El silencio que quedó flotando después de la última frase de Cedric fue tan espeso que pareció detener el aire alrededor de la mesa. Incluso el camarero que pasaba cerca se movió a toda velocidad, como si temiera quedar atrapado en medio de algo que claramente no le correspondía.
—¿Disculpa? —murmuró el hombre y Cedric se atornilló su sonrisa más falsa.
—Tienes la marca del anillo de bodas, te la tocas a cada rato, pero curiosamente no lo traes puesto. ¿Te acosa la conciencia o que Ayanna te descubra?
—¡Cedric! —gruñó ella reaccionando de inmediato y acto seguido lo agarró por el brazo y tiró de él—. ¿Podemos hablar un segundo? —siseó antes de mirar a las niñas—. Ben, por favor, vigila a las chicas un momento. Y ustedes dos, ¡sentadas! Ya hablaremos más tarde.
Nadie se atrevió a contradecirla, porque los ojos de Ayanna brillaban con esa calma peligrosa que todos conocían demasiado bien.
Coralie dio un paso atrás, satisfecha, cruzándose de brazos como quien acaba de provocar un incendio controlado. Rowena observaba la escena con los ojos muy abiertos, fascinada, como si estuviera presenciando su serie favorita en vivo y sin cortes comerciales. Y las dos se sentaron enseguida.
—¿Me vas a regañar? —dijo Cedric con tono inocente—. Solo aclaraba algo importante.
—Lo aclaraste de maravilla —respondió ella entre dientes—. Ahora dame ese segundo.
Ayanna lo arrastró fuera del restaurante, hacia una de las terrazas lo suficientemente alejada como para que el murmullo general del restaurante amortiguara sus voces. Cedric caminó sin resistirse, consciente de que cualquier intento de defensa solo empeoraría su situación.
—¿Qué demonios fue eso? —preguntó ella, con una sonrisa que no llegaba a los ojos y él se encogió ligeramente de hombros.
—Una pregunta legítima.
—¿Legítima? —repitió ella—. ¿Desde cuándo tienes derecho a interrogar a la gente con la que hablo?
—No era un interrogatorio —respondió Cedric—. Era… prevención.
Ayanna cerró los ojos un segundo, respiró hondo y volvió a abrirlos, claramente contando hasta diez.
—¡Prevención mis huevos!
—¿Hablas así delante de las niñas?
—¡Así le hablo a un tarado que ni sabe lo que está pasando y ya quiere venir a opinar!
—¡Oye, oye! Eres la madre de mis hijas. No puedo dejar que un tipo cualquiera te rompa el corazón —replicó él—. Se toca el dedo como si llevara un anillo invisible. ¿No lo viste? ¿De verdad quieres que me desentienda y te diga mañana: “Ah, por cierto, el tipo con el que cenaste anoche está casado”? —preguntó Cedric, bajando la voz.
Ayanna lo miró fijamente y apretó los puños porque su impotencia podía mal dirigirlos hacia algún lugar vulnerable cerca de la ingle del padre de sus hijos.
—Eres un idiota. Si le hubieras mirado bien a la cara en vez de a las manos para buscarle defectos, te habrías dado cuenta de que no estoy teniendo una cita, ¡estoy teniendo una cena de trabajo con Benjamin Oaks, el jefe de obra del nuevo proyecto! Al que tuvimos que ir a rogarle de rodillas que trabajara con nosotros porque se había retirado por depresión después de la muerte de su esposa en un accidente, ¡hace seis meses! —siseó Ayanna tan roja que Cedric pensó que iba a explotar.
Pero justo después de la última palabra fue él quien hizo una mueca de vergüenza.
—¡Joder…!
—¡Eso, joder! ¡Así que entra ahí y discúlpate, porque con lo que me constó conseguirlo, si lo pierdo por tu culpa te juro que te voy a enterrar en el patio de tu casa, que bastante grande es!
Cedric carraspeó nervioso, porque ella tenía cara de que cumpliría la amenaza, y Ayanna suspiró, llevándose una mano a la sien.
—Eres imposible.
—Bueno, bueno, me disculpo… —respondió él, porque su otra opción era acusar a las niñas de haberlo puesto celoso… pero si las acusaba entonces tendría que reconocer que estaba celoso—. ¡Maldición, ya voy!
Entró al restaurante con paso decidido y fue directamente a disculparse con el señor Oaks por su exabrupto emocional.
Desde la mesa, Coralie levantó el pulgar discretamente, aprobando la escena. Rowena le dio un pequeño empujón para que se comportara.
Se hizo la paz cuando tomaron el postre todos juntos y luego el señor Oaks se marchó mientras Ayanna trataba de calcular el daño colateral de la situación, y luego se giró de nuevo hacia Cedric.
—¡Te voy a despellejar vivo!
—¡Pues para eso tendrás que seguirme a mi casa! ¡Niñas, nos vamos! Ya es tarde —se apresuró él y Ayanna lo vio correr hacia su coche como si el fuego del infierno le quemara los tobillos, sabiendo que la dueña del fuego era ella.
Se despidieron en la puerta del restaurante. Ayanna se inclinó para besar a las niñas y luego miró a Cedric con una advertencia clara, directa.
—tú y yo hablamos mañana.
—Con gusto —dijo él—. ¡O pasado! No hay prisa ¿verdad?
Ella dio media vuelta y se fue, caminando con paso firme hacia la calle iluminada. Y Cedric se subió al volante, mientras las niñas se acomodaban atrás con su enorme tanque de helado, que lo esperaba como una sentencia inevitable.
—Bueno —dijo Rowena palmeando el recipiente—. Te dijimos que lo ibas a necesitar.
Ya en casa, Cedric dejó el helado sobre la encimera y miró a sus hijas con solemnidad exagerada.
—¿Ustedes sabían que su madre iba a una cita de trabajo?
—¿Eh…?
—¡No, yo no!
—Yo me quedé en “cita”…
Cedric achicó los ojos y terminó sirviendo tres cuencos enormes. No recordó la última vez que había comido helado a esa hora, pero se sentaron en el sofá, con el cachorro dormido a sus pies, y comenzaron a comer entre cucharadas desordenadas.
—¿Estás triste porque mamá podría salir con alguien? —preguntó Rowena, directa, sin rodeos y Cedric se quedó quieto un segundo, observando el reflejo de la luz en el cuenco.
—Nop.
—Por lo menos es mal mentiroso —suspiró Coralie—. Te pusiste celoso.
—Un poco.
—¿Mamá te gusta todavía?
—Nop..
—Ahora dilo sin llorar.
—Bueno, sí me gusta, claro que me gusta, quiero decir… con las hice a ustedes —rezongó Cedric—. ¡Obvio que me gusta!...
—¿Quieres ayuda? —se ofreció Rowena.
—¡No, gracias!
—¿Prefieres enemigas? —sonrió Coralie, y Cedric supo que aquella chiquilla también había sacado lo peor de él.
—Emmm… podría aceptar algo de ayuda, supongo.