Dos semanas más tarde, Natalie despertó por primera vez en su apartamento de Portland. No había cortinas todavía, así que la luz de la mañana entraba directamente por las ventanas. Había cajas por todas partes, dos platos en la cocina y un colchón en el suelo porque la cama no llegaría hasta el viernes.
Natalie abrió los ojos y durante unos segundos no supo dónde estaba. Después recordó: Su primer día en Hawthorne Press.
Se levantó demasiado rápido, tropezó con una caja y soltó una maldición.
“¡Miau!” fue toda la respuesta que obtuvo y Natalie sonrió mientras levantaba a aquella gatita blanca y le daba un beso.
—¡Esos sí que son buenos días! —sonrió antes de meterse a la ducha.
Ese día frente al espejo, mientras intentaba arreglarse el cabello, recordó que necesitaba buscar una peluquería. Tenía el cabello a media espalda y necesitaba un nuevo tinte con urgencia… o quizás no.
—Bueno… no entramos hasta las once, Snowball… creo que tenemos tiempo.
A dos calles de su casa encontró una estética en la que tenían espacio y la peluquera sostuvo un mechón.
—¿Cuánto?
Natalie se quedó pensativa, no era algo que hacía por no parecerse a Isadora, o por dejarle de gustar a Phil, era algo que quería hacer para volver a ser ella misma.
—¿Puede aclararlo?
La mujer la miró con preocupación. El cabello sin tinte, sí, pero solo tiene algunos centímetros de ese.
—Entonces unos pocos centímetros tendrán que servir. Corte el resto —decidió.
—La mujer se le quedó mirando un poco aturdida y luego carraspeó.
—Bueno… si está segura, podría hacerle un corte Pixie, un aclarado con puntas negras, quedaría muy coqueto, en un par de meses habrá crecido lo suficiente para quitar también las puntas y que quede completamente aclarado sin necesidad de que parezca recién salida de una supervivencia al apocalipsis.
Y entonces Natalie rio, rio de verdad mientras le decía que estaba de acuerdo con algo sexy de puntas negras.
Las tijeras cerraron entonces, el primer mechón cayó, y Natalie respiró como si también hubiera dejado caer la parte de responsabilidad que le tocaba por haberse adaptado tanto a Phil, al punto de perderse a sí misma.
A las diez y media de la mañana parecía otra persona, más viva, más coqueta, más humana. A las once menos diez entraba en su nuevo trabajo. Hawthorne Press ocupaba dos plantas de un antiguo edificio industrial convertido en oficinas; y su nueva jefa, Katja Evans, la recibió en recepción.
—Espero que estés preparada. Tenemos tres lanzamientos retrasados, un autor que amenaza con cambiar de editorial y un manuscrito de ochocientas páginas que nadie quiere tocar.
Natalie sonrió.
—¡Perfecto!
Lauren la miró.
—¿Perfecto?
—El trabajo no me asusta, estoy motivada y tengo un gato por primera vez en mi vida. ¡La vida es bella ¿no?!
Katja la miró como si aquel intento desesperado de entusiasmo realmente pudiera contagiarla y luego sonrió.
—Tráete a ese gato. Necesitamos una mascota oficial para liberar estrés.
—Entendido, jefa —aceptó Natalie.
Su despacho era pequeño, con una ventana que daba a una calle llena de cafeterías, pero sobre el escritorio había una placa: “NATALIE BENNETT. EDITORA SENIOR”
Natalie pasó los dedos sobre su nombre. Bennett, no Moore. Nunca había cambiado legalmente su apellido al casarse, aunque socialmente muchas personas la llamaban señora Moore. En el hospital era la esposa del doctor Moore. En las cenas era la esposa del jefe de cirugía.
Allí no. Allí era ella, por primera vez en dos años.
Diez segundos después Lauren dejó varios expedientes sobre su escritorio.
—Reunión en veinte minutos.
—Estaré allí.
Cuando se quedó sola, Natalie sacó el teléfono. Ya tenía un mensaje de Megan.
“¿Primer día? Necesito foto.”
Natalie se tomó una frente a la placa y la envió. La respuesta llegó inmediatamente.
“¡MÍRATEEEEEEEE! Eso se merece que todo el mundo lo sepa”
Natalie se rio pero entonces se dio cuenta de lo que su amiga pensaba hacer, así que abrió las redes sociales apresurada y en efecto, su foto con las felicitaciones ya estaba publicada… pero también había otras cosas que no quería ver, como una fotografía de Isadora y Phil en una gala del hospital. Isadora llevaba un vestido negro. Phil, esmoquin. Ella tenía una mano sobre su pecho y el texto decía:
“Celebrando una nueva etapa junto al brillante jefe de cirugía del Saint Joseph”.
Natalie sintió el golpe, y durante un momento volvió a sentirse como aquella mujer parada en el salón de una conferencia, mirando a dos personas que compartían una historia a la que ella nunca había pertenecido.
Y quizás eso era lo peor de todo. Que era una historia, no una monstruosidad completa. Lo peor era que había partes de él que se podían amar, y eso no se borraba con un divorcio y un cambio de ciudad.
—Pero sí con tiempo —se dijo con decisión y entró en el perfil de Phil.
Su dedo permaneció sobre el botón durante varios segundos, después lo bloqueó e hizo lo mismo con Isadora.
—Natalie —llamó Lauren desde el pasillo—. ¿Vienes?
Ella dejó el teléfono boca abajo.
—¡Ya voy!
Los primeros dos meses fueron agotadores. Y maravillosos. Natalie trabajaba más horas de las que esperaba, discutía con autores, corregía pruebas hasta medianoche y aprendía nuevamente a formar parte de un equipo. Algunos días regresaba al apartamento tan cansada que cenaba cereal directamente de un tazón mientras revisaba correos.
Pero cada día era más llevadero porque no estaba sola. Tenía amigos en la editorial, y Snowball realmente parecía haberse convertido en la gata de terapia de la oficina, porque todos protestaban el día que no la llevaba, comenzando por su jefa.
—¿Sí sabes que es mi gata? —le preguntó un día y Katja se hizo la desentendida.
—Eso parece.
—¿Y por qué duerme en tu escritorio?
—Porque le prometí cobertura total para su seguro veterinario y atún de importación —respondió su jefa con tanta seriedad que las dos acabaron estallando en carcajadas.
Por ese tiempo, Natalie también empezó a descubrir cosas pequeñas.
Le gustaba el café sin azúcar. Durante años había tomado dos cucharadas porque Phil lo preparaba así los domingos y terminó acostumbrándose.
Odiaba correr. Había salido a correr con él durante dos años porque era una de las pocas actividades que podían compartir cuando sus horarios coincidían.
Le encantaban las clases de cerámica. Era terrible. En su primer plato no quiso comer ni la gata, así que ella lo colocó orgullosamente sobre la mesa.
Compró un sofá verde que no combinaba con la pared amarilla de la sala. Le encantó precisamente por eso.
Los viernes empezó a salir con Lauren y dos compañeros de la editorial. A veces regresaba a medianoche. Otras veces prefería quedarse en casa viendo películas horribles mientras comía comida china directamente del envase.
No tenía que esperar a nadie, y al principio aquello le parecía triste. Después empezó a parecerle tranquilo y luego, sin darse cuenta de cómo… se le hizo necesario.
Una tarde recibió una videollamada de Megan.
“¿Qué es esa cosa detrás de ti?”
Natalie miró el sofá.
—¿Mi sofá?
“¡Parece un aguacate!”
—Es verde.
“¡Es criminalmente verde!”
—Por eso lo adoro.
Megan soltó una carcajada.
“Phil habría tenido un infarto” replicó y Natalie se quedó quieta. “Lo siento, fue un reflejo…”
—No lo sientas, tienes razón, le habría dado un infarto —murmuró ella—. La costumbre es una mierda, yo todavía compro algo y pienso si le habría gustado. Pido comida y recuerdo qué habría pedido él. El otro día fui a comprar café y casi pedí el suyo.
“Dos años no desaparecen en unos meses”.
—Lo sé.
“¿Lo extrañas?”
Natalie tardó en responder.
—Siento culpa por extrañarlo. Porque sé que no debería, así que no sé si al final lo extraño de verdad o solo me gusta autoflagelarme.
“Pues para lo de la flagelación te puedes conseguir un amo. ¿No estás en la tierra de Christian Gray?”
—Esa era Seatle —se carcajeó Natalie.
“¡Pues mira tú cuánto caso le hice a todas las partes de la película donde no sale encuerado!”
Natalie estalló en carcajadas, y dio cuenta de que podía reír, esa noche, y quizás otra, y otra más… siempre que hablaran de Christian Grey, claro… y quizás de Alan Richtson.
Sin embargo aquella noche Natalie se quedó pensando en la pregunta.
Extrañaba a Phil. Pero ya entendía que extrañar no era lo mismo que querer regresar. Podía amar algo que había terminado. Podía echar de menos una casa en la que ya no quería vivir. Podía recordar una versión de sí misma sin necesitar convertirse nuevamente en ella.
Natalie se levantó y caminó hasta el baño para mirarse al espejo. No se parecía menos a Isadora, aquello la sorprendió.
Durante semanas había pensado que necesitaba recuperar algo que aquella mujer le había robado sin saberlo, pero Isadora no era dueña de sus ojos, de sus dientes ni del color de su cabello. El problema nunca había sido parecerse físicamente a ella. El problema era que Phil la había mirado y había visto primero a otra persona.
Natalie se observó durante unos segundos.
—Yo sí sé quién eres —murmuró y se sintió un poco estúpida hablándole al espejo, así que terminó riéndose mientras Snowball se retorcía contra su tobillo.
Terminó riéndose, durmiendo, trabajando y sonriendo aunque solo fuera porque tenía un montón de músculos faciales para eso.
Y mientras todo eso pasaba, el divorcio de Phil quedó oficialmente finalizado un martes a las once y treinta y seis de la mañana. Su abogado le envió la confirmación mientras estaba reunido con el director médico y otros tres jefes de departamento, discutiendo la ampliación de dos quirófanos y la contratación del nuevo director de Anestesiología.
Phil vio aparecer el correo en la pantalla del teléfono: “Disolución matrimonial finalizada”.
Sus nudillos se pusieron lívidos y dejó el celular boca abajo.
—¿Algún problema? —preguntó Hammond.
—No.
La reunión continuó, hasta que cayó precisamente en el tema en el que no quería meterse.
—Bien. Ya ha pasado el periodo de prueba de todos los candidatos para el puesto de dirección de Anestesiología —dijo Hammond—. Hasta el momento nuestros candidatos más fuertes son Isadora Hale y Jeff Cole. Doctor Moore, ¿usted qué opina?
Phil levantó la cabeza y negó despacio.
—Yo no tengo decisión de voto.
—Lo sé, pero es el jefe de cirugía. Anestesiología responde directamente a su departamento. —Hammond achicó los ojos—. Pensé que había recomendado a la doctora Hale.
—Yo no… estudiamos juntos —sentenció, pero no podía decir que era mentira porque eso la habría puesto en evidencia peligrosamente—. Estudiamos juntos, pero me gustaría que mi recomendación no sea tenida en cuenta a la hora de votar. Estimo conflicto de interés por conocimiento previo.
Hammond se echó atrás en su silla y lo miró con curiosidad.
—OK, me parece justo. Solo le voy a hacer una pregunta. Cuando usted entra a un quirófano… ¿con cuál de los dos prefiere operar?