Luciana
Abro los ojos y hago mi ejercicio diario de sonreír mientras miro al techo. Doy gracias a dios por todo lo que tengo, y porque a pesar de lo mucho que he perdido, me dejó conservar la bendición más grande que una mujer puede tener, y esa bendición se llama Santiago Santamarina. Hubiera querido que llevara el apellido de su padre, pero mi Grillo no pudo estar ahí para registrarlo, mucho menos para verlo crecer.
Sacudo la cabeza y me levanto apartando la sábana de un tirón, porque si me permito otro segundo de recordarlo voy a terminar llorando y le voy a arruinar el día a Santi. Y el día de hoy es demasiado importante.
Me pongo un jean, un suéter gris y unas sandalias balerinas, me cepillo el cabello frente a mi pequeño espejo del tocador y me pongo un poco de maquillaje, pero sólo un poco porque no acostumbro a arreglarme mucho para ir a trabajar. Digamos que las personas con las que convivo ahí, agradecen que no sea yo una modelito perfecta.
Me miro por última vez y me imagino lo que Santi va a decirme: que tengo que usar más color. No sé por qué si ese condenado muchacho anda de puro negro con sus gustos juveniles…Recuerdo cuando yo también tenía esa edad, y sentía que podía ser y desear lo que quisiera. Eso fue hace demasiados años, pero intento por todos los medios que mi hijo se sienta así todos los días.
Cuando salgo de mi habitación lo veo ya trasteando en la cocina. Acostumbra desde pequeño a hacernos el desayuno a los dos, y en un principio lo animaba porque era algo entretenido que compartíamos, pero luego le fue tomando el gusto hasta convertirse en un increíble chef infantil.
Así como lo oyen: chef, hasta ganador de un concurso de cocina fue hace un año, y eso es lo que nos trajo aquí.
—¿Qué quiere desayunar la reina? —me pregunta feliz, y yo lo beso y lo despeino hasta que protesta.
—Nada —aseguro y me mira extrañado—, hoy vamos a salir a desayunar afuera. ¡Es domingo! ¡Nadie debería cocinar en domingo!
—Pero…
—Pero nada. Sé que quieres practicar porque mañana es un día importante, pero por eso mismo, hoy vamos a descansar los dos.
Arruga el entrecejo y suelta el sartén que está empuñando como si fuera una espada. Mira alrededor y suspira con algo de frustración porque nuestro pequeño departamento está perfectamente arreglado, yo lo acomodé todo durante la noche porque él se quedó dormido apenas dieron las diez de la noche. Con quince años mi hijo todavía es un animalito diurno y lo agradezco con el alma.
—No es justo —protesta—, yo debería haberte ayudado a acomodar la mudanza.
—¡Ay, Santi! Tampoco eran tantas cosas. Además así podemos salir hoy a conocer la ciudad.
Acepta rezongando un poco y me recuerda tanto a su padre, siempre replicando, siempre protestando aunque fuera en una broma.
Va a su cuarto a cambiarse mientras yo veo que todo esté en su lugar. Tenemos un departamento que parece de muñecas, pero es la primera vez que tenemos un lugar con dos habitaciones. La vida no ha sido fácil para nosotros, pero no puedo decir que ser pobres nos haya quitado jamás la alegría.
Después de todo hemos llegado hasta Mónaco. Uno de los jueces del concurso donde Santi participó, decidió tomarlo como su alumno y nos pidió que nos mudáramos aquí. Nos consiguió este lugar tan lindo y Santi va a aprender en su cocina en las tardes, después de clases.
Pensé que sería un paso difícil, después de todo nos mudamos de país, pero ver la esperanza en la mirada de mi hijo es más que suficiente para que todo valga la pena.
Me dejo caer en el sofá y disfruto el momento, por fin nuestras vidas van a cambiar un poco. Santiago tiene sus estudios y la cocina y yo… yo voy a buscar trabajo en cualquier lugar, después de todo, poco hay que la escuela de la vida no me haya enseñado.
Miro a mi izquierda y mis ojos tropiezan con la foto de Alonso sobre la mesilla. Es la única que tengo suya, el día que Nicolás me sacó a patadas de nuestra casa me quedé con las manos vacías. Por fortuna la nana me llenó una maleta con lo imprescindible, debió saber que recordar a Grillo también era imprescindible para mí.
Pero al final Dios sabe por qué hace las cosas… si me hubiera quedado en la casa donde nací y crecí, es muy probable que mi hijo nunca hubiera nacido.
Tomo la fotografía enmarcada y le doy un beso al cristal.
«¡Ay, Grillo! Siempre vas a ser el amor de mi vida, sin importar cuántos años pasen.»