El humo hacía sombras sensuales en el club más exclusivo de El Cairo: luces bajas, música suave y aroma a licores caros. Entre los ventanales, el desierto parecía una sombra dormida bajo la noche egipcia, como si todo lo que ocurría dentro de aquel lugar estuviera fuera del alcance del mundo real.
Las risas eran contenidas, elegantes, pero había algo más bajo la superficie: tensión, dinero, secretos. Hombres de traje negociaban sin palabras, mujeres de belleza planeada deslizaban miradas cargadas de intención, y el sonido del jazz envolvía todo como un velo seductor que escondía lo que realmente pasaba allí.
En un palco privado, un hombre de mirada helada observaba sin interés el movimiento del salón. Vestía de negro, con una camisa abierta en el cuello y una chaqueta de lino que no lograba suavizar su presencia. Era alto, de piel morena curtida por el sol, la mandíbula dura y una cicatriz casi imperceptible que le cruzaba el pómulo izquierdo. Tenía el tipo de rostro que hacía que uno pensara dos veces antes de mentirle.
Ese hombre era Azazel. Y cuando levantaba la vista, parecía que el infierno mismo prestaba atención.
Una mujer se inclinó hacia él, deslizando una mano por su brazo con una sonrisa lenta, calculada, pero Azazel ni siquiera reaccionó. Su atención no estaba en las curvas que se ofrecían, ni en la música, ni en el lujo.
Estaba aburrido.
—¿No te gusta la música esta noche? —preguntó la mujer, acercando sus labios a su oído.
Él giró el rostro, lo suficiente para que sus ojos se posaran en ella, y la mujer sintió cómo la sonrisa se le congelaba.
—No vine por la música —respondió con una voz baja, cavernosa.
La mujer tragó saliva, apartándose con una risa nerviosa que no convencía a nadie, y él volvió a su copa como si ya hubiera olvidado que estaba allí.
Tenía su propio palco, sus propias chicas… y nadie solía molestarlo, pero siempre había una excepción a la regla y fue cuando uno de sus hombres se acercó apresurado.
—Jefe… —jadeó—, traigo… malas noticias.
Azazel no lo miró de inmediato. Terminó de llenar su copa con whisky, observando cómo el líquido ámbar giraba dentro del cristal, y solo entonces alzó la mirada.
—Malas noticias —repitió despacio, como si probara el sabor de esas palabras—. Eso suena interesante, Yusef.
El hombre tragó saliva, incómodo bajo esa atención repentina.
—El cargamento… el que salió de Basora… fue detenido en la frontera de Jordania.
Azazel inclinó levemente la cabeza, como si aquello fuera un dato curioso más que un problema real.
—¿Otra vez? —arqueó una ceja, casi divertido—. ¿Y cuántas veces tengo que decirte que no me interrumpas por nimiedades? Para eso pago contactos, Yusef. Ellos arreglan las cosas.
Pero el egipcio negó con la cabeza, desesperado, dando un paso más cerca.
—No esta vez, jefe. Esta vez fue diferente.
Azazel dejó la copa sobre la mesa de cristal, y el sonido seco del vidrio resonó en el silencio del palco, cortando el murmullo lejano del club.
—Explícate.
Yusef se pasó una mano por la frente, visiblemente tenso.
—Confiscaron todo. Todas las armas… ¡hasta las pesadas! Y nuestro contacto dice que los soldados fronterizos recibieron instrucciones de desaparecer el cargamento.
Azazel no respondió de inmediato. Sus dedos tamborilearon una vez sobre la mesa, despacio, midiendo cada palabra antes de hablar.
—¿Cuánto dinero estamos perdiendo? —preguntó finalmente.
—Pues no mucho, la verdad. Algunos millones a lo sumo —respondió Yusef—. Pero ese cargamento ya estaba comprometido con compradores importantes. Si no cumplimos, perderemos influencia.
Azazel apoyó la espalda contra el sofá, observando el techo unos segundos, como si estuviera reorganizando mentalmente el mapa completo de su negocio.
Cuando alguien tocaba lo suyo, no estaba robando mercancía… estaba probando cuánto podía quitarle sin consecuencias. Y él sabía muy bien que quien hubiera confiscado ese cargamento no lo había hecho por la paz y el desarme.
—Dijiste que alguien dio la orden —repitió, en voz baja, con una calma engañosa y Yusef asintió, sin atreverse a respirar.
—Sí, jefe. No hay registro, ni inventario. Como si nunca hubiera existido.
Azazel se recostó en el sofá de cuero, entrecerró los ojos y esbozó una sonrisa lenta, peligrosa.
—¿Y quién carajo dio la orden?
Yusef abrió la tableta que traía en las manos y le mostró una foto: un hombre joven, trajeado, con sonrisa falsa de político y una mirada arrogante.
—Él. Se llama Oscar Folk. Diplomático americano en Jordania.
Azazel observó la imagen en silencio unos segundos más, analizando cada detalle del rostro, como si pudiera leer en él todos sus errores.
—¿Un diplomático? —dejó escapar una carcajada breve, sin humor—. Mira qué interesante. El niño de las corbatas decide jugar con fuego.
—Al parecer —añadió Yusef—, él y su familia tienen conexiones con varias embajadas. Está en Jordania como Agregado Cultural.
—Por supuesto —replicó Azazel, devolviendo la tableta con desdén—. Siempre es el mismo tipo de hombre. Crecen creyendo que el mundo les pertenece, que las reglas son opcionales… hasta que alguien se las enseña.
Se inclinó hacia adelante, apoyando los codos sobre las rodillas, y su voz bajó aún más.
—¿Sabes cuál es el problema de los diplomáticos, Yusef?
El hombre dudó.
—¿Que hablan demasiado?
Azazel sonrió, apenas.
—Que creen que la inmunidad los hace intocables. Y ese… es un error muy caro.
—¿Qué quiere hacer? —preguntó Yusef, aunque ya intuía la respuesta.
Azazel se ajustó la chaqueta con un gesto mecánico y una expresión completamente fría.
—Consigue un avión, estamos saliendo hacia Jordania en media hora. —Azazel se levantó, su sombra se proyectó enorme sobre la pared—. Reúne al equipo de impacto. No me importa si están durmiendo o en medio de una orgía. Los quiero listos.
—Entendido.
—Y coordina con nuestro contacto local. Que me diga exactamente dónde está ese idiota que se atrevió a meterse con mi mercancía… ¡Ah! ¡Y tráeme las Desert Eagle! *(pistolas) —añadió con una sonrisa peligrosa—. Quiero ver cómo funcionan contra la inmunidad diplomática.
Yusef asintió varias veces, sabiendo que esa misma noche Oskar Folk iba a aprender las consecuencias de molestar al demonio equivocado.