CAPÍTULO 2. Una inversión sin futuro

Escrito el 17/07/2026
DAYLIS TORRES SILVA


 

Matt permaneció unos segundos en silencio.

No apartó la vista de Arielle. La respuesta era tan sencilla que, por alguna razón, le resultaba imposible comprenderla.

—¿Una casa con ventanas abiertas? —repitió al fin y ella asintió con una sonrisa apenas perceptible.

—Sí.

Matt apoyó la espalda en el asiento sin dejar de observarla. Había esperado cualquier cosa. Una piscina infinita, una biblioteca enorme, un jardín, un estudio, una cocina de revista… Pero aquella muchacha acababa de resumir el hogar de sus sueños en una sola frase que para él, siendo uno de los mejores arquitectos de aquella ciudad, no tenía sentido.

Y, sin embargo, había algo en la forma en que lo había dicho que le impedía tomarlo como una broma. Era como si realmente estuviera hablando del lujo más inalcanzable del mundo.

—Supongo que esperaba una respuesta más extravagante —admitió él y Arielle soltó una risa suave.

—No todo el mundo sueña con lo mismo.

La observó alejarse entre las mesas. Era una chica extraña. No especialmente llamativa, ni de esas mujeres que monopolizaban una habitación apenas entraban en ella. Sin embargo, cuatro horas después de tenerla trabajando a pocos metros, él apenas había podido concentrarse en los planos después de aquella conversación.

No entendía por qué, así que guardó cuidadosamente los dibujos dentro del tubo, dejó unos billetes debajo del plato de la tarta y abandonó la cafetería cuando el cielo comenzaba a anunciar el final de la noche.

Arielle tardó unos minutos más en acercarse a recoger la mesa. Retiró el plato, tomó la taza y, al levantar la servilleta, descubrió el dinero. Parpadeó, volvió a mirar el billete adicional a la cuenta: Cien dólares.

Abrió los ojos con incredulidad.

—¿Qué pasa? —preguntó Patty desde la barra y Arielle levantó el billete.

—Creo que este hombre se equivocó.

Patty caminó hasta ella.

—Déjame ver… —Lo observó un momento y luego sonrió—. ¡Uff, necesito más clientes que se equivoquen así!

Arielle volvió a mirar la puerta por la que Matt había desaparecido. Cien dólares era más de lo que muchas personas dejaban de propina en todo un mes.

—Está loco...

—O le caíste muy bien.

Arielle negó con una sonrisa incrédula.

—Solo hablamos un rato.

—Pues habla más seguido.

Ella apretó el billete por un instante y luego guardó el dinero en el bolsillo del delantal.

—No puedo aceptar tanto.

—Claro que puedes. Si él quiso dejarlo, es suyo.

Antes de que pudiera responder, la puerta volvió a abrirse para dejar entrar a los chicos del turno siguiente. Arielle terminó de limpiar su sección y se quitó el delantal mientras Patty la observaba en silencio.

—Ahora sí. ¿Vas a decirme qué pasó realmente? —preguntó y Arielle tardó unos segundos en contestar.

—Mis padres quieren echarme de la casa —confesó y la expresión de Patty cambió por completo.

—¡¿Qué...?!

—Los escuché hablar anoche. Dicen que ya soy demasiada carga...

Patty lanzó el paño que tenía entre las manos y entró en modo fiera en un segundo, porque llevaba años siendo amiga de Arielle y no se había tragado a su familia ni por un segundo.

—¡Tiene que ser una puta broma! ¡¿No les bastó con arruinarte la carrera?!

Aquellas palabras hicieron que Arielle bajara la mirada. Durante un instante volvió a verse cuatro años atrás, sentada en la mesa del comedor con una carpeta llena de documentos. Todavía recordaba la ilusión con la que había llegado aquel día.

—¡Me dieron la beca! —había dicho, dejando los papeles frente a sus padres—. No es completa, pero cubre una parte muy importante. Solo necesitaría pagar el resto.

Richard había hojeado la documentación durante apenas unos segundos antes de dejarla otra vez sobre la mesa.

—No.

Así de simple. Tanto que Arielle había pensado que ni siquiera la había entendido.

—¡Papá, es una oportunidad increíble!

—A lo mejor, pero yo no voy a pagarla. ¿Para qué?

Ella lo había mirado sin comprender.

—Porque quiero ser arquitecta...

—Querer no es lo mismo que poder, a estas alturas ya deberías saberlo. Aunque te gradúes, ¿qué vas a hacer después? Los despachos trabajan de día. Las constructoras trabajan de día. Las obras funcionan de día. Las reuniones con clientes son de día. Todo en esa profesión ocurre cuando tú no puedes estar.

Arielle había sentido que el entusiasmo se le escapaba entre los dedos.

—Podría encontrar la manera...

—No. —Su padre negó lentamente con la cabeza—. No voy a invertir mi dinero en alguien que no tiene futuro.

Los ojos de Arielle habían girado entonces hacia su madre buscando ayuda, pero Margaret ni siquiera la había mirado.

—Todo lo que ahorramos está destinado a la universidad de Luz. Ya pagamos la matrícula del primer año y todavía queda mucho por delante.

—Pero...

—No alcanza para las dos. La universidad de tu hermana es costosa…

—¡Porque es privada! ¿Cómo puedes negarte a ayudarme solo un poco con mi beca, mientras a ella le pagas una universidad privada completa?

—¡Porque Luz sí es una inversión sólida! —había exclamado su padre, y ese día Arielle había comprendido que la decisión ya estaba tomada mucho antes de que ella enseñara aquella beca.

La carpeta volvió cerrada a su habitación, y unos meses después había empezado a trabajar en el turno nocturno de la cafetería, porque si seguía encerrada en aquella casa se volvería loca.

—Ari... —murmuró Patty cuando ella volvió al presente.

—No pasa nada. Solo... me da miedo.

—¿Qué es lo que te da miedo? —le preguntó abrazándola y Arielle tragó saliva.

—Que esta sea toda mi vida.

Miró su sección, las mesas, la cafetera, los clientes que empezaban a llegar antes de que amaneciera.

—Tú estás terminando de estudiar, pronto te vas a ir y…

—Y tú también puedes estudiar…

—¿Para qué? Mi padre tenía razón. No soy una buena inversión.

Y Patty quería decirle que no era cierto, que no iba a quedarse allí para siempre, pero Arielle no le dio tiempo. Se despidió de ella con un gesto y salió de la cafetería apresurada.

Las calles comenzaban a despertar. Los primeros comercios levantaban sus persianas mientras el cielo seguía oscuro, y Arielle caminaba despacio.

No quería volver a casa. No quería cruzar aquella puerta sabiendo que, unas horas antes, había escuchado a sus padres decidir que ya no la querían allí.

Sin darse cuenta, fue reduciendo cada vez más el paso, como si le costara avanzar… pero cuando levantó la vista, el horizonte ya estaba teñido de naranja.

—No… —murmuró asustada antes de echar a correr.

El corazón empezó a golpearle el pecho mientras aceleraba por la acera casi desierta. La casa todavía estaba a varias calles de distancia y los primeros rayos comenzaron a asomar por encima de los edificios.

Arielle levantó instintivamente la mano para protegerse el rostro mientras seguía corriendo y un dolor agudo le atravesó la piel. Apretó los dientes y no disminuyó la velocidad, llegó jadeando hasta la puerta principal, abrió con manos temblorosas y entró de golpe.

Margaret apareció enseguida en el recibidor.

—¡Arielle! —Su madre corrió hacia ella con el rostro lleno de angustia—. ¿Otra vez retrasada? ¿Hasta cuándo vas a tenernos preocupados por ti?

Arielle bajó lentamente la mirada hacia su muñeca enrojecida, la marca era un listón que ya estaba ampollándose, como si quisiera recordarle que vivía con una cadena.

—No es nada —balbuceó alejándose—. Y sobre preocuparlos… muy pronto dejaré de hacerlo.