CAPÍTULO 6. Un brazalete de fuego

Escrito el 25/03/2026
DAYLIS TORRES SILVA


 

Julie solo escuchó dos palabras: “A ella.” Y fue como si su cerebro se desconectara.

Por un instante, el humo, los disparos y los gritos se volvieron un murmullo lejano. Dos palabras de Oscar habían logrado lo que ninguna bala podía: inmovilizarla en un shock absoluto.

Su mente repasó los últimos dos años con la rapidez de un relámpago. Todo lo que había hecho, cada informe sobre desarme, cada conferencia sobre los derechos de la mujer, cada noche en vela redactando propuestas de leyes, viajando a zonas de guerra, apoyando a las fundaciones, todo…

Mientras tanto, su esposo se había dedicado a usarla como adorno, como trampolín, como si su dignidad fuera parte del mobiliario diplomático. Y ahora, mientras ella seguía de rodillas, herida, cubierta de ceniza, él abrazaba a otra mujer. La protegía. A esa sí.

Julie sintió el aire pesado, lleno de polvo y humo. A lo lejos, los restos de los autos ardían como antorchas; y el calor le quemaba la piel… pero el frío que sentía por dentro era peor. Cada latido era un martillazo; cada respiración, un recordatorio de que estaba sola frente a la traición.

Y la incredulidad se mezcló con un odio concentrado, uno que se extendió por su cuerpo como un veneno lento y feroz.

—¿A quién? —Esas dos palabras la devolvieron a la realidad, y Azazel se agachó frente a Oscar, apoyando el antebrazo en una rodilla, como si hacerlo repetir reafirmara su poder.

—Si me… si me obligas a elegir… la elijo a ella —murmuró Oscar haciendo un gesto con la cabeza hacia Julie.

“Si me obligas”, repitió ella en su mente. “¡Maldito infeliz, ni siquiera lo dudaste!”

Ni por un segundo, ni siquiera había tratado de negociar. ¡Nada! La había sentenciado en menos de un segundo y sin titubear.

Uno de los hombres de Azazel la empujó hacia adelante, y Julie sintió cómo sus rodillas se raspaban con las piedras del suelo mientras una carcajada seca, amarga y casi histérica escapaba de sus labios. Quizás eran los nervios, o quizás la certeza de que iba a morir, pero no podía parar de hacerlo.

Aquel hombre era una montaña frente a ella. Alto, imponente, con la mirada negra y profunda como la noche misma del desierto, y en la mano la pistola con que iba a cumplir su sentencia. Pero llegado aquel punto, Julie no apartó la mirada. ¿Qué demonios iba a hacer, rezar? ¿Morir en silencio?

Se habría sacrificado a sí misma por el hombre que amaba, pero él había sido demasiado rápido lanzándola a los lobos.

Azazel inclinó la cabeza, porque esa la calma de quien sabe que tiene el control absoluto, se tambaleaba con cada carcajada de la mujer a sus pies.

—¿Qué carajo te hace tanta gracia? —gruñó apuntándole directo a la frente y dejando que su crueldad floreciera—. Déjame adivinar… tienes cara de ser la amante del niño diplomático, ¿y estás en shock porque el señorito te entrega a pesar de haberte jurado cuánto te ama? ¡Por favor! ¡No puedes esperar otra cosa de un hombre que traiciona a su esposa!

Julie arqueó una ceja, y su voz salió cargada de veneno y furia:
—Pues fíjate que eso lo sé muy bien, imbécil… porque resulta que la esposa soy yo.

Las pupilas de Azazel se dilataron de sorpresa por un instante y su cuello giró hacia Oscar, que poco a poco este soltando a Bárbara, como si aquella mirada fuera un juicio sumario.

Azazel sintió una oleada de asco subirle a la garganta. Aquel infeliz estaba sacrificando a su esposa mientras protegía a su amante en sus narices. No había que ser un genio para entender aquello, no para entender entonces por qué la mujer frente a él no estaba suplicando: porque sabía que ya había sido traicionada de la peor manera y que moriría de cualquier forma. No había miedo, solo resentimiento y un odio cada vez más concentrado.

—¿Entonces… no tienes miedo de morir? —preguntó Azazel clavando sus ojos en Julie y ella le sostuvo la mirada con furia contenida, como si el dolor y la rabia le recorrieran cada nervio.

Y su voz surgió firme y clara, cargada de dignidad.
—¿Miedo? ¿De un cobarde que me entrega para que otro cobarde me mate? ¿Crees que no conozco el arma que tienes en la mano? —Por un segundo miró directamente al cañón oscuro de la pistola que apuntaba a su frente—. Es una Desert Eagle, calibre .50 Action Express, cañón de seis pulgadas, retroceso brutal, compensador de gas… Mi cabeza estallará antes de que tenga tiempo de doler. ¿De qué carajo voy a tener miedo? ¿De una basura como tú?

La mandíbula de aquel hombre se tensó violentamente y con un movimiento rápido, la levantó contra él. Su mano era una garra sobre el escote de su vestido y el cuerpo de Julie se estampó contra el suyo como si chocara con una roca.

—No deberías molestar al diablo justo cuando estás a las puertas del infierno.

Pero el mentón de Julie se alzó y su boca se curvó en una sonrisa irónica. La adrenalina y la furia le recorrían el cuerpo y sabía que ya no podía escapar.
—Conozco muy bien los infiernos que tú creas —gruñó con fiereza—. Sé que eres un traficante de armas, y que eres peor que un demonio… aunque lleves el nombre de uno.

La reacción del hombre fue mínima, pero sus ojos brillaron con una mezcla de curiosidad y peligro.
—¿Sabes quién soy? —siseó entre dientes y Julie lo miró sin pestañear.
—Es fácil de imaginar. Cruel, impredecible, asesino, traficando armas en Oriente Medio… —Julie había escuchado su nombre mil veces y sido testigo de sus consecuencias, aunque jamás hubiera visto su cara—. Eres Azazel.

Y ese nombre en su boca bastó para que el choque entre ellos fue inmediato, eléctrico, cargado de tensión. Una mezcla de jadeo y gruñido salió del pecho del hombre mientras la sostenía contra él, y los silencios se mezclaban con el calor que los dos desprendían.

—Si esperas que sienta miedo en mis últimos segundos, te vas a quedar con las ganas —escupió Julie agarrándose de su muñeca por encima de la pistola—. Voy a morir sintiendo asco… ¡asco y lástima por ti! Y si tengo que hacerlo, me aseguraré de volver de entre los muertos para hacer miserable el resto de tu maldita existencia...

Azazel sintió sus dedos sobre su piel como si fueran un brazalete de fuego. La traición, el odio y la furia eran tan violentos en aquella mujer que podía reconocerse un poco en ella. Así que un tirón bastó, uno pequeño, y tuvo su boca tan al alcance que el aroma a licor en su aliento lo envolvió.
—¿Sabes cuál es el problema? —murmuró despacio—. Que solo tiene gracia matar a la gente que le tiene miedo a la muerte, como por ejemplo…

Azazel empujó a Julie hacia Yusuf, que la sujetó de inmediato, mientras él se giraba hacia Oscar.
—Levántenlo.

Dos hombres lo levantaron y aunque Oscar hubiera querido hablar con él de igual a igual, la diferencia de estatura lo hacía imposible.

Azazel mantuvo la mirada fría y su voz fue cortante cuando tomó su decisión.
—Tu familia se queda conmigo hasta que me devuelvas todo mi cargamento.

—¿Qué…?

—Fállame, y te los iré enviando por partes… partes que disfrutaré cortándoles mientras aún estén vivos. ¿Te quedó claro?

Oscar se quedó paralizado. No había defensa, no había palabras que pudieran cambiar su destino. Lo empujaron hacia la carretera sin miramientos, y luego Azazel levantó la mano con una orden muda. Sus hombres arrastraron a la familia Folk hacia las camionetas; pero cuando alguien fue a mover a Julie, Azazel la señaló.
—Ella no —dijo con una sonrisa peligrosa—. Ella viene conmigo.