Phil llegó a casa pasada la medianoche.
Natalie estaba sentada en el suelo del dormitorio, rodeada de cajas abiertas y de todos los regalos que él le había hecho durante su relación. Había vestidos, joyas, perfumes y fotografías extendidos sobre la alfombra porque llevaba horas intentando encontrar alguna cosa que pudiera mirar sin preguntarse inmediatamente si Isadora había tenido otra igual.
Él se quedó inmóvil en la puerta.
—¿Qué estás haciendo?
Natalie levantó una fotografía de su luna de miel.
—¿Habías estado antes en el lago Mohawk?
La expresión de Phil cambió.
—Natalie...
—Con ella.
—Sí, pero no en el mismo hotel.
Natalie se rio, aunque ya tenía los ojos llenos de lágrimas.
—Por supuesto —siseó con sarcasmo y Phil se desesperó.
—No puedes hacer esto con cada recuerdo que tenemos…
—¡Porque no sé cuáles son míos!
Su grito lo hizo callar. Natalie se puso de pie y sostuvo la fotografía entre ambos.
—¿No lo entiendes? Hace unas horas sabía exactamente cómo había empezado nuestra historia. Sabía dónde tuvimos nuestra primera cita, por qué viajamos a Italia, por qué te gustaba mi cabello largo, cuál fue el primer perfume que me regalaste. Ahora miro todo eso y no sé si alguna de esas cosas empezó conmigo.
—No intenté convertirte en Isadora.
—¿Entonces por qué te acercaste a mí?
Phil apartó la mirada y eso fue suficiente.
—Respóndeme.
—Natalie...
—¡Respóndeme!
Él respiró profundamente.
—Porque te parecías a ella.
Y aunque ya lo sabía, escuchar la confesión fue diferente. Natalie sintió una presión insoportable en el pecho y tuvo que dejar la fotografía sobre la cama porque le temblaban demasiado las manos.
—¿Por eso me pediste una copa aquella noche?
—Sí.
—¿Por eso pediste mi número?
—Al principio el parecido llamó mi atención, pero después...
—¿Después qué? ¿Descubriste que el reemplazo también tenía una personalidad agradable?
—No digas eso.
—¿Por qué? ¿Porque suena horrible cuando alguien lo dice en voz alta? —le espetó Natalie.
—Porque no fue así.
—¡Para mí sí! Tú sabías por qué habías venido hacia mí aquella primera noche y yo no. Tú sabías que cada vez que me decías que adorabas mi cabello largo existía otra mujer que lo llevaba exactamente así, y yo no. Sabías de dónde venían el perfume, los restaurantes, los viajes y Dios sabe cuántas cosas más, ¡mientras yo creía que las estábamos descubriendo juntos!
—Te enamoraste de cosas que también me gustaban a mí —intentó justificarse Phil—. Eso no significa que solo pertenecieran a Isadora…
—¡Pero nunca me diste la posibilidad de decidir si quería vivir con esa sombra! —replicó ella furiosa, mientras las lágrimas le cruzaban el rostro, deshaciendo el maquillaje.
Phil guardó silencio y Natalie se limpió aquellas lágrimas con rabia.
—¿Todavía la querías cuando me conociste? —lo interrogó.
—No lo sé.
—¿Y cuando te casaste conmigo?
—Me casé contigo porque te amaba.
—¡No fue lo que pregunté!
—¿¡Entonces qué quieres que diga?! —se desesperó él.
—¡Quiero que digas la verdad!
—¡No puedo reconstruir cada emoción que sentía hace tres años para darte una respuesta perfecta! —se ofuscó Phil.
—Y yo no estoy pidiendo una respuesta perfecta. Quiero saber si el día que me casé contigo había tres personas frente al altar y yo era la única que no lo sabía.
EL rostro de Phil se endureció por un instante.
—Eso es injusto.
—¿Injusto para quién?
Phil no respondió, y Natalie se quedó mirándolo, recordando la manera en que había observado a Isadora aquella tarde. De pronto, el pasado dejó de ser el único problema.
—¿Por qué volvió? —preguntó con molestia.
—Por la conferencia.
—No. ¿Por qué volvió a tu vida? —siseó ella y Phil se pasó una mano por el rostro.
—Quiere hablar de nosotros admitió y Natalie sintió un frío terrible.
—¿De ustedes?
—Quedaron cosas pendientes.
—¿Pendientes por cinco años? —se rio ella.
—Lo sé.
—¡Y llevas dos casado conmigo!
—También lo sé —murmuró él.
—Entonces no hay nada pendiente.
Phil no respondió, y Natalie se acercó, paso a paso.
—Díselo.
—Natalie...
—Dile que llegó cinco años tarde, que tienes esposa y que lo que hubo entre ustedes terminó. Eso es todo.
Pero Phil cerró los ojos y le dio exactamente la respuesta verdadera que estaba esperando:
—No puedo.
Las palabras fueron pronunciadas en voz baja, pero hicieron que Natalie tuviera que sentarse en el borde de la cama porque las piernas dejaron de sostenerla.
—¿Todavía la amas?
—No sé qué siento.
—Y nunca lo vas a saber —replicó ella amargamente—. Soy tu esposa. Llevo dos años siendo tu esposa. He esperado tus guardias, he dormido sola cuando estabas operando, he cambiado vacaciones porque aparecía una cirugía urgente y he pasado noches enteras sentada a tu lado sin hacer preguntas porque sabía que habías perdido a alguien en una mesa de operaciones. No te estoy pidiendo que decidas entre dos mujeres que acabas de conocer. Te estoy pidiendo que decidas si nuestro matrimonio vale más que una relación que terminó hace cinco años.
Y eso era lo más duro de todo, tener que pedir de repente lo que hasta ese momento había creído intrínsecamente suyo.
—Necesito tiempo —susurró Phil bajando la cabeza y Natalie quiso mirarlo con incredulidad… pero la verdad era que ya no podía, porque entendía lo que hasta ese momento no había querido ver: ella era la cara y el cuerpo, pero la original era la otra.
—¿Necesitas tiempo para decidir entre tu esposa y ella? —rio.
—Para entender qué está pasando —insistió él, y Natalie negó lentamente con la cabeza.
—No. Si necesitas tiempo, ya tengo mi respuesta.
Esa noche se fue a dormir al cuarto de invitados y durante los siguientes tres días, Natalie esperó que Phil cambiara de opinión. Eso fue lo más humillante de todo.
Podía fingir dignidad delante de él, podía ignorar sus mensajes y dormir en otro cuarto, pero cada vez que escuchaba la puerta esperaba que entrara y le dijera que había cometido un error. Cada vez que su teléfono vibraba, el corazón le saltaba en el pecho antes de comprobar quién llamaba.
Esperaba que Phil le dijera que se había equivocado, que Isadora pertenecía al pasado y que no quería perderla. Que se arrepentía de haberla tratado como una sustituta de la mujer que lo había abandonado… pero él no dijo ninguna de esas cosas.
El domingo por la tarde Phil regresó a casa con una carpeta; y en cuanto Natalie la vio, comprendió. Se sentaron uno frente al otro y él dejó la carpeta sobre la mesa.
—Lo siento —dijo y Natalie miró los documentos sin tocarlos.
—¿Vas a volver con ella?
—Queremos averiguar si todavía existe algo entre nosotros —admitió su marido y Natalie tuvo que esconder las manos debajo de la mesa para que él no viera cómo temblaban.
—¡Wow! Tengo que reconocerlo, para un hombre que “no sabía lo que sentía”, conseguiste los papeles del divorcio bastante rápido —dijo con sarcasmo y él la miró de nuevo con una molestia que no podía disimular.
—No quería alargar esto y hacerte más daño.
—¿Ella sabe que vas a pedirme el divorcio?
—Sí.
Natalie asintió despacio.
—Entonces está esperando.
—Natalie...
—Está esperando que termines conmigo para recuperar la vida que dejó hace cinco años.
—No es tan sencillo.
—Para mí sí.
Abrió la carpeta. En la primera página estaban sus nombres y unas palabras legales que reducían dos años de matrimonio a una solicitud de disolución.
—¿Quieres transferirme la casa? —preguntó cuando vio la división patrimonial. Todo estaba correcto excepto eso—. La casa la compraste tú.
—Durante el matrimonio.
—Entonces me corresponde la mitad, no toda.
—Pero yo quiero dejártela toda.
Natalie levantó la mirada.
—Y yo no la quiero —siseó.
—¿Por qué haces esto tan difícil? —exclamó él—. ¡Tienes que vivir en algún sitio!
—Vivía en algún sitio antes de conocerte.
—¡Lo sé, pero no tienes que rechazar todo para castigarme! —se molestó Phil, y Natalie soltó una risa incrédula.
—Todavía no entiendes nada. No quiero esta casa porque no quiero despertarme cada mañana preguntándome si también la escogiste porque se parecía a alguna donde viviste con ella —siseó—. Y no tengo que castigarte, porque los dos sabemos por qué haces esto, pero las paredes no lavan conciencia, y eso es algo que vas a aprender más temprano que tarde.
Por primera vez vio dolor en el rostro de Phil, pero esta vez no se molestó en consolarlo. Esa ya no era su responsabilidad.
A Natalie le dolía hasta respirar, pero tomó el bolígrafo, tachó lo de la vivienda completa y puso división al cincuenta por ciento. Pero cuando su mano bajó a la línea de firma Phil la detuvo.
—No tienes que firmar ahora, puedes consultar a un abogado.
—Tú ya decidiste —replicó ella.
—Lo sé, pero quiero que tengas tiempo para pensarlo…
Natalie levantó la mirada.
—No, quieres un trámite que diga que pronto estarás soltero para que ella esté cómoda, y tiempo para probar si las cosas funcionan o si todavía puedes volver arrastrándote a un matrimonio en el que yo estaré esperando.
El rostro de Phil se deformó en una mueca de resentimiento.
—Esa es una gran diferencia entre ella y tú —siseó sin molestarse en ocultar la intención de herir—. Isadora siempre fue dulce, tú siempre supiste encontrar las palabras correctas para ser cruel.
Natalie sintió aquello como una bofetada, porque el hombre que había tratado de convertirla en otra mujer durante dos años, finalmente se atrevía a hacer una comparación abierta.
—Si la verdad te parece cruel, entonces quizás el problema no sea la verdad —replicó—. Y si quieres hablar de diferencias, hablemos de estas: te amé tanto que durante dos años convertí tus necesidades en las mías. Organicé mi trabajo alrededor de tus horarios, aprendí cuándo necesitabas hablar y cuándo necesitabas que simplemente me sentara a tu lado, memoricé hasta cómo te gusta el café después de una guardia porque sabía que cuando estabas agotado no soportabas que te preguntaran nada. Ahora… ¿quieres decirme por qué te dejó tu frágil y dulce Isadora?
En ese instante Natalie lo vio, el flashazo de recuerdo que hizo a Phil tragar saliva. No tenía idea de cómo habían pasado las cosas, pero de algo estaba segura: un hombre tan obsesionado con una mujer no había sido el causante de la separación. Tenía que haber sido ella.
—No voy a ser tu sala de espera —murmuró mientras su firma caía temblorosa pero decidida sobre cada página y luego cerró la carpeta antes de entregársela—. Puedes volver con ella. Espero que sean muy felices juntos.
—Nunca quise que termináramos así… —respondió él viendo cada firma estampada.
—¿Cómo querías que termináramos? ¿Esperabas que comprendiera que tu primer amor regresó y necesitas averiguar si todavía la amas? ¿Que después de dos años siendo tu esposa debía apartarme elegantemente para que pudieras descubrir si yo fui solamente la mujer que ocupó su lugar mientras ella no estaba?
—Nunca fuiste una equivocación.
Natalie negó con amargura.
—No. Fui un reemplazo que funcionó demasiado bien.
Phil palideció, pero ella tomó su bolso y caminó hacia la puerta.
—¿Adónde vas?
—No lo sé.
—Natalie...
Se detuvo. Todavía había una parte de ella esperando que él dijera que no se fuera. Le avergonzaba reconocerlo, pero era verdad. Quería que Phil la alcanzara, que la abrazara y que, aunque fuera demasiado tarde para arreglarlo todo, demostrara que perderla le producía al menos una fracción del dolor que ella sentía al dejarlo.
—¿Qué? —preguntó, pero Phil la miró durante unos segundos.
—¿Cuándo vendrás por tus cosas?
Y ahí terminó realmente su matrimonio.
No cuando Natalie conoció a Isadora, ni cuando descubrió cuánto se parecían, ni siquiera cuando Phil puso los papeles de divorcio delante de ella. Terminó en aquel instante, cuando comprendió que todavía estaba esperando que el hombre que acababa de elegirla en segundo lugar le pidiera que se quedara.
—Mañana —murmuró—. Mañana salgo de tu vida.