La piel le ardía, latía, pero no era lo que hacía que sus ojos se humedecieran. Cubrió la franja lastimada con crema y luego con una venda, y después se sentí en su cama. Vació el contenido de su bolso y ni siquiera se sorprendió por lo poco que tenía: unos cuantos billetes, algunas monedas, la propina de la noche anterior y una libreta donde llevaba años apuntando cada gasto. Se sentó con las piernas cruzadas y comenzó a hacer cuentas una vez más, como si los números fueran a cambiar por arte de magia.
Su salario apenas alcanzaba para sus necesidades más básicas. Aunque trabajaba todas las noches, una parte del sueldo terminaba siempre en manos de sus padres para ayudar con los gastos de la casa. Nunca se había quejado; hasta la noche anterior ni siquiera se le había ocurrido que algún día tendría que marcharse…. pero ahora todo era distinto.
Volvió a sumar. Restó. Contó otra vez los cien dólares que aquel hombre le había dejado y lo metió en su pequeña caja de ahorros. Aun así no alcanzaba para casi nada.
Necesitaba el depósito de un alquiler, el primer mes por adelantado y algo para sobrevivir hasta cobrar el siguiente sueldo. Cerró la libreta lentamente. Simplemente no tenía suficiente.
Ese día durmió mal y comió poco, y para la noche, cuando llegó a la cafetería con el mismo nudo en el estómago, parecía la imagen de la derrota.
Patty estaba rellenando el expositor de pasteles cuando la vio entrar.
—¿Sobreviviste?
—Más o menos. —Arielle sonrió con desgana y esperó a que no hubiera clientes cerca antes de sacar la libreta del bolso—. Estuve haciendo cuentas, y no puedo irme todavía.
Las dos comenzaron a revisar los números. Patty tachaba, sumaba y volvía a calcular mientras Arielle explicaba cuánto dinero entregaba cada mes en casa y cuánto lograba guardar.
Al final las dos llegaron exactamente a la misma conclusión.
—Necesitas reunir, como mínimo, un mes de sueldo completo —dictaminó Patty.
—Lo sé.
—¿Y pedir un adelanto?
Arielle soltó una risa sin humor.
—Podría intentarlo, pero el señor Henderson jamás adelanta salarios. Dice que después la gente deja de presentarse a trabajar.
—Viejo tacaño —se quejó Patty con una mueca—. Bueno... siempre queda otra opción.
Arielle levantó una ceja.
—¿Cuál?
—Que el sabroso de anoche venga durante un mes entero y te deje cien dólares de propina todas las noches —respondió con un guiño y Arielle rompió a reír.
—¡Claro! Y de paso que me compre un apartamento.
—Eso también serviría.
—Estás loca.
—No tanto. ¿Viste cómo te miraba?
Arielle negó con la cabeza mientras seguía riéndose.
—No me miraba.
—Ajá...
—Miraba sus planos.
—Si tú lo dices.
Las dos siguieron bromeando mientras preparaban el turno, hasta que la campanilla de la entrada sonó cerca de la medianoche. Patty giró la cabeza primero y después sonrió con una expresión triunfal.
—Creo que alguien regresó… por el café.
Arielle levantó la vista y se quedó inmóvil. El mismo hombre de la noche anterior acababa de entrar en la cafetería. Vestía unos vaqueros oscuros y una camisa remangada hasta los antebrazos. Llevaba el tubo con los planos bajo un brazo y caminó directamente hacia la misma mesa que había ocupado antes.
Patty le dio un discreto codazo.
—Empieza a ahorrar —le dijo y Arielle soltó una carcajada antes de tomar la cafetera.
—No seas ridícula.
Respiró hondo y caminó hacia él.
—Buenas noches.
Matt levantó la vista y sonrió con un gesto de reconocimiento.
—Buenas noches.
Arielle llenó la taza y, antes de apartarse, sacó discretamente el billete doblado que había llevado toda la noche en el bolsillo del delantal.
—Quería devolverle esto —dijo y él miró el dinero como si no comprendiera.
—¿Por qué?
—Bueno… creo que ayer se confundió y me dejó cien dólares de propina.
Él negó tranquilamente.
—No me confundí.
—Pero es demasiado...
—Está bien así. Si hubiera querido dejar diez, habría dejado diez. Son tuyos.
Ella terminó guardando otra vez el billete y no supo ni por qué la mano le tembló un poco.
—Gracias —murmuró, pero era evidente que él no planeaba regodearse en aquella gratitud.
En lugar de eso abrió el tubo de los planos y le preguntó con una sonrisa cómplice:
—¿Queda tarta de chocolate?
Arielle sonrió.
—Desde ayer es la más solicitada —bromeó—. Pero escondí una porción especialmente para usted.
Matt soltó una risa.
—¡Esa es mi chica! —exclamó y cuando se dio cuenta de lo que acababa de decir se puso más rojo que el mantel—. ¡Quiero decir… su chica… o sea tuya propia…! ¡Perdón, fue una expresión!
—Lo sé, pero mejor tómese el café antes de seguir reclamando propiedad —rio ella mientras le servía, pero apenas pasó la mano frente a él, la cara del hombre se transformó.
Su mirada se detuvo en la muñeca de Arielle y en el aro rojizo rodeaba la piel como si algo la hubiera apretado con fuerza, o rozado, o quemado… y no se dio cuenta de que solo reaccionaba cuando le tomó la mano.
—¿Quién te hizo esto? —siseó con un gruñido bajo de autoridad que la hizo estremecerse, y retiró la mano apresurada.
—¡Nadie! Solo fue un accidente —murmuró pero él siguió observando la marca.
—Un aro alrededor de la muñeca parece un accidente demasiado específico.
Arielle escondió inmediatamente la mano detrás de la espalda y la explicación se le quedó atorada en la garganta, precisamente porque no quería darla. Conocía demasiado bien lo que venía después: las preguntas, la curiosidad, y finalmente la misma mirada de lástima e incomodidad que aparecía siempre en el rostro de los demás cuando entendían lo que le ocurría.
No quería verla también en los ojos de Mese hombre, aunque ni siquiera lo conociera.
—Ahora le traigo la tarta —dijo rápidamente antes de alejarse.
Trató de respirar hondo, de buscar una salida, pero cuando volvió unos minutos después con el plato, él ya había extendido otra vez los planos sobre la mesa.
Había nuevas líneas, nuevas correcciones; y ella dejó el postre junto a la taza con su mano sana.
—Al cliente le gustó el primer diseño de la casa —dijo él de repente y Arielle sonrió.
—Era de esperarse, seguro es alguien muy importante.
Él apoyó el lápiz sobre el papel pero no sibujó.
—¿Y a ti te gusta?
Ella observó el diseño unos segundos y luego sonrió con resignación.
—Odiaría vivir en ella… pero eso solo demuestra que mi padre tenía razón cuando me dijo que era una mala inversión ayudarme con la carrera de arquitectura. Me gustan las casas con más personalidad—. Señaló el plano—. Yo nunca habría diseñado algo así.
Y era tan sincera y espontánea que hasta que la última palabra salió de su boca no se dio cuenta de lo que había dicho.
—¡Perdón... no debí decir eso! —jadeó asustada y él arqueó una ceja.
—¿Decir qué?
—Que no diseñaría eso… ¡Usted debe de ser un arquitecto importante y yo… yo no soy nadie para andar criticando...!
Pero él se quedó pensativo y la interrumpió antes de que pudiera seguir.
—Antes… Antes yo tampoco habría diseñado nada así.