Alonso
Me estremezco cuando siento su humedad. No es la primera vez que la toco pero es la primera vez que sé exactamente lo que va a pasar entre los dos y mi corazón me recrimina… Sin embargo mi mente sabe muy bien que tengo que hacerlo así que sólo suspiro y la beso con un deseo que ya no puedo contener.
La noche está fría y el fuego de la cabaña es poco comparado con lo que soy yo teniendo a Luciana desnuda debajo de mí. Gime en mi oído mientras acaricio sus senos y deslizo mi lengua en su boca excitándola más. La toco y sé que todavía soy torpe, no tengo la experiencia que desearía y menos cuando se trata de romper a una virgen… pero supongo que la buena intención tiene que contar para algo, ¿no?
Estar solos en este invierno, en esta cabaña, es el primer milagro. El segundo es este año que ha pasado antes de que me diera cuenta y durante el cual Luciana se enamoró de mí como la niña que es. Cierro los ojos porque no tengo vergüenza para mirarla. Sí, es una mujer con el corazón de una niña. Yo no soy mucho mayor que ella, sólo le llevo tres años de ventaja… la diferencia es que yo sé perfectamente lo que estoy haciendo y con qué fin.
La escucho gemir y es el sonido más lindo del mundo. Me gusta que le guste. Está tan mojada a pesar de lo nerviosa que está, que mi corazón se llena de ternura. Me sonríe. Se muerde los labios. Es tan bella que podría tener a quien quisiera y sin embargo me eligió a mí. A mí que soy un chiquillo flaco y desgarbado y lleno de cicatrices y moretones por las peleas. A mí que no la merezco.
Froto su clítoris y jadea abriendo mucho los ojos. Todas estas sensaciones son nuevas para ella y todas las magnifica este momento. Me olvido absolutamente de todo para darle placer… al menos que ese recuerdo le quede. Muerdo, lamo, beso, chupo, hasta que no soporta cuánto palpita mi miembro sobre su vientre y me reclama.
Me posiciono entre sus piernas y las sube un poco para ayudarme. Parece que yo tampoco sé qué mierda estoy haciendo. Deslizo la punta arriba y abajo, dejando que se empape con su humedad, esperando que así entre mejor…
— ¿Cómo una bandita? — me pregunta gimiendo fuerte.
Asiento mientras busco su boca para ahogar el grito y la penetro de una vez. Me muerde tan duro que me corta el labio y puedo sentir el sabor de mi sangre. No es la primera vez que la pruebo, pero ahora al menos tendré un buen recuerdo de este sabor.
Luciana solloza contra mi boca. Algunas lágrimas caen de sus ojos y sería estúpido preguntar si la lastimé. ¡Por supuesto que lo hice! Pero la virginidad no es un pajarito que se va volando solo, hay que arrancarla y ahora la suya me pertenece. Los dos lo sabemos. Le limpio las lágrimas con besos y empiezo a moverme con lentitud, aprendiendo junto con ella, amándola como debí seguir amándola toda la vida.
Bastan pocos minutos para que me corra, no es una excelente impresión y Luciana no se corre esta vez, pero supongo que no es exigente porque no tiene con quién compararme. Somos un par de críos inexpertos, pero en el año que sigue corregimos eso, hasta dos veces al día, en los lugares más impensados.
— ¡Júrame que no te irás sin mí! — solloza contra mi pecho y se lo juro. No puedo hacer otra cosa sino abrazarla y decirle lo que quiere escuchar para calmarla, pero parece que nada es suficiente.
— ¡Luciana Sol Santamarina! — la llamo con voz ronca — ¡Óyeme bien! La única forma de que te deje atrás es que esté muerto. Sólo así Alonso “el Grillo” Fisterra no regresaría por ti. ¿Lo entiendes?
Mi cabeza sigue repitiendo aquel nombre, aquella frase, aquel momento…
Me despierto de golpe.
He tenido el mismo sueño casi cada noche durante los últimos quince años. Me cubro los ojos con un brazo y no puedo evitar volver allí, con ella, porque castigarme de esa forma es la única manera que tengo de pagar lo que le hice.
Ella se enamoró de mí. Yo en cambio sólo la estaba utilizando.
Luciana representaba una contraseña de seguridad cifrada en dieciséis dígitos que cambiaba cada día; infranqueable para cualquiera que no fuera yo, que la recibía en la noche para poder colarme hasta su habitación. Lo que Luciana no sabía era que mis motivos para colarme en aquella casa no tenían que ver precisamente con ella.
Lo calculé todo perfectamente. Las peleas me llevaron a Antonio Santamarina, el dueño del setenta por ciento de los antros de España, responsable de lavado de dinero, tráfico de drogas y la muerte de todo aquel que osara investigarlo, daba lo mismo si era un coronel de la policía o un periodista imprudente como mi padre. Antonio me llevó a su hija, y su hija me dio ese acceso restringido a la casa y los documentos de su padre, a los que nadie había podido llegar antes que yo.
Me tomó un año reunir las pruebas que necesitaba. Un año en que Luciana pasó de ser un medio para un fin, a ser el amor de mi vida, la única alegría que tenía, mi mayor motivo para pelear y para ser feliz… pero a los veinte años muchas cosas pesan más que una relación y mi sed de venganza pesó más que mi amor por ella.
De venganza no, de justicia. Justicia por la muerte de Santiago Fisterra, mi padre.