CAPÍTULO 3. Fantasma. (3)

Escrito el 27/01/2026
DAYLIS TORRES SILVA


 

Alonso

 

Lo dice como si fuera un puto milagro.

 Tengo ganas de abrazarla, de besarla. Siento el temblor en mis manos, pero mi voz sale totalmente calmada, incluso indiferente.

 — Así es, Luciana.

 Veo que se lleva una mano a los labios y se le escapa un sollozo.

 — Mi padre me dijo que te había matado, y yo le creí… — dice con acento doloroso y se me revuelve el alma. ¿Ha pensado que estaba muerto durante todos estos años? — Le creí porque muerto era la única forma en que Alonso Fisterra no regresaría por nosotros.

 Recuerdo mi promesa y me doy asco. Es cierto, cada una de esas palabras salieron de mi boca, y un hombre vale tanto como vale su palabra.

 — Luciana…— siento que debo decir algo pero me interrumpe.

 — ¡Y resulta que estás vivo! — exclama y es como si no pudiera creerlo, o que el sólo hecho de creerlo la lastimara — ¡He pasado quince años… quince años llorando tu muerte… cuando resulta que tú sólo no querías estar conmigo!

 Sus hombros se mueven y para cualquiera que no la conoce puede parecer que está riendo, pero yo que estuve dos años completos pegado a sus faldas, puedo asegurar que no hay ni una sola gota de alegría en su voz.

 — No llores. — dirijo la vista a aquella nueva voz que se levanta junto a nosotros y me quedo de piedra.

 A pocos pasos está un muchacho alto y desgarbado con una bolsa de dulces en la mano. Es un adolescente, que no debe tener más que catorce o quince años, pero lo que asusta es el enorme parecido que tiene conmigo. Es como ver a mi versión joven, esa versión por la que me gané que me llamaran el Grillo.

 — Mamá, no llores. — repite llegando junto a ella y poniendo un brazo sobre su hombro con ademán protector.

 — ¿Ma… mamá? — el mundo me da vueltas. Si no fuera por el tamaño que tengo y porque tengo una reputación que cuidar, me dejaba arrastrar por el pánico ahora mismo.

 ¡Esto no puede estar pasando!

 Pagar la mierda que le hice a Luciana es una cosa, pero saber que tiene un hijo que es idéntico a mí cuando tenía esa edad…¡Dios no me puede castigar de esta manera!

 — ¡Santiago…! — Luciana lo mira con cara de espanto porque imagina que ha estado oyendo lo que hablamos; y a mí se me encoge el pecho cuando la escucho llamarlo por ese nombre. Luciana sabía que ese era el nombre de mi padre, y que así quería llamar a mi primer hijo — ¿Escuchaste…?

 — Sí, mamá, lo escuché todo. — intenta tranquilizarla y luego me mira de arriba abajo con la misma expresión con que miraría a una estatua fea. Hay decepción en sus ojos, y un desprecio que me he ganado en el mismo instante en que he pasado de ser el héroe que falleció, a ser la mierda que los abandonó a su madre y a él. Cuando finalmente habla sus palabras me saben a sentencia — Durante quince años has tenido un lindo recuerdo suyo, mamá. Quédate con ese y no te preocupes. Alonso “el Grillo” Fisterra… sigue muerto.

 La empuja con suavidad y se la lleva, dejándome sin palabras. ¡No puede ser Dios mío! ¡No puede ser que ese adolescente sea mi hijo! ¡Mi hijo con la mujer que más he amado en el mundo!

 Miro cómo se van y me llama la atención invariablemente el coche en que se suben. Por lo general jamás me fijo en eso, pero es absurdo ver a Luciana subirse a un coche que no habría usado ni el jardinero de la mansión Santamarina. Mis ojos van a detallar tanto su ropa como la del muchacho y me doy cuenta que visten ropa común del supermercado, sosa y oscura. No es que me importe, pero es algo que en condiciones normales mi Luciana jamás haría…

 ¿Qué significa eso? ¿Luciana ya no está bajo la protección del clan Santamarina?

 Se van y mi cuerpo parece hecho de piedra. No puedo moverme. Me falta el aire. Llevo las palmas de las manos a mi frente y siento que la licenciada me arrastra hasta el carro, me empuja al asiento del piloto y me da las llaves.

 Sí, esto puedo hacerlo: manejar y no pensar.

 Doy una vuelta tras otra por los circuitos de Montecarlo y finalmente dejo a la licenciada en su casa

 — Creo que debes contarle. — digo con amargura, respondiendo a su dilema — Creo que soy una muestra de lo que pasa cuando se calla la verdad.

 Entro a mi departamento y me siento en la primera silla que encuentro. No puedo respirar. Sólo imaginar a Luciana…

 Si ella ha creído todos estos años que su padre me había matado entonces eso significa que no estaría junto a él o su familia…

 No puedo imaginarlos a ella y a mi hijo… porque sí es mi hijo, hasta un ciego se daría cuenta, somos dos putas gotas de agua… No puedo imaginarlos solos, Luciana con escasos dieciocho años... ¡Dios mío! ¿qué hice? ¿Cómo habrán vivido? No puedo imaginarlos desamparados, pasando necesidades sólo porque yo fui, porque yo soy, un cobarde.

 Todo lo que está a mi alcance vuela y se rompe, destrozo medio apartamento pero ni siquiera eso me tranquiliza y lloro de impotencia, de frustración, de tristeza, de la añoranza tan grande que he alimentado durante quince años y de amor. Lloro por lo que abandoné voluntariamente, lo que ya nunca volverá a mí. Tengo grabada en mi memoria la mirada dolorida de Luciana y el desprecio en los ojos de mi hijo.

 ¡Dios sabe que no soy un mal hombre, -me dejo caer en el suelo con desesperación…- o al menos eso había creído hasta hoy!