La sonrisa de Patty fue de complicidad absoluta, y le sirvió a Matt una taza de café para hacer tiempo en lo que Arielle seguía atendiendo a unos clientes. Y ella no supo si era intuición o algún sentido adicional, pero levantó la vista por un instante y sus miradas se cruzaron. Un segundo bastó, y luego desvió los ojos enseguida, pero no pudo evitar volver a mirarlo de reojo unos segundos después mientras llevaba una bandeja hasta otra mesa.
Matthew sonrió para sí mismo, preguntándose cómo el hecho de que ella supiera quién era, había complicado las cosas. ¡Casi siempre solía ser la revés!
La vio ir de un lado a otro de su sección, corriendo entre órdenes y evitándolo hasta que unos veinte minutos después una mesa de su área quedó libre. Patty salió con un paño sobre el hombro, limpió la superficie con movimientos rápidos y luego giró la cabeza hacia Matthew.
—¡Señor arquitecto! —llamó con una sonrisa—. Si quiere estar más cómodo, venga para acá. Esa mesa tiene mejor luz.
Matthew caminó hasta allí y le hizo un guiño agradecido.
—Déjale buena propina, la chica lo necesita y tú no eres pobre —le advirtió.
—Sí, señora —aceptó él y Patty levantó el trapo.
—¡Qué señora ni señora, soy más joven que tú! —rezongó, pero en ese momento Arielle se acercó a ellos con expresión confundida.
—¿Qué está pasando?
Patty levantó una ceja.
—Nada. Solo te traje a tu admirador secreto porque vino a hacerte una invitación, y tú parece que llevas al correcaminos persiguiéndote de tanto que lo evitas. Así que lo traje a donde no podrás evitarlo.
Arielle se puso colorada, pero vio que él no estaba mucho mejor.
—¿Siempre es así sin filtro? —carraspeó Matt.
—No tiene una idea —suspiró ella antes de tirar de la mano de Patty y alejarla un poco—. ¿Por qué haces esto? —la increpó—. No puedo aceptar invitaciones de alguien como él.
Su amiga dejó el paño sobre la barra con un pequeño golpe.
—¿Y alguien como él qué tiene?
—Es... importante.
—¿Importante? —Patty suspiró con evidente fastidio—. Explícame una cosa, Arielle. ¿En qué momento tu familia consiguió hacerte tan pequeña? ¿En qué momento lograron enterrarte tan hondo los sueños que ahora ni siquiera eres capaz de aceptar una simple invitación a salir?
Su voz era firme, pero había más tristeza que enojo; y Arielle tragó saliva.
—Ni siquiera sabes adónde quiere llevarte. ¿No te da ni un poco de curiosidad?
Arielle respiró despacio.
—¿A dónde?
—¡Pues eso tendrás que preguntárselo a él!
Durante varios minutos Arielle reunió valor, atendió dos mesas, sirvió tres cafés, cobró una cuenta… pero seguía pensando en la conversación con Patty. Finalmente tomó la cafetera llena y caminó hacia la mesa donde Matthew ya trabajaba en sus planos.
Él levantó la vista al verla acercarse y ella le sirvió en silencio.
—Quiere algo además de su café... señor Holland.
Matthew hizo una pequeña mueca.
—¿Que no me llames señor Holland? —suspiró él—. ¿Puedes llamarme Matt?
Ella dudó.
—Matthew —murmuró y él sonrió divertido.
—Eso estuvo cerca.
Arielle negó con timidez.
—Lo siento...
—Empiezo a pensar que mi identidad de verdad te resulta desagradable —murmuró Matt y ella abrió los ojos de inmediato.
—¡No es eso! Solo… es raro que alguien como usted venga a un restaurante tan normal como este.
Matthew soltó una carcajada sincera, una risa tan espontánea que hizo que Arielle también sonriera sin darse cuenta.
—Entonces te cuento un secreto. Este fue mi restaurante favorito durante casi toda mi carrera.
—¿De verdad? —Ella frunció el ceño.
—Sip. Cuando estaba quebrado era el único sitio donde podía permitirme pasar horas y tomar mucho café por unas pocas monedas.
Arielle lo miró incrédula.
—¿Quebrado? ¿Usted quebrado?
—¡Completamente! Estudié con una beca, de hecho. Venía aquí, compraba un café y sobrevivía toda la madrugada gracias al rellenado gratuito —sonrió y señaló la mesa—. Además estas mesas son enormes. Perfectas para extender planos.
Arielle recorrió con la mirada la superficie. Era verdad, pero nunca lo había pensado.
—Creí que alguien como usted ya había tenido su carrera garantizada.
—Pues te equivocas. No empecé a ganar dinero hasta un año después de terminar la universidad.
Arielle permaneció unos segundos en silencio, porque aquella confesión desmontaba por completo la imagen que tenía de él. Siempre lo había imaginado exitoso, con el camino despejado desde el principio.
—Entonces... supongo que para todos es difícil.
Matthew asintió un instante antes de añadir con serenidad:
—Eso es cierto, lo único que no se vale es rendirse.
Aquellas palabras parecieron quedarse suspendidas entre ambos, y Arielle sintió un extraño nudo en la garganta, porque nadie le decía cosas así. En su casa siempre escuchaba todo lo contrario: no sueñes, no pierdas el tiempo, no apuntes tan alto.
Matthew la observó unos segundos.
—Precisamente por eso quería hacerte una invitación.
—No puedo. —Ella volvió a tensarse.
—Ni siquiera sabes cuál es.
—Bueno… es que no tengo tiempo —trató de justificarse.
—¿Y cuando termine tu turno?
—No puedo...
Matthew pensó unos segundos.
—¿Entonces el fin de semana?
—No…
—¡Sí puede! —exclamó Patty empujándola hacia adelante—. Pero solo podría después de las ocho de la noche, tiene un día complicado.
—¡Patty…! —protestó Arielle.
—¡Y si no viene yo misma voy a su casa y se la traigo de los pelos, señor Holland, tiene mi palabra! —sentenció Patty y Matthew extendió la mano ahí mismo para cerrar el trato.
—Entonces... el sábado a las ocho.
Arielle respiró profundamente pero antes de que pudiera hacer uno de sus pucheros, Patty le enseñó el puño a modo de advertencia.
—Está bien —murmuró Arielle por fin—. ¿Y se puede saber a dónde quiere llevarme?
Matthew negó lentamente.
—Es una sorpresa. ¿Me das tu dirección para recogerte?
La sonrisa desapareció del rostro de Arielle.
—¡No!… mejor nos vemos aquí, en el restaurante.
Matthew comprendió inmediatamente que había tocado un tema delicado, así que prefirió no insistir.
—De acuerdo. Aquí nos veremos.
Y como era un hombre de palabra, esa noche dejó otra propina considerable, escapó antes de que Arielle pudiera devolvérsela y esperó de corazón que ella no se arrepintiera.
Ese sábado, exactamente a las ocho de la noche, Arielle llegó al restaurante más nerviosa que si fuera a una entrevista de trabajo. Vestía unos sencillos pantalones oscuros y una blusa azul claro. No llevaba maquillaje más allá de un poco de brillo en los labios y había dejado el cabello suelto, algo que Patty jamás le había visto hacer fuera de ocasiones especiales.
Su amiga, que estaba doblando turno porque una compañera había faltado, levantó la vista desde la barra y silbó divertida.
—¡Mira nada más!
—No empieces. —Arielle se sonrojó.
—Solo digo que pareces otra persona. ¡Una bonita, joven sexy…!
Arielle soltó un suspiro.
—Patty...
—¿Qué?
—¿Y si resulta que es un asesino en serie?
Detrás de ella se escuchó una carcajada profunda y perfectamente reconocible.
—Espero que no estés hablando de mí.