Horas después, en Jordania, la gala de la embajada estaba llegando a su final. Las luces se habían vuelto más cálidas, los brindis más torpes, y las risas, más altas, más descuidadas, como si el protocolo se hubiera aflojado junto con las corbatas.
Los camareros comenzaban a retirar discretamente algunas bandejas, y los grupos se reducían a círculos pequeños donde ya no importaba tanto quién escuchaba. La noche había entrado en esa fase en la que lo importante ya había ocurrido… o estaba a punto de hacerlo.
Julie, cansada de todas las humillaciones veladas de la noche, se despidió de algunos conocidos y salió al jardín. Sonrió lo justo, dio las manos necesarias, y se retiró con una elegancia que nadie podía reprocharle.
El cambio de ambiente fue inmediato.
El aire nocturno le resultó un alivio, fresco, limpio en comparación con el calor cargado del salón. Las luces del jardín eran suaves, delineando los caminos de piedra y las sombras de los árboles.
Julie cerró los ojos un instante, inhalando despacio, como si necesitara sacarse de encima todo lo que había tenido que contener durante horas: las miradas, los susurros, la imagen de su marido sonriendo a otra mujer como si ella no existiera.
Sacó el teléfono, moviendo los dedos con una precisión mecánica, y había empezado a llamar a un taxi cuando escuchó la voz de Oscar a sus espaldas.
—¿Qué crees que haces? —preguntó tomándola del brazo con fuerza.
El contacto fue brusco, innecesario. Julie bajó la mirada hacia su mano, clavada en su piel, y luego alzó los ojos con una calma que contrastaba con la tensión de su cuerpo.
—Volviendo a casa, porque yo no me puedo quedar a dormir con la hija de la embajadora.
Oscar gruñó con impotencia, pero apretó su brazo como si con eso pudiera llamar mejor su atención, como si necesitara imponer algo que ya había perdido.
—¿Y te vas a ir sola? ¿Quieres que la gente empiece a hablar?
Julie soltó una pequeña exhalación, casi una risa sin humor, y giró apenas la cabeza.
—¿Más o menos de lo que hablaron cuando llegaste con otra? —replicó ella mirando a Bárbara por encima de su hombro, que solo Dios sabía por qué insistía en hacerse la desentendida.
La hija de la embajadora estaba a unos pasos, fingiendo interés en su bolso, pero su postura tensa la delataba. No era ajena a la escena, solo elegía no asumirla.
Oscar apretó los labios, y su expresión se endureció.
—¡No hagas una escena, Julie! ¡Súbete a la puta camioneta! —siseó mirando alrededor porque las apariencias le importaban más.
Julie observó el jardín una vez más, como si evaluara la distancia entre ese momento y su libertad, y luego negó con suavidad.
—Prefiero ir sola.
—¡No te estoy preguntando! —gruñó él empujándola hacia la camioneta que esperaba al frente, y Julie tuvo que subirse junto a la mujer que le había amargado la noche, mientras Bárbara sonreía con la satisfacción de quien cree haber ganado algo.
El interior del vehículo era amplio, oscuro, con el olor a cuero y perfume caro mezclándose en un ambiente cerrado. Julie se acomodó sin mirarlos, y el vehículo arrancó, seguido por una pequeña caravana de autos diplomáticos. Solo se escuchaba el ruido del motor y el murmullo de la ciudad que dormía.
Las luces de la carretera pasaban en ráfagas, dibujando sombras fugaces dentro del coche. Julie miraba por la ventana y Oscar hablaba con Bárbara como si ella no existiera.
—Deberíamos habernos quedado un poco más —decía él en tono íntimo—. Mi madre estaba encantada contigo.
—Tu madre es adorable —respondió Bárbara con una risita suave—. Tiene muy claro lo que quiere para ti.
Julie cerró los ojos un segundo, pero no dijo nada. Entendía perfectamente las indirectas, tal como entendía que aquella era la única forma que tenía Oscar de que ella se hartara y le pidiera el divorcio, para poder quedar como la víctima.
—Y tú también lo tienes claro, ¿no? —añadió Oscar.
—Claro —respondió Bárbara—. Solo hay que saber elegir bien las oportunidades.
Julie apretó los dedos sobre su bolso, sintiendo cómo cada palabra era una confirmación más de lo que ya sabía.
Y de repente… todo cambió.
Un estallido seco resonó en algún punto cercano frente a ellos, seguido por otro y otro; y la camioneta delantera frenó de golpe.
El impacto del frenazo sacudió el vehículo, lanzando los cuerpos hacia adelante.
—¿Qué fue eso? —gritó Bárbara, aterrada y Oscar trató de ver a través del parabrisas astillado.
Pero entonces las luces del camino se tiñeron de rojo y el ruido de disparos los hizo agazaparse como animales acorralados.
El sonido era brutal, metálico, repetitivo. No eran fuegos artificiales, ¡eran disparos!
El chofer gritó algo en árabe y trató de maniobrar, girando el volante con violencia, pero otro impacto hizo estallar el parabrisas en una lluvia de cristales.
El vehículo aceleró, mientras todos dentro se golpeaban contra las puertas, luego derrapó, se desvió hacia una zanja y…
Julie no lo anticipó, solo lo sintió.
El sonido de un misil pequeño explotando bajo la camioneta blindada, levantándola por los aires…
El mundo se volvió lento, irreal, suspendido por un instante eterno.
Y frente a sus ojos pasó el cuerpo de Bárbara, protegido por el de su marido.
Cuando volvieron a caer al suelo, esta vez de cabeza, Julie se golpeó con tanta fuerza que apenas podía abrir los ojos, y aun así pudo ver a Oscar protegiendo a aquella mujer.
El caos fue inmediato. Los gritos, el olor a pólvora, el rugido de motores acercándose.
Afuera, los atacantes se movían con precisión mortal; vestidos de negro, armados hasta los dientes. Los faros de las camionetas cortaban la oscuridad, iluminando brevemente los cuerpos que caían, hasta que una luz más grande lo envolvió todo.
—¡Se incendia, el coche se incendia! —escuchó el grito de Oscar.
El fuego se encendió con un rugido, una llamarada iluminó todo el interior y Julie gritó de terror. El chofer intentó salir por la ventana, pero una bala lo alcanzó antes. Oscar pateó lo que quedaba del vidrio trasero y gateó hasta salir, arrastrando a Bárbara con él.
El calor se volvió insoportable y Julie golpeó la puerta con los puños, con los pies, con todo.
—¡Oscar, sácame de aquí! —suplicó mientras lo veía separarse unos metros del coche—. ¡Oscar… por favor…!
Él miró el fuego que empezaba a envolver el vehículo.
Sus ojos, dilatados de miedo, se encontraron con los suyos y por un segundo, y Julie creyó que iba a moverse, que iba a hacer algo… pero no lo hizo.
Retrocedió un paso, aún cubriendo a Bárbara con su cuerpo, y gritó algo que Julie no entendió.
Lo vio darse vuelta, correr hacia otro auto… y en ese instante lo entendió todo.
Su mundo se redujo al crepitar del fuego y a un pensamiento único, brutal: Él no iba a salvarla.