Luciana
Levanto la vista y veo a Santi mirándome desde la puerta. Mi hijo sabe absolutamente todo de mi historia con su padre. Y también sabe que murió por órdenes de su abuelo. No he podido ocultarle nada, sé que no debió ser fácil para él asimilar la clase de familia de la que viene, pero lo más valioso entre los dos, después del amor que le tengo, es la confianza que deposita en mí, y no podría traicionar nunca a mi hijo haciéndole creer una mentira.
—Mamá…
—¿Nos vamos? —pregunto saltando como si tuviera su misma edad.
Me sonríe con un poco de condescendencia porque ya me conoce, sabe que soy débil cuando se trata de su padre. Él no tuvo tiempo de conocerlo ni de amarlo, pero yo sí lo tuve, yo tuve tiempo de enamorarme de mi Grillo y amarlo como si no existiera un mundo más allá de sus brazos.
Agarro mi bolso y Santi me sigue, cerrando la puerta del departamento tras él.
—Te tengo una sorpresota —lo animo mientras subimos al ascensor—. Te vas a caer sentado cuando te la muestre.
—Bueno, siempre que no sea un novio feo…
—¡Oye! —protesto con fingido acento de enfado—. ¿Cuándo he tenido yo mal gusto?
—Mamá perdóname, yo sé que tú lo veías como un príncipe, pero papá era feo —y encima se ríe.
—¡Ahhh! ¿Feo tu padre? —¿pero quién es este nenito baboso para hablar mal de mi Grillito?—Mire usted, mocosillo, que su padre era muy bonito a su edad.
—Mamá estabas ciega. Mi papá parecía una lombriz feliz.
—¿Y a quién crees tú que saliste? —lo señalo de abajo a arriba y echo hacia atrás la cabeza para mirarlo bien porque me saca fácilmente diez centímetros—. No te veo yo muy fuerte que digamos.
Siempre acabamos hablando de Alonso en esos términos, como si bromeáramos, como si no estuviera muerto. Supongo que es la única forma que tenemos de enmascarar el dolor de no tenerlo.
El ascensor se detiene en el estacionamiento subterráneo y Santiago me mira como si yo fuera extraterrestre. Debe estar pensando en qué demonios hacemos aquí si no tenemos auto. La verdad es que nunca hemos tenido, pero llevo algunos años ahorrando y…
—¡Sorpresaaaaaaaa! —grito señalando nuestra nueva carcachita.
Mi hijo abre mucho los ojos y la boca y sé que no lo puede creer.
—¡Mamá…! ¿Esto qué es?
—Bueno, el próximo año ya tendrás dieciséis y he pensado en que tu madre debería enseñarte a manejar —digo aunque la verdad es que estoy buscando desesperadamente algo que compartir con él, está creciendo muy aprisa y siento que se me va—. No es un Mercedes pero…
—¡Es mejor que un Mercedes! —asegura con expresión fascinada y agradezco que mi hijo tenga suficiente amor y bondad en su corazón como para reconocer el esfuerzo que esto significa para mí—. ¡No puedo creerlo, mamá! Vamos a conocer Mónaco en auto. ¡Súbete, súbete!
Entre reír o llorar prefiero reír, los dos lo necesitamos, así que nos subimos a nuestro trastecito usado y nos vamos de paseo por la ciudad, buscando dónde desayunar. Santiago me hace de copiloto, GPS humano, guía y todo lo demás porque la ciudad es mucho más grande de lo que puede parecer. De repente toca mi brazo.
—¡Estaciona, estaciona!
Bajo la velocidad.
—¿Por qué? ¿Qué pasa?
—Es una cafetería española —dice y yo pongo los ojos en blanco.
—Santi acabamos de llegar de España hace tres días, no me digas que ya estás extrañando —me asusto.
—No, claro que no, pero quiero saber qué tal hacen los dulces —es más curioso que el gato muerto—. ¡Anda, mamá, vamos a probar!
Sé que todo lo que tiene que ver con comida lo saca de su caparazón adolescente así que me acerco a la acera para dejarlo bajar.
—Voy a rodear la manzana y ver si puedo estacionar frente a la cafetería —le aviso y asiente—. Espérame adentro.
Por el espejo retrovisor lo observo entrar al local y me quedo más tranquila porque se nota que está lleno de gente. Me toma unos diez minutos navegar en el tráfico y rodear toda la manzana para tomar el estacionamiento de la cafetería. Me bajo de mi carcachita y voy entrando a buscar a mi hijo cuando una voz hace que me detenga en mi lugar, como si el fantasma de una estatua me hubiera poseído.