durante todo el viaje. Había ensayado frases. Explicaciones. Disculpas. Ahora no encontraba ninguna.

—Terminé con Isadora —dijo y Natalie levantó una ceja.

—Cinco segundos desperdiciados. Lo que pase con Isadora es asunto tuyo, yo no tengo que saberlo.

—No vine solo a decirte eso…

—Acabas de hacerlo.

—¡Porque necesitas saberlo! —exclamó él viendo cómo aquella barrera invisible alrededor de Natalie lo dejaba sin control.

—No, Phil. Tú necesitas que yo lo sepa. Es diferente.

Él cerró los ojos un instante. Aquella era Natalie; él sabía dónde cortar cuerpos y ella sabía dónde cortar excusas.

—Natalie…

—Cuatro minutos.

Phil respiró profundamente.

—Lo siento —dijo, pero ella no reaccionó—. Lo siento por todo. Por acercarme a ti aquella noche sin decirte por qué lo hice. Por el cabello, el perfume, los lugares a los que te llevé. Por ese maldito vestido. Por… casarme contigo sin decirte que cuando te conocí me recordaste a otra mujer. Por hacerte vivir dentro de una historia que no sabías que había empezado antes que tú.

Los ojos de Natalie se endurecieron, pero Phil continuó antes de perder el valor.

—Y siento haberte dejado.

Ella soltó una risa breve.

—¿Eso lo sientes antes o después de descubrir que Isadora no era tan maravillosa como recordabas?

La pregunta lo golpeó.

—No es eso…

—Claro que es eso.

—¡No! —Varias personas que caminaban por la acera los miraron. Phil bajó inmediatamente la voz—. No vine porque las cosas salieran mal con Isadora.

—Pero qué coincidencia que no vinieras a buscarme mientras la “redescubrías”. ¿verdad?

Phil abrió la boca, pero no encontró cómo discutir eso.

—Me equivoqué —admitió finalmente—. Me equivoqué contigo, con ella y conmigo mismo. Durante años creí que seguía enamorado de Isadora porque había convertido lo nuestro en una especie de historia perfecta. Cuando regresó, pensé que estaba recuperando algo que nunca debería haber perdido.

—Y para recuperarlo te deshiciste de mí.

—Sí.

La respuesta pareció sorprenderla, precisamente porque él no intentaba suavizarla.

—Sí. Y fue monstruoso. Cuando te conocí me acerqué porque te parecías a ella. Eso es verdad. No voy a mentirte otra vez. Y probablemente durante mucho tiempo seguí buscando similitudes. Pero ahora entiendo algo que debí comprender hace años: ¡ustedes no se parecen en nada!

—Eso ya no es asunto mío. —Natalie soltó el aire lentamente.

—Para mí sí.

—Ese es tu problema, Phil, no el mío…

—¡Te quiero de vuelta! —La frase salió demasiado fuerte, quebrada.

Natalie se quedó inmóvil. A Phil se le llenaron los ojos de lágrimas y esta vez ni siquiera intentó ocultarlo.

—Te quiero de vuelta —repitió—. Quiero mi matrimonio. Quiero a mi esposa. Quiero llegar a casa y encontrarte allí. Quiero que vuelvas a dejar tus malditos cargadores tirados en el suelo. Quiero ese cuenco horrible junto a la puerta y…

La voz se le rompió, y Natalie bajó los ojos durante un instante.

—Phil…

—¡Puedo arreglarlo!

—No.

—Puedo intentarlo.

—No quiero.

—¡Haré lo que sea, Nat! ¡Terapia, consejería matrimonial, puedo…!

—No quiero volver contigo —sentenció ella sin alterar la voz y eso fue lo que lo hizo quedarse callado.

—No puedes saber que…

—Sí puedo.

—¡Natalie, estuvimos casados dos años! ¡Y fuimos felices!

—Yo fui feliz porque no sabía la verdad —replicó Natalie y Phil palideció.

—Eso no significa que todo fuera mentira…

—Para ti quizás no. Para mí cambia todo.

—Pero nosotros podemos…

—¡Ya no existe un nosotros, Phil! —recalcó Natalie y Phil dio un paso hacia ella.

—¡Nat, por favor!

La mujer retrocedió inmediatamente y ese gesto lo detuvo.

—No puedo hacerlo —dijo Natalie—. Aunque todavía te quisiera, aunque mañana despertara recordando las buenas razones por las que te amé, no podría hacerlo.

—¿Por qué? —se desesperó Phil.

—Porque nunca volvería a saber qué lugar ocupo.

—El primero. ¡Ocupas el primero, Nat, te lo juro…!

—¿Y cómo lo compruebo? —lo interrumpió ella y él se quedó en silencio. Dime, ¿Cómo sé que soy la primera en tu corazón y no simplemente aquello con lo que te conformaste cuando descubriste que Isadora no era lo que habías imaginado?

—¡Porque te amo!

—También dijiste que la amabas a ella.

—¡Estaba equivocado!

—Y ese es exactamente el problema.

Phil apretó los labios. Natalie lo miraba sin levantar la voz y aquello hacía cada palabra peor.

—Hace unos meses estabas convencido de que ella era el gran amor de tu vida. Tanto que necesitaste solo tres días para decidir si valía la pena conservar nuestro matrimonio. Después me entregaste los papeles del divorcio porque querías averiguar si todavía había algo entre ustedes. Ahora descubres que… ¿qué exactamente descubriste, Phil? —preguntó y lo vio bajar la mirada, avergonzado.

—Solo regresó por mi nombramiento. No pude reconocer a la mujer ansiosa de poder en la que se había convertido. Todo giraba alrededor de los ascensos, no le importaba los pacientes… ni le importaba yo.

—¡Bingo! —exclamó Natalia haciendo que él se sobresaltara—. Entonces Isadora es ambiciosa, egoísta y no te da lo que yo te daba, y de pronto resulta que yo soy el amor de tu vida. ¿Ese es el guion ahora?

—No lo estoy diciendo así.

—Lo estás diciendo exactamente así.

—¡Porque ahora entiendo que tú eres la original!

Natalie lo miró y le ocurrió algo que no esperaba: sintió lástima por él.

—Phil… si no puedes mirar a una mujer sin ponerla al lado de otra, entonces el que tiene un problema grande eres tú.

—¿Qué? Eso no es…

—Phil, las parejas no son proyectos que se evalúan a ver cuál es mejor o más original. Ve a terapia, necesitas ayuda.

Phil palideció, su pecho empezó a subir y bajar desesperado, y alcanzó la mano de Natalie, apretándola con fuerza.

—Está bien, iré a terapia… ¡Puedo cambiar!

—Espero que sí.

—Entonces dame la oportunidad de…

—No.

—¡Natalie!

—No quiero —dos palabras limpias que no necesitaban explicación.

Aquello lo dejó completamente quieto.

—Yo te amo.

Natalie cerró los ojos un instante y cuando volvió a abrirlos estaban húmedos, pero no había lágrimas amenazando con caer.

—Tu amor fue una fantasía mal alimentada… y yo ya no quiero ser parte de ella.

Phil dejó escapar un sollozo ahogado.

—Por favor…

—Tus cinco minutos terminaron —sentenció ella mirando su reloj.

—No… no… ¡No puedes dejarlo así!

—Tú lo dejaste así.

—¡Cometí un error, Natalie!

—No, Phil. —Su voz se volvió terriblemente tranquila—. Un error fue no decirme que existía un primer amor. Pero tú me enamoraste porque me parecía a tu exnovia, modificaste cosas de mi apariencia para acercarme más a ella, me llevaste a lugares que habían sido de ustedes, me regalaste cosas inspiradas en ella, te casaste conmigo sin contarme nada y, cuando regresó, necesitaste exactamente tres días para decidir que querías probar otra vez con ella.

Phil lloraba abiertamente para entonces; y Natalie también tenía los ojos llenos de lágrimas, pero no retrocedió.

—No puedes llamar “error” a una cadena de decisiones tomadas durante años.

—Lo sé.

—Si lo sabes entonces también sabes que no hay nada que hacer. Si lo sabes entonces vete.

Phil se limpió el rostro.

—Natalie, por favor… tiene que haber algo. Puedo darte espacio, puedo esperar…

—No te estoy pidiendo tiempo y no quiero que me esperes.

Phil bajó la cabeza.

—¿De verdad no existe ninguna posibilidad?

Natalie tardó varios segundos en responder, y cuando lo hizo, fue cruel, sí; pero no porque no porque quisiera lastimarlo, sino porque no había forma de disfrazar de educación la lección más cara que había aprendido en su vida.

—Despertar después de una mentira tan grande como la que tú me hiciste vivir, tiene efectos secundarios, Phil—. Como por ejemplo, no querer volver a dormir al lado del autor de la mentira.

Él dejó de respirar por un instante, pero Natalie no retiró aquella frase.

Phil permaneció inmóvil y ella comenzó a caminar, alejándose.

—¡Natalie…!

Ella se detuvo, aunque no regresó.

—Yo sí te amé —dijo Phil y Natalie giró ligeramente la cabeza.

—No sé si me amas o si finalmente encontraste otra comparación que te gusta más. Pero lo mejor de estar divorciada de ti es que ya no tengo que averiguarlo.

Natalie cruzó la calle sin mirar atrás, y Phil se quedó frente a Hawthorne Press, llorando por una mujer que todavía amaba y comprendiendo finalmente que arrepentirse no era lo mismo que merecer una segunda oportunidad.